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[_private/header.htm] Cardenal
Alfonso López Trujillo
Presidente del
Pontificio Consejo para la Familia
LA
FAMILIA: DON Y COMPROMISO, ESPERANZA DE LA HUMANIDAD
Introducción
Este tema, que expresa y condensa
elementos fundamentales de la familia, abre la mente y el
corazón a amplias perspectivas que parten de la
seguridad de la presencia del Señor en medio de la
Iglesia doméstica: "El Señor está en medio de
vosotros", recordaba el Sucesor de Pedro en su carta
a las Familias, Gratissimam sane (n. 18). Esta
presencia del Señor, "Cabeza del cuerpo que es la
Iglesia" (Ef. 5,23), y que colma los hogares de
eminente energía (cf. Ef. 5,27), es la clave y razón de
esa certidumbre que da consistencia a la esperanza en
virtud de la cual se mira y se camina hacia el futuro que
está en las manos de Dios, y que nos introduce
dinámicamente en el Tercer Milenio. El Santo Padre, Juan
Pablo II, ha expresado en la Carta Apostólica Tertio
Millennio Adveniente: "Es por esto necesario que
la preparación del Gran Jubileo pase, en cierto modo, a
través de cada Familia" (n. 28). Y había expresado
antes que el "futuro de la humanidad pasa a través
de la familia" (FC 86).
El tema, que en algunos aspectos
quisiera tan sólo abordar en forma introductoria, tiene
una perspectiva cristológica que enriquece, la
reflexión y la oración en este primer año del Trienio
de la preparación al Jubileo del Año 2000, que tiene
como tema "Jesucristo, único Salvador del mundo,
ayer, hoy y siempre" (TMA 40).
El tema "La Familia: don y
compromiso, esperanza de la humanidad", que nos
proponemos comentar, será a la vez el del Encuentro
mundial de las familias y del Congreso Teológico -
Pastoral1.
El tema elegido se ubica en un
momento histórico, después de la celebración del Año
de la Familia, que ha permitido ponderar más
profundamente las amplias posibilidades de la familia,
así como los retos y las dificultades que enfrenta. El
primer Congreso Teológico - pastoral, de octubre de
1994, en Roma, se centró sobre el tema: "La
Familia: corazón de la civilización del amor".
Las actas han sido publicadas.
En estos últimos años, en el
mundo, han tenido lugar eventos de carácter
internacional, convocados por la Organización de las
Naciones Unidas (ONU), y que podríamos enunciar en el
itinerario que va de Río a Estambul, es decir, desde la
Conferencia de Río de Janeiro sobre el medio ambiente,
en 1992, pasando por la de El Cairo sobre Población y
desarrollo, en 1994, por la de Pekín, sobre la mujer, en
1995, y que ha culminado con la Conferencia de Estambul
sobre el Habitat, en 1996. Este año contó también con
la celebración, en Roma, en la sede de la FAO, de la
cumbre mundial sobre el hambre. Estos eventos políticos
han estado de hecho, si no fuera dable hablar de una
relación intencional, estrechamente ligados.
Conviene advertir que enfocamos la
familia, fundada sobre el matrimonio, como institución
natural, con sus fines y bienes específicos, célula
primordial de la sociedad, cuya verdad está arraigada en
el corazón y la experiencia de los pueblos, - hace por
tanto parte de su patrimonio cultural -, realidad que se
abre a todos los pueblos, de todos los siglos, a los
creyentes y a los no-creyentes. Nuestra reflexión no se
limita solamente a todo lo que es abordable por la
razón, sino que, y de modo especial, tenemos bien
presente la dimensión sacramental del matrimonio en la
abundante riqueza que nos ofrece la fe. Es algo que el
Concilio ha subrayado (cf. Gaudium et Spes 49).
1. LA FAMILIA
La ubicación histórica inmersa en
una serie de cambios y de alteraciones en modalidades de
reflexión, tantas veces llenas de ambigüedades, harto
difundidas y que en cierta forma ponen en tela de juicio
la razón de ser y el sentido mismo de la familia, con su
fisonomía propia e insustituible, fundada en el proyecto
de Dios Creador, ha hecho que sea imprescindible hoy
insistir en el artículo -en singular- LA familia.
Es preciso dar toda la fuerza al
uso del singular: LA FAMILIA, cuando crece un uso del
plural, LAS FAMILIAS, con todo lo que comporta en el
sentido de negar un modelo de la familia, fundada
en el matrimonio, comunidad de amor y de vida, de un
hombre y una mujer, abierta a la vida. Unida a la
concepción singular y en singular de LA familia,
está su filosofía, su fundamentación antropológica,
sobre la cual el Papa ha aportado tantos aspectos
iluminadores en su magisterio2.
Manteniendo sin confusiones ni
concesiones indebidas el modelo de la familia, querido
por Dios, como institución natural, nos alejamos de una
visión superficial y precipitada que concibe el
matrimonio y la familia como mero fruto de la voluntad
humana, producto de consensos cambiantes. Consensos,
acuerdos, que no ofrecen la estabilidad y la identidad,
como una riqueza, sino que hacen que a la intemperie, la
unidad matrimonial sufra el deterioro de sucesivas
erosiones que debilitan la familia.
Citando el texto de Génesis 2, 24,
el Señor declara solemnemente el proyecto de Dios, desde
el principio de la creación ("ab initio": como
modelo creacional). Hay un orden establecido por Dios
desde la creación (AP ARCHES) (cf. Mt. 19, 4):
"Hombre y mujer los creó (varón y hembra)
Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, se
unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De
modo que no son dos sino una sola carne; luego, lo que
Dios ha unido no lo separe el hombre"3. El Catecismo
de la Iglesia Católica, ofrece el comentario
de Tertuliano: "Nada los separa, ni en el espíritu,
ni en la carne; al contrario,
allí donde la carne
es una, es uno también el espíritu" (C.E.C.,
n.1642). Hay que recordar que "carne" en el
lenguaje bíblico, denota no sólo la parte material del
hombre, sino al hombre mismo como persona. San Pablo, en
la Carta a los Efesios se refiere nuevamente a este
pasaje del Génesis (cf. Ef. 5, 31) y lo señala
como "grande misterio (to misterion
mega)" (Ef. 5, 32), referido a Cristo y a la
Iglesia. El "mega" (lo grande del misterio, en
el proceso a que alude la Escritura), radica en que el
hombre (anthropos: Adán), es tipo (typos) del
amor de Cristo y de la Iglesia4.
El tema que comentamos toma como
clave la del don que tiene su fuente en Dios
mismo, de quien todo don proviene (cf. Sant.
1,17). Es don recibido en la Iglesia ("don de
Iglesia") y para ella, por medio de la Iglesia
doméstica.
El don que los futuros esposos se
ofrecen recíprocamente, con la correspondiente acogida
libre y explícita, es decir, el consentimiento,
esa recíproca entrega entre los mismos esposos, entre
los esposos y la Iglesia y Dios, en ese amor derramado
sobre sus corazones5.
El don de los esposos, puntual y
permanente, que supone y expresa una libertad madura, con
la forma canónica del sacerdote que recibe el
consentimiento en nombre de la Iglesia, "expresa
visiblemente que el matrimonio es una realidad eclesial
(cf. C.E.C., nn. 1630, 1631), un compromiso
público, en el "vínculo establecido por Dios"
(C.E.C., n. 1640), lazo irrevocable que exige
fidelidad entre los esposos y al Dios fiel en lo que su
divina sabiduría dispone. Cristo está presente en el
corazón de las libertades humanas, en su lozana
continuidad, en un acto diariamente renovado en virtud
del cual están como "veluti", consagrados
(observa la Gaudium et Spes 48).
Los esposos no pueden alcanzar su
felicidad y su plenitud al margen de esa verdad que
enriquece el sentido de su libertad. Los esposos se
otorgan recíprocamente en Cristo, quien les sale al
paso, ofrece las energías necesarias que superan las
limitaciones de una libertad vulnerada, necesitada, que
permite expresar con sinceridad "yo
te tomo
como esposo (esposa) y te prometo serte fiel
todos los días de mi vida"6. Estas palabras
que acompañan las manos de los esposos que se estrechan,
están cargadas de significación y deben advertir a los
esposos sobre los riesgos de un amor traicionado, que el
mundo presenta como un derecho y hasta como una
liberación. Así, la palabra se vuelve inexpresiva y el
gesto vacío, sin dimensión de grandeza.
2. DON Y COMPROMISO
La familia, fundada sobre el
matrimonio, comunidad de vida y de amor, (de "toda
la vida" en la presentación del Código de Derecho
Canónico, can. 1055), tiene su "elemento
indispensable", que "hace el matrimonio"
en el intercambio de consentimientos (cf. C.E.C.,
n. 1626).
El consentimiento, observa el Catecismo
de la Iglesia Católica, consiste en un "acto
humano por el cual los esposos se dan y se reciben
mutuamente" (GS 48) (C.E.C., n. 1627).
Ese otorgarse recíprocamente se hace por medio de la
palabra como solemne promesa, que va acompañada por
gestos que subrayan esa voluntad de mutua entrega. El don
que se ofrece, la misma persona, asume la categoría de
don cuando es acogido -agrega el Catecismo-. "Yo te
recibo como esposa" - "yo te recibo como
esposo". Este consentimiento que une a los esposos
entre si, encuentra su plenitud en el hecho de que los
dos "vienen a formar una sola carne" (C.E.C.,
n. 1627).
El consentimiento, como expresión
de este don, que hace el matrimonio, "la alianza
matrimonial" y constituye un consorcio de toda la
vida" (C.E.C., n. 1601) es un don en Dios. En
El tiene su fuente y su autor. Cuando los esposos se
otorgan el uno al otro, llegan a ser un regalo de Cristo
que dona el hombre a la mujer y la mujer al hombre. Es
"una íntima comunidad de vida y amor conyugal,
fundada por el Creador
El mismo Dios es el autor
del matrimonio"(GS 48). En el matrimonio,
recuerda el Concilio Vaticano II, "El Salvador de
los hombres y Esposo de la Iglesia sale al encuentro de
los esposos cristianos" (GS 48).
Es ese el proyecto de la creación
querido por Dios al inicio, que el Señor santifica
solemnemente y eleva a la dignidad de sacramento. Es Dios
quien une en el matrimonio, en esa comunidad
"estructurada con leyes propias", como
instituido "establecido por ordenamiento
divino", que no depende del arbitrio humano"
(cf. C.E.C., n. 1603). Son bien conocidos los
pasajes de la teología bíblica que muestran, dentro del
marco de una definida antropología, cómo está anclada
en el corazón del ser humano la llamada a compartir, a
la complementariedad, a una acogida, en la realidad de la
primera pareja. En esta unión, cuyo autor es Dios, El
mismo se compromete y se proyecta en el horizonte de la
Alianza de Dios con la humanidad, de Cristo con la
Iglesia. Con especial fuerza ha escrito Max Thurian:
"No es un simple contrato que se relaciona con una
fidelidad recíproca. Dios en persona realiza este
misterio de unión y le da una seguridad ante los
peligros de desgarramiento. Es la característica
primordial del matrimonio cristiano. El matrimonio es la
unión en Dios y por Dios
"7.
El matrimonio cristiano tiene una
relación directa con la Alianza de Cristo. En tal
sentido el consentimiento no es un acto entre dos sino
"triangular" (en la expresión de Carlo
Rocchetta), como un "Sí" dicho al interno del
"Sí" de Cristo y a la Iglesia. El
consentimiento de los esposos no puede ser separado de la
adhesión a Cristo. "El tradere se ipsum de
Cristo a la Iglesia viene a configurar en profundidad el tradere
se ipsum de los esposos"8.
Lo que Dios ha unido hasta volverse
"una sola carne" el hombre no puede someterlo a
sus caprichos ni invocar arbitrio alguno. El matrimonio
no es un consenso, fruto de cambiantes acuerdos humanos,
sino una institución que hunde sus raíces en el terreno
de lo sagrado: la misma voluntad del Creador. No es
gracioso regalo de los parlamentos, logro de los
legisladores en las estratagemas políticas. El pleno
señorío a Dios pertenece y es El quien sale al paso y
ofrece el don. Comenta Joachim Gnilka: "El hombre no
separe lo que Dios ha unido" (Mt.19,6) es
comprensible solamente si se puede partir del presupuesto
que es Dios quien une toda pareja de esposos"9.
El don expresado en el
consentimiento "personal e irrevocable", que
establece la Alianza del matrimonio, lleva el sello y la
calidad de una donación definitiva y total de uno al
otro (cf. C.E.C, n. 2364).
La donación hasta formar "una
sola carne" es un otorgarse personal, no se ofrecen
cosas, que se articula en la palabra-promesa y se funda
en el Señor. Porque es una donación personal, no entra
en juego, en su proyecto original, la dialéctica de la
posesión, del dominio. Por ello no es destrucción de la
persona, sino realización de la misma en la dialéctica
del amor, que no ve en el otro una cosa, un instrumento
que se posee, se usa, sino el misterio de la persona en
cuyo rostro se delinean los perfiles de la imagen de
Dios. Sólo una adecuada concepción de la "verdad
del hombre", de la antropología que defiende la
dignidad del hombre y de la mujer, permite superar
plenamente la tentación de tratar al otro como cosa y de
interpretar el amor como una empresa de seducción. No es
un amor que degrada, elimina, sino que exalta y realiza.
Solo así se descifra e interpreta esta categoría del
don, que libera del egoísmo, de un amor vacío de
contenido, que es insuficiente e instrumentalización, y
que liga la unión simplemente a un gozo sin
responsabilidad, sin continuidad, que es ejercicio de una
libertad que se degrada lejos de la verdad.
Se impone, con toda fuerza la
categórica declaración Conciliar: "El hombre que
es en la tierra la sola creatura que Dios ha querido por
sí misma no puede encontrarse plenamente sino a través
del don sincero de Sí mismo" (GS 24). Tiene,
pues, la dignidad de fin, no de instrumento o cosa, y en
su calidad de persona es capaz de darse, no solo de dar.
Los esposos en esa entrega
recíproca, en la dialéctica de una entrega total,
"forman una sola carne", una unidad de personas
"communio personarum", desde su propio
ser, en la unidad de cuerpos y espíritus. Se dan con la
energía espiritual y de sus propios cuerpos en la
realidad de un amor en el cual el sexo está al servicio
de un lenguaje que expresa esa entrega. El sexo, como
recuerda la Exhortación Apostólica Familiaris
Consortio, es un instrumento y signo de recíproca
donación: "la sexualidad mediante la cual el hombre
y la mujer se dan uno a otro, con los actos propios y
exclusivos de los esposos, no es en efecto algo de
puramente biológico sino que afecta al núcleo íntimo
de la persona humana en cuanto tal. Ella se realiza de
modo verdaderamente humano, solamente cuando es parte
integral del amor con el que el hombre y la mujer se
comprometen totalmente entre sí hasta la muerte (FC
11).
Es bien difícil abordar toda la
riqueza que contiene la expresión "una sola
carne", en el lenguaje bíblico. En la Carta a las
Familias, el Santo Padre profundiza en su significación
a la luz de los valores de la "persona" y del
"don", como lo hará también en relación con
el acto conyugal, que está ya incluido en esta
concepción de la Sagrada Escritura. Así escribe el
Papa, quien ofrece, en diferentes escritos, un cuidadoso
análisis, en la Gratissimam sane: "El Concilio
Vaticano II, particularmente atento al problema del
hombre y de su vocación, afirma que la unión conyugal
-significada en la expresión bíblica "una sola
carne"-,no puede ser comprendida y explicada
plenamente sino recurriendo a los valores de la
"persona" y del "don". Cada
hombre y cada mujer se realizan en plenitud mediante la
entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el
momento de la unión conyugal constituye una experiencia
particularísima de ello. Es entonces cuando el hombre y
la mujer, en la "verdad" de su masculinidad y
de su feminidad, se convierten en entrega recíproca.
Toda la vida en el matrimonio es un don, pero esto se
hace singularmente evidente cuando los esposos,
ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel
encuentro que hace de los dos "una sola carne"
(Gen. 2,24). Ellos viven entonces un momento de
especial responsabilidad, incluso por la
potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal.
En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre
y madre, iniciando el proceso de una nueva existencia
humana que después se de-arrollaruot;don". Cada
hombre y cada mujer se realizan en plenitud mediante la
entrega sincera de sí mismo; y, para los esposos, el
momento de la unión conyugal constituye una experiencia
particularísima de ello. Es entonces cuando el hombre y
la mujer, en la "verdad" de su masculinidad y
de su feminidad, se convierten en entrega recíproca.
Toda la vida en el matrimonio es un don, pero esto se
hace singularmente evidente cuando los esposos,
ofreciéndose recíprocamente en el amor, realizan aquel
encuentro que hace de los dos "una sola carne"
(Gen. 2,24). Ellos viven entonces un momento de
especial responsabilidad, incluso por la
potencialidad procreativa vinculada con el acto conyugal.
En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre
y madre, iniciando el proceso de una nueva existencia
humana que después se de-arrollará en el seno de la
mujer" (Grat. sane, 12)
En esta perspectiva, y comentando
el "misterio de la feminidad", en su Catequesis
sobre el amor humano, Juan Pablo II, observa (en
relación con Génesis 4,1): "El misterio de la
feminidad se manifiesta y se revela hasta el fondo
mediante la maternidad, como dice el texto: "la cual
concibió y dio a luz". La mujer está de frente al
hombre como madre, sujeto de la nueva vida humana que en
ella es concebida y se desarrolla, y de ella nace al
mundo. Así también se revela en profundidad el misterio
de la masculinidad del hombre, es decir, el significado
generador y paterno de su cuerpo". Y luego subraya:
"La paternidad es uno de los aspectos de la
humanidad más sobresalientes en la Sagrada
Escritura"10. Sobre el tema tornaremos al examinar
el don del hijo.
A la luz de la teología de la
donación, reflexiona el Papa sobre el lenguaje del
cuerpo y en el conjunto de su expresividad y
significación como don personal de la persona humana.
"Como ministros de un sacramento que se constituye a
través del consentimiento, y se perfecciona a través de
la unión conyugal, el hombre y la mujer son llamados a expresar
ese misterioso lenguaje de sus cuerpos en toda la verdad
que le es propia. Por medio de gestos y de
reacciones, por medio de todo el dinamismo,
recíprocamente condicionado, de la tensión y del gozo,
a través de esto habla el hombre, la persona (
).
Y, precisamente en el nivel de este "lenguaje del
cuerpo" -que es algo más de la sola reactividad
sexual y que, como auténtico lenguaje de las personas,
está puesto bajo la exigencia de la verdad, es decir, a
normas objetivas-, el hombre y la mujer se expresan
recíprocamente a ellos mismos en el modo más
pleno y profundo, en cuanto le es consentido por la misma
dimensión somática de la masculinidad y feminidad: el
hombre y la mujer se expresan ellos mismos en la medida
de toda la verdad de sus personas"11. Esa relación
y dimensión personal, así expresada, en "una sola
carne", dice relación a Dios mismo, en cuanto la
pareja, como tal, es imagen de Dios. "Podemos
deducir que el hombre se ha vuelto imagen y semejanza de
Dios, no solamente a través de la propia humanidad, sino
a través de la comunión de las personas"12.
Es esta verdad que enaltece y
dignifica lo que debiera ser transmitido en un contenido
digno de tal nombre, en la educación sexual, que señala
la grandeza de la sexualidad, en su dimensión personal,
como un lenguaje de amor: donación aceptación -
compromiso, que no encierra las personas en sí mismas, o
en un ciclo cerrado de goce, sin apertura, sino que se
levanta hacia Dios y adquiere nuevas dimensiones de
eternidad, es decir, que no se circunscribe a actos
perecederos que el tiempo borra y quizás sufre en la
memoria el desgaste del tiempo, sino que se eleva hasta
la fuente misma del amor.
Esa expresión en un lenguaje
humano, personal, de totalidad, ¿cómo no ha de marcar
la existencia, en un sentido de profundo compromiso?. De
alguna manera, aún después de la muerte de uno de los
cónyuges, algo de esa relación permanece. No entramos
ni de lejos a discutir el derecho que asiste al viudo o a
la viuda para casarse de nuevo. Sin embargo, pensando
sobre todo en ciertas oraciones bien significativas de la
Liturgia Oriental, en el caso de nuevas nupcias, en las
que no hay propiamente palabras de encomio, sino como de
permisión, de tolerancia, me parece que se abre una
pista de explicación por el tipo de relación asumida y
que no es propiamente indiferente para la persona que se
ha sumergido en la corriente del don.
Es preciso rescatar el sentido de
la entrega, liberarlo, de una cultura que atenta contra
la dignidad del hombre y de la mujer y que destruye la
relación personal de los esposos, como si el proceso de
la entrega no respondiera a resortes profundos de la
personalidad y como si una ciencia, digna de tal nombre,
no pudiera venir en ayuda de la verdad del hombre.
No es el momento de introducirnos
en consideraciones que nuestro Dicasterio ha hecho en el
Documento que lleva este título, como enunciación de su
contenido central: "Sexualidad Humana: Verdad y
Significado". Esta perspectiva es también
reconocida fundamentalmente por las conquistas de la
razón, por los logros de una ciencia que se acerca de
verdad al ser del hombre. Una proyección que supera el
egoísmo y tiende al otro, es altruista, no es extraña,
v.g., al pensamiento de Freud. Hoy se puede hacer la
denuncia de una tal banalización del sexo que se detiene
en estadios y etapas previas, en donde el egoísmo
encierra y aisla, con la modalidad de una inmadurez que
destruye el lenguaje del amor, la verdad y cobra su
víctima en el mismo hombre y en la mujer.
Muchas veces acceden al matrimonio
con una personalidad severamente lesionada por una
cultura falseada, que es como una bomba de tiempo para el
mismo matrimonio. El hecho de que el lenguaje sexual,
como comportamiento armónico y articulado, que está al
inicio de la verdad, no debe reducirse a lo meramente
biológico, es, a veces, traducido por escritores de la
calidad de Marguerite Yourcenar en sus "Memorias de
Adriano". Permitidme recoger algunas de sus
expresiones que, me parece, ilustrarían la verdad que el
magisterio quiere transmitir. El lenguaje de los gestos,
de los contactos, pasa de la periferia de nuestro
universo a su centro y se vuelve más indispensable que
nosotros mismos, y tiene lugar el prodigio admirable, en
el que veo más una asunción de la carne por el
espíritu que un simple juego de la carne, en una
especie de misterio de la dignidad del otro que
consiste en ofrecerme ese punto de apoyo de otro mundo13.
Hay entonces como una intuición,
no exclusiva del universo de la fe, que restituye al sexo
su grandeza y lo rescata del vaciamiento y de un uso
instrumental que en la cultura del consumismo se parece
mucho a lo desechable: ¡se usa y se bota!. Es la
globalidad de la persona la que está en juego y sus
actos no le son exteriores, como si pudieran ser
atribuibles a otro, en una forma de
"irresponsabilidad" básica e infantil. El
hombre que se siente incapaz o inseguro de responder por
sus actos, que asumen el tono de juegos provocados por un
ser somnoliento.
Retornemos a un pensamiento de M.
Yourcenar que transmite bien una impresión ética:
"Yo no soy de aquéllos que dicen que sus acciones
no se les parecen. Deben parecerse, porque las acciones
son la sola medida y el único medio de diseñarme en la
memoria de los hombres o en la mía propia
No hay
entre yo y los actos de los que soy hecho, un hiato
indefinible, y la prueba, es lo que yo pruebo sin cesar
en la necesidad de pesarlos, de explicarlos, de dar
cuenta de ellos a mi mismo"14.
En el lenguaje sexual se expresa el
hombre, de alguna manera se diseña y se modela, y
configura su destino. El don, la verdad del mismo y su
sentido adquieren una estatura y proporción dignas del
hombre. Por eso la Familiaris Consortio subraya
este valor sin el cual el sexo se vacía, pierde su
verdad, hasta volverse caricatura y mueca que lacera y
desfigura lo que debe brillar en el misterio de una
carne: "el amor conyugal comporta una totalidad
donde entran todos los elementos de la persona -reclamo
del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la
afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-;
mira a una unidad profundamente personal que, más allá
de la unión en una sola carne, conduce a no hacer más
que un solo corazón y una sola alma" (FC
13).
El Consentimiento, el don
recíproco, -recordábamos antes- es "personal e
irrevocable"; la donación es "definitiva y
total". Su lugar noble, propio, único es el
matrimonio. ¡En éste la donación es verdad!.
Podríamos decir que lo definitivo
es una calidad de la totalidad de la donación. Es
la superación de una entrega parcial, a pedazos, por
"cómodas cuotas" que son homenajes al
egoísmo, al amor opacado por la realidad del pecado. Un
amor así, a trozos, pierde hondura, espontaneidad y
poesía. Entre los novios es otra la tonalidad. El amor
que se promete o tiene ansias de duración, de
"eternidad" o en el fondo no existe. La entrega
es por toda la vida y sobre todas las circunstancias.
Asegura contra lo provisorio, contra el desgaste, contra
la mentira. ¿Qué, decir de quienes, como un nuevo paso
de "pluralismo" y de actitud complaciente en el
campo jurídico, se proponen ensayar legislaciones de
matrimonios ad tempus, de comuniones temporales?.
"Afirmar que el amor es elemento constitutivo del
matrimonio es sostener que de no haber existido aquella
mutua entrega irrevocable, no existiría entre los
esposos el "foedus coniugale". Las
leyes, por tanto, de unidad e indisolubilidad no son
exigencias extrínsecas al matrimonio, sino que nacen de
su mismo ser. Y así, el amor constituyente ha de ser
amor conyugal, exclusivo e indisoluble"15.
El matrimonio lleva la garantía de
la estabilidad, de lo permanente, de la perpetuidad.
Podríamos decir que el don recíproco "qza el cardenal Ratzinger ese
"Sí": "El hombre, en su totalidad,
incluye la dimensión temporal. Además, el
"sí" de un ser humano supera a la vez este
tiempo. En su integralidad, el "sí" significa:
siempre. El constituye el espacio de la fidelidad
la libertad del "sí" se hace sentir como una
libertad delante de lo definitivo"17. El amor18 no
está necesariamente sometido a la degradación del
tiempo, como en las cosas que se desgastan y pierden
paulatinamente su energía. No cae en la órbita de la
ley de la entropía. El tiempo puede ayudar al
crecimiento, a madurar delante de Dios, a hacer del amor
un compromiso más serio y hondo. Escuché, en Caná una
hermosa promesa y expresión de unos esposos avanzados en
años: "te amo más que ayer, pero menos que
mañana". La alegría de la serenidad, de un
testimonio que recibe el espesor de los años, se
descubre en tantos matrimonios de personas ancianas en
las cuales se conservan la frescura y la ternura
afianzadas en el tiempo.
En virtud de la donación total se
comprende mejor la exigencia de la indisolubilidad que
libera y protege el amor y que no es su prisión o
empobrecimiento. Es falso aquello de que el matrimonio es
la tumba del amor y que lo definitivo, su
indisolubilidad, robe al amor su espontaneidad y su
dinámica. A ello lleva, sin duda, una cultura de lo
perecedero, en la cual la palabra se vacía y es por
tanto liviana hasta la irresponsabilidad. No lleva el
peso de la verdad que no es caprichosa y cambiante como
lo hace un falso amor, que engaña. "La posible
ausencia o debilitamiento de hecho en las manifestaciones
del amor conyugal no destruyen las propiedades y la
tendencia natural -si bien las pueden obstaculizar-, pues
unas y otras reclamarán siempre ser vivificadas por el
amor conyugal"19.
La donación total conduce a
la exigencia de la fidelidad. Es una forma
concreta de don, que empeña y libera. Un amor fiel es
también y radicalmente indisoluble. Libera del temor de
traicionar y ser traicionado y suministra a la fuente de
la vida, la garantía y la transparencia a la que tienen
derecho los hijos.
Antonio Miralles escribe:
"también la mutua donación personal de los
cónyuges exige la indisolubilidad del recíproco
vínculo que ellos han establecido con tal donación.
Ella es total y por tanto excluye toda provisoriedad,
toda donación temporal. (
) el vínculo conyugal
presenta un carácter definitivo, en cuanto surge de una
donación integral que comprende también la temporalidad
de la persona. El darse con la reserva de poder
desvincular en el futuro, significaría que la donación
no es total, al contrario de aquella que hace nacer un
verdadero matrimonio"20.
Cabe pues decir que la fidelidad,
la indisolubilidad, el carácter definitivo, son
esenciales en la calidad del don. Aquí radica el
compromiso, el empeñar del don, empeño que se abre
también y esencialmente al don de la vida y que se
vuelve testimonio público en la Iglesia y en la
sociedad. Es luz, llama puesta sobre el candelero.
Es San Juan Crisóstomo quien
comenta hermosamente el estilo de esta donación en este
consejo a la pareja: "Te he tomado en mis brazos, te
amo y te prefiero a mi vida. Porque la vida presente no
es nada, mi deseo más ardiente es pasarla contigo de tal
manera que estemos seguros de no estar separados en la
vida que nos está reservada
pongo tu amor por
encima de todo
"21. La duración, el carácter
definitivo de la donación, en virtud de su totalidad,
conduce a la indisolubilidad que es atribuible al
matrimonio natural y que asume una dimensión más honda
y expresiva en el matrimonio cristiano, delante y bajo la
mirada del Señor.
Ya el matrimonio natural tenía
"una cierta sacramentalidad", en sentido
amplio, como signo preanunciador del misterio de tal
unión esponsal, en la íntima unidad de una sola carne,
inserta (de alguna manera) en el misterio de la Alianza
de Dios con la humanidad, en el lenguaje de la creación,
de Dios con su pueblo (cf. Os., 1-3), de Cristo
con la Iglesia22. "Maridos, amad a vuestras mujeres
como el Mesías amó a la Iglesia y se entregó por ella
Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre,
se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne, (un
solo ser). Este misterio es grande; lo digo en referencia
a Cristo y a la Iglesia" (Ef. 5, 25. 31-33).
En este texto central de la Carta a
los Efesios, en el versículo 25, el modelo es la entrega
de Cristo, en el lenguaje del sacrificio en el que se
expresa el mayor amor, sin límites: ¡amor crucificado!.
Ese "traditit semetipsum", donación
total y radical, que es el modelo, es el misterio
fundamental que abarca la alianza conyugal. El misterio
(cf. v. 32), es referido al proceso que tiene su
"tipo", su modelo en Cristo y la Iglesia. Hay
que advertir que al hablar de misterio, grande, (mega),
se refiere el autor a la importancia del mismo, a su
fuerza expresiva, no a la oscuridad. El misterio de la
unión esponsal de Cristo y la Iglesia es reproducido en
el matrimonio del hombre y de la mujer23
Estamos en el ámbito sagrado de
una donación y una entrega que adquiere su plena
iluminación en Cristo, en su pasión redentora. Esto es
subrayado por el Concilio de Trento en la sesión XXIV,
Denz. 969: "Gratiam vero quae naturalem illum amorem
perficeret, et indissolubilem unitatem confirmaret,
coniugesque sanctificaret: ipse Christus
sua nobis
passione promeruit". Max Zerwick, comentando el
texto clave que nos ocupa, escribe: "Siendo así, el
matrimonio humano es algo más que una mera figura,
cuando se realiza entre miembros de Cristo: debe realizar
la unión amorosa de Cristo con su Iglesia. Así pues, el
matrimonio no es meramente figurativo, sino que es una
participación real en lo que Pablo llama el gran
misterio"24.
El "tradere se ipsum"
de cada uno de los cónyuges, a semejanza de Cristo,
observa Carlo Rocchetta, "es un acto de naturaleza
perpetua
un sacramento permanente"25.
El consenso de los esposos que se
dan y se reciben mutuamente es sellado por el mismo Dios
(cf. C.E.C., n. 1639). El vínculo del matrimonio
establecido por Dios es irrevocable, de tal manera que no
está en el poder de la Iglesia pronunciarse contra esa
disposición de la sabiduría divina (cf. C.E.C.,
n. 1640). Está por desgracia muy difundida la idea de
que el Papa y los Obispos podrían, si superaran el
rigorismo, introducir modificaciones y abrir las puertas
a soluciones, al menos en casos excepcionales. Hay que
repetir esta verdad con decisión y amor: eso no está en
el poder de la Iglesia. Por tanto: ¡non possumus!.
Y no podría pensarse que quedara sustraída a la divina
sabiduría la situación, así fuera excepcional, de una
pareja. Retorna la sentencia ligada al proyecto original
y ratificado por Cristo: "lo que Dios ha unido no lo
separe el hombre". ¿Cómo, pues, introducir
modificaciones en nombre del Dios fiel a la Alianza que
en su misericordia tutela y preserva el bien del
matrimonio?.
Se cree, por otra parte, que la
indisolubilidad es una exigencia ideal, pero
irrealizable. ¿Podría Dios cargar con semejante
empeño, con esta carga que por lo irrealizable sería un
peso inclemente e insoportable, a los esposos?. El, el
autor del matrimonio, que sale al paso, al encuentro de
los esposos cristianos, ofrece su gracia, su fuerza para
que en la Iglesia doméstica sean capaces de vivir en la
dimensión del Reino.
Es preciso reflexionar, llevados de
la mano del Catecismo de la Iglesia Católica, en
toda la riqueza del matrimonio en el plan de Dios, a lo
largo de las consideraciones enmarcadas en el matrimonio
en el orden de la creación, bajo la esclavitud del
pecado y el matrimonio en el Señor. El proyecto original
de Dios va en este sentido: "la vocación al
matrimonio se inscribe en la naturaleza misma del hombre
y de la mujer, según salieron de la mano del
Creador" (C.E.C., n. 1603). No es, pues, una
institución meramente humana, al arbitrio del hombre.
Dios mismo es el autor del matrimonio (cf. C.E.C.,
n. 1603).
Lo natural en la comunidad de vida
y amor conyugal, provista de leyes propias, es acoger con
alegría y confianza la voluntad de Dios. Bajo la
esclavitud del pecado, el matrimonio es amenazado por la
discordia, el espíritu de dominio, la infidelidad. Es un
desorden (opuesto al orden original) que "no
se origina en la naturaleza del hombre y de la mujer, ni
en la naturaleza de sus relaciones, sino en el
pecado" (C.E.C, n. 1607). Se introducen
rupturas, distorsiones, relaciones de dominio y
concupiscencia, pero "el orden de la creación
subsiste, aunque gravemente perturbado. Es necesaria
la gracia y la misericordia de Dios para realizar la
unión de sus vidas en orden a la cual Dios los creó
"al comienzo"" (C.E.C., n. 1608).
En la pedagogía de la antigua ley, "la conciencia
moral relativa a la unidad e indisolubilidad se
desarrolló". El Señor "enseñó sin
ambigüedad el sentido original de la unión del hombre y
la mujer". "La insistencia en la
indisolubilidad del vínculo matrimonial corresponde al
restablecimiento del orden de la creación perturbado por
el pecado (cf. C.E.C., nn. 1614, 1615). En el
matrimonio en el Señor, los esposos, "siguiendo a
Cristo, renunciando a sí
mismos
podrán comprender el sentido original del
matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo" (C.E.C.,
n. 1615).
3. EL HIJO: EL DON MAS EXCELENTE
San Agustín enseñaba: "Entre
los bienes del matrimonio ocupa el primer puesto la
prole. Es verdaderamente el mismo Creador del género
humano quien en su bondad quiso servirse de los hombres
como ministros para la propagación de la
vida
"26 Y la Exhortación Apostólica
Familiaris Consortio senión del hombre y
la mujer". "La insistencia en la
indisolubilidad del vínculo matrimonial corresponde al
restablecimiento del orden de la creación perturbado por
el pecado (cf. C.E.C., nn. 1614, 1615). En el
matrimonio en el Señor, los esposos, "siguiendo a
Cristo, renunciando a sí
mismos
podrán comprender el sentido original del
matrimonio y vivirlo con la ayuda de Cristo" (C.E.C.,
n. 1615).
3. EL HIJO: EL DON MAS EXCELENTE
San Agustín enseñaba: "Entre
los bienes del matrimonio ocupa el primer puesto la
prole. Es verdaderamente el mismo Creador del género
humano quien en su bondad quiso servirse de los hombres
como ministros para la propagación de la
vida
"26 Y la Exhortación Apostólica
Familiaris Consortio señala: "La misión
fundamental de la familia es realizar a lo largo de la
historia la bendición original del Creador,
transmitiendo en las generaciones la imagen divina de
hombre a hombre" (FC 28). Son dos expresiones
que es preciso subrayar: los padres son ministros y
servidores de la vida.
La vida debe surgir en el
matrimonio, como el lugar adecuado, el más excelente, en
donde la vida es deseada, amada, acogida y en donde se
realiza todo un proceso de formación integral.
El Concilio Vaticano II expresa:
"Por su naturaleza la institución misma del
matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la
procreación y a la educación de la prole y con ellas
son coronados como su culminación" (GS 48).
En la forma más expresiva indica que "los hijos
son, ciertamente, el don más excelente del matrimonio y
contribuyen mucho al bien de los mismos padres" (GS
50). Hay que señalar que esta vigorosa afirmación
proviene del deseo personal del Santo Padre Pablo VI, de
que fuera incluida en el texto. El hijo es un don que
surge del don mismo recíproco de los esposos, como
expresión y plenitud de su mutua entrega. Es una
maravillosa concatenación de dones que hermosamente hace
resaltar el Catecismo de la Iglesia Católica:
"La fecundidad es un don, un fin del matrimonio,
pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo.
El niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de
los esposos, brota del corazón mismo de ese amor
recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por eso
la Iglesia, que "está en favor de la vida" (FC
30), enseña que "todo acto matrimonial debe quedar
abierto a la transmisión de la vida" (HV 11)
(
) el hombre no puede romper por iniciativa propia,
entre los dos significados del amor conyugal: el
significado unitivo y el significado procreador" (C.E.C.,
n. 2366). Y cita el Catecismo nuevamente la Humanae
Vitae: ""salvaguardando ambos aspectos
esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal
conserva íntegro el sentido del amor mutuo y verdadero y
su ordenación a la altísima vocación del hombre a la
paternidad" (HV 12)" (C.E.C., n.
2369).
Los hijos son un "un bien
común de la futura familia". Las palabras del
consentimiento lo expresan: "Para mostrarlo con
evidencia, la Iglesia les pregunta (a los esposos) si
están dispuestos a acoger y educar cristianamente a los
hijos que Dios quiera darles (
) La paternidad y la
maternidad representan una tarea de naturaleza no
sólo física sino espiritual" (Grat. sane,
10). Y más adelante enseña: "cuando los esposos transmiten
la vida a su hijo, un nuevo "tu" humano se
inscribe en la órbita de su "nosotros",
una persona que llamaron con un nombre nuevo
"
(Grat. sane, 11).
El Santo Padre ubica esta doctrina
en el marco de la teología del don de la persona,
y en la perspectiva del Concilio, del "don más
precioso" (GS 50).
La existencia del hijo es un don,
el primer don del Creador a la creatura: "El proceso
de la concepción y del desarrollo en el seno materno,
del parto, del nacimiento, de todo esto, sirve para crear
como un espacio apropiado para que la nueva creatura
pueda manifestarse como un don" (Grat. sane,
11). Don para los padres y para la sociedad y para los
miembros de la familia. "El niño se hace don de sí
mismo a sus hermanos y a sus padres y a toda la familia. Su
vida se vuelve un don para los mismos autores de la
vida" (Ibid).
Es preciso respetar cuanto entraña
el sentido del amor mutuo y verdadero, el
significado de la recíproca donación abierta a la vida.
La contracepción opone objetivamente un lenguaje
contradictorio al lenguaje que expresa una donación
recíproca y total. El lenguaje se torna inexpresivo y,
por tanto, mentiroso. Un lenguaje que no es vehículo de
la verdad, sino de la mentira, en el desorden objetivo
que la anticoncepción entraña se pone en sentido
contrario al amor (en cierta forma no logra siquiera
tutelar el "significado unitivo" en plenitud).
Sólo el amor mutuo y verdadero que expresa sin recortes
la donación total, tiene la fuerza propia del amor
conyugal. Cuando la pareja libre y conscientemente se
deja llevar por otra lógica, y toma la vía sistemática
de la contracepción, ¿no pone una especie de bomba de
tiempo a su propia unión conyugal?
Con particular fuerza y claridad
esta verdad es expresada en la Familiaris Consortio:
"Al lenguaje natural que expresa la recíproca
donación total de los esposos, el anticoncepcionismo
impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es
decir, el no darse al otro totalmente: se produce no
sólo el rechazo de la apertura a la vida, sino también
una falsificación de la verdad interior del amor
conyugal, llamado a entregarse en la plenitud
personal" (FC 32) (Texto integralmente
recogido por el C.E.C., n. 2370).
Un análisis penetrante entre la
unión de los esposos y la procreación de los hijos,
viene desarrollada en el libro de S.E. Mons. Francisco
Gil Hellín, El matrimonio y la vida conyugal.
Dice así: "Los significados esenciales del acto
conyugal, que son el unitivo y el procreativo,
expresan respectivamente la esencia y el fin del
matrimonio. El amor que lleva a los esposos a la entrega
formando una sola carne cuando se realiza "en la
verdad", "en vez de encerrarlos en sí mismos,
los abre a una nueva vida, a una nueva persona" (Grat.
sane, 8).
La vida conyugal comporta una
lógica de entrega sincera al esposo o esposa y a los
hijos. "La lógica de entrega total del uno al otro
implica la potencial apertura a la procreación" (Ibid,
12). La capacidad de esta entrega, o crece y madura con
el ejercicio propio de toda la vida conyugal, o queda
inhibida por el egoísmo, cuyas insidias tratan de
amordazar el dinamismo de la verdad inscrita en la propia
entrega. Una de las principales expresiones de este
egoísmo -"egoísmo, no sólo a nivel individual
sino también de pareja" (Ibid, 14)- es el
que ve la procreación no como exigencia de la verdad del
amor conyugal, sino como fruto gratificante y elección
voluntarista añadida al amor. "En el concepto de
entrega no está inscrita solamente la libre iniciativa
del sujeto, sino también la dimensión del deber" (Ibid).
Un amor conyugal que no abraza la
dimensión parental propia de su verdad íntima acaba
asemejándose al "llamado amor libre, tanto
más peligroso porque es presentado frecuentemente como
fruto del sentimiento verdadero, mientras de hecho
destruye el amor" (Ibid). Por esto, el
rechazo a la apertura a los hijos contribuye hoy
poderosamente a minar y destruir la entrega conyugal. No
se trata, como siempre ha sucedido por la flaqueza
humana, de actos o de períodos en los cuales los
cónyuges han sido débiles para vivir con coherencia las
exigencias de su paternidad o maternidad en
circunstancias difíciles o especialmente heróicas.
Hoy día, muchas uniones conyugales
labran su propia destrucción falseando las coordenadas
de su entrega. "En el momento del acto conyugal, el
hombre y la mujer están llamados a ratificar de manera
responsable la recíproca entrega que han hecho de sí
mismos con la alianza matrimonial. Ahora bien, la lógica
de la entrega total del uno al otro implica la potencial
apertura a la procreación" (Ibid, 12).
Cuando se rechaza la capacidad del esposo o de la esposa
a ser padre o madre, aquella entrega no respeta las
exigencias del amor conyugal. Es por ello que el Papa
afirma que es esencial a una verdadera civilización del
amor, "que el hombre sienta la maternidad de la
mujer, su esposa, como entrega" (Ibid, 16)27.
En las catequesis sobre el amor
humano, Juan Pablo II habla del "lenguaje de los
cuerpos" que en la unión conyugal expresa la verdad
que les es propia. En el lenguaje del cuerpo el acto
conyugal significa no sólo el amor sino también la
potencial fecundidad y por tanto no puede ser privado en
su pleno y adecuado significado. Como no es lícito
separar artificialmente el significado unitivo y el
procreativo, (cf. HV 12), "el acto conyugal privado
de su verdad interior, porque privado de su capacidad
procreativa, deja de ser también un acto de amor"28.
El hijo se introduce en la
dimensión de la espiritualidad del matrimonio que se
abre a la familia. Cabría aquí seguir las pistas de una
reflexión que va del amor trinitario al amor conyugal.
El matrimonio que crece a imagen de la Trinidad, el
"nosotros" de la familia a imagen del
"nosotros" trinitario, incluye el hijo que
surge del amor total y fecundo. Escribe Carlo Rocchetta:
"según la afirmación de I Jn. 4,16,
"Dios es amor" (agapè), la suprema plenitud
del amor que dona y acoge; no un "yo" solo,
encerrado en sí mismo, sino un "yo" que vive
en sí mismo una existencia de amor interpersonal, una
eterna generación que surge del amor y concluye en el
amor, donde el intercambio de don/acogida entre las dos
primeras personas alcanza su plenitud en el encuentro con
la tercera
El vínculo sobrenatural entre los
esposos contiene este valor trinitario. La gracia
sacramental representa el don de la ontología trinitaria
desplegada en el corazón de los esposos como semejanza
dinámica que estructura en profundidad la vida de los
esposos y los hace signos y participación en la
comunión tri-personal de Dios"29.
El hijo o los hijos, el "bien
de la prole", es razón de ser del matrimonio, hay
que reiterarlo. Como se sabe para Doms el sentido del
matrimonio y el amor de dos que encuentran su más
profunda expresión, sería la más íntima y preciosa
realización en el acto conyugal, en sí mismo, hecha
abstracción de la ordenación al hijo. La realización
de la unidad conyugal justificaría el instituto
matrimonial. En una línea similar se encuentra
Krempel30.
El Concilio arroja una amplia luz
para mostrar el sentido pleno del matrimonio y
contrarrestar estas u otras posiciones similares:
"El matrimonio y el amor conyugal están ordenados
por su propia naturaleza ("indole sua") a la
procreación y educación de los hijos. Desde luego, los
hijos son don excelentísimo ("sunt
praestantissimum matrimonii donum") y
contribuyen grandemente al amor de los padres
Por
tanto el auténtico amor conyugal y toda la estructura de
la vida familiar que nace de aquél, sin dejar de lado
los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a
los esposos para cooperar valerosamente con el amor del
Creador y Salvador, quien por medio de ellos aumenta y
enriquece su familia" (GS 50)31.
La Familiaris Consortio
afirma categóricamente que "el cometido fundamental
de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo
largo de la historia la bendición original del
Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina
de hombre a hombre" (FC 28).
En la familia, Santuario de la
vida, señala la Encíclica Evangelium Vitae,
"dentro del pueblo de la vida y para la vida",
es decisiva la responsabilidad de la familia, es
una responsabilidad que brota de su propia
naturaleza", y másadelante subraya: "Por esto
el papel de la familia en la edificación de la cultura
de la vida es determinante e insustituible. Como Iglesia
doméstica, la familia está llamada a anunciar,
celebrar y servir el Evangelio de la vida. Es una
tarea que corresponde principalmente a los esposos,
llamados a transmitir la vida, siendo cada vez más
conscientes del significado de la procreación como
acontecimiento privilegiado en el cual se manifiesta que
la vida humana es un don recibido para ser dado"
(EV 92).
La familia anuncia el Evangelio de
la vida mediante la educación de los hijos (cf.
EV, 92), celebra el Evangelio de la vida con la oración
cotidiana, celebración que abarca también la vida de
cada día, y está al servicio por medio de la
solidaridad (cf. EV 93). Todo esto hace parte de
una integral pastoral familiar: "Redescubrir
y vivir con alegría su misión en relación con el
Evangelio de la vida" (EV 94).
No puede, pues, ser separada la
familia de su servicio esencial de la vida, con
tan clara raigambre conciliar (cf. GS 50), y
confirmada también en el conjunto del magisterio y en la
pastoral de la familia: "El matrimonio y el amor
conyugal están ordenados -séame permitido repetirlo-
por su propia naturaleza a la procreación y
educación de los hijos" (GS 50). La
relación de la familia con la vida es la más completa,
directa e integral. A la proclamación y defensa de la
vida, en un servicio adecuado, todos están invitados.
"Es urgente una movilización general de las
conciencias y un común esfuerzo ético para poner en
práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos
juntos debemos construir una cultura de la vida" (EV
95). Pero, son diversas las formas de aproximación al
objeto formal. "Todos tienen un papel importante que
desempeñar". Alude el Papa a la misión de
profesores y educadores, de los intelectuales, de los
medios de comunicación. Indica el Santo Padre la
creación de la Academia Pontificia para la Vida, con sus
peculiares funciones (cf. EV 98)32.
A esta perspectiva de la unión
estrechísima entre familia y vida, ha obedecido, sin
duda, la creación del Pontificio Consejo para la
Familia, en la intuición del Santo Padre Juan Pablo II,
quien lo erigió el 13 de mayo de 1981 no sólo en
relación con la institución familiar, sino con la
misión especial, como Dicasterio de la Santa Sede,
indicada en el art. 141, 3 de la Constitución
Apostólica sobre la Curia Romana Pastor Bonus:
"Se esfuerza [el Pontificio Consejo para la
Familia], para que sean reconocidos y defendidos los
derechos de la familia, también en la vida social y
política; sostiene y coordina las iniciativas
para la tutela de la vida humana desde su concepción y
en favor de la procreación responsable".
De la integralidad del servicio a
la vida, de la familia y desde la familia, suministra una
sólida base doctrinal y pastoral la Carta del Santo
Padre a las Familias, Gratissimam sane. Recordemos
algunos aspectos más sobresalientes. En el número
nueve, dedicado a la genealogía de la persona, escribe:
"La familia está ligada a la genealogía de todo
hombre: la genealogía de la persona. La paternidad y la
maternidad humanas hunden sus raíces en la biología y
al mismo tiempo la superan". Se ubica, pues, en
referencia a Dios: "Dios está presente según un
modo diferente en relación con toda otra
generación"sobre la tierra"" (Ibid).
El carácter de don que es el hijo,
así sea una forma lacónica, es referido en el texto
bíblico: Adán conoció Eva, su mujer, la cual concibió
y dió a luz a Caín, y dijo: "He adquirido un
hombre del Señor" (Gen. 4,1). Es como una
ganancia, no obstante el hijo que concretamente concibe,
que será asesino de su hermano. ¡Es una gozosa
exclamación por un nuevo hombre!. En el Nuevo
Testamento, el nacimiento de un hombre, que un ser humano
ha venido al mundo" (Jn 16,21), constituye un
signo Pascual, como el Papa lo recuerda, al
contraponer, hablando a sus discípulos antes de su
pasión y muerte, la tristeza de los discípulos
semejante a los dolores de parto, los cuales se tornan en
la alegría de dar a luz un hombre que viene al mundo
(gozo y alegría de frente a la vida que surge y que, por
el contrario, en la cultura de la muerte, en la
desconfianza creciente que de tal cultura emana el mundo
de hoy, con sociedades enfermas, corre el riesgo de ser
experimentados cada vez menos). La alegría que en la
espera y la acogida del nuevo hijo debe llenar de
alegría los hogares se vuelve un proceso gris, a veces
indeseado, como si el canto de los ángeles y de los
pastores en Belén no tuviera su eco en cada hogar, con
toda la humana "pobreza", como heridas
producidas a la humanidad, que tal actitud comporta y que
contrasta con la de aquellos que en cambio quieren el
hijo a todo precio! Contraste que sin embargo, no debe
conducir a que el don del hijo sea interpretado como un
"derecho" que puede ser invocado incluso con el
recurso a actos reñidos con la moral, en última
instancia, porque no expresan de verdad la donación, en
el acto conyugal personal.
Normalmente el hijo concebido, y su
nacimiento más que aparecer como un empeño que pesa, no
obstante la responsabilidad y sacrificio que conlleva,
es, de parte del nuevo ser, una invitación a la fiesta.
¡Hay alegría pascual!. Es la verdad de la expresión de
San Ireneo: "Gloria Dei vivens homo".
Esta atmósfera en nada reduce la fuerza del compromiso
que el don del hijo encarna, como una grande,
dignificante e ineludible responsabilidad (cf. Grat.
sane, 12).
En el cumplimiento gozoso de esa
responsabilidad, de la capacidad de responder, en primer
lugar a Dios, se juega la propia coherencia y por tanto
su felicidad. En el sacramento de la reconciliación el
ejercicio ministerial de la Iglesia que absuelve y
perdona a los hombres de sus pecados es concorde con su
misión profética de anunciar la verdad. Cuando el
Evangelio es proclamado y viene acogido en el corazón,
fructifica en el dolor saludable que prepara para recibir
el perdón. Sólo una conmiseración que no nace del amor
cristiano puede inducir a desenfocar la verdad que quizá
hiere, pero es herida saludable que salva, y a paliar las
exigencias morales derivantes de la revelación.
Tal actitud ciertamente no llevará
a los creyentes al sufrimiento ante las propias obras
desordenadas, pero tampoco les conducirá a la alegría
del perdón con el que Dios les acoge como a hijos que
vuelven a la casa paterna. Estas son las características
que han guiado la redacción del Vademecum para los
confesores, preparado por el Pontificio Consejo para
la Familia. En él se presenta la actitud con la que los
ministros deben siempre acoger y ejercer este sacramento,
llena de comprensión y de misericordia, y a la vez la
claridad, verdad y competencia doctrinal con la que deben
formar e instruir a quienes puedan estar desorientados o
en error.
Es un prejuicio y un error
difundido querer oponer la verdad y la misericordia. Una
"misericordia" sin verdad sería una caricatura
de lo que el Señor confía como misión a la Iglesia. La
Iglesia no puede en nombre de la "comprensión"
(mal entendida), por así decirlo, "cerrar un
ojo", pasar sin ver, sin denunciar, precisamente
como exigencia de verdadera reconciliación, reencuentro
con el Señor en la verdad y en el perdón.
El regalo que es el hijo para la
familia que centra su atención en él y sigue de
corazón todo el proceso, desde la concepción, el
nacimiento, la educación, con ternura y sentido de
reconocimiento, con capacidad de maravillarse, de
sorprenderse, de descubrir en los diversos momentos el
afirmarse de un nuevo ser, exige una pedagogía para que
la rutina no devore lo hermoso y gratificante de la
misión de los esposos y la "carga" no recorte
la intensidad legítima de la plenitud, de la alegría.
Un conocido moralista pone en labios del niño estas
palabras que gustoso transcribo: "No temáis
acogerme, de asumir mi vida como una tarea!. Esto no
será para nosotros una tarea pesada; más aún será una
tarea tan leve incluso hasta lograr aliviar, (hacer menos
pesado) vuestra vida oprimida. Yo no soy un patrón
despótico (
). Seré capaz de un reconocimiento tal
de convertirme para vosotros en una recompensa más
grande que vuestras fatigas"33.
Es el Señor quien nos enseña con
la palabra y con los gestos: toma un niño, lo pone en
medio de El y los discípulos y dice: "quien acoge a
uno de estos niños en mi nombre, a mí me acoge, y quien
a mí no me acoge, no me acoge a mí sino al Padre que me
ha enviado" (Mc 9,36-37). El signo de la
acogida ya lleva el mensaje del don ofrecido y en la
acogida remite al Dador de todo bien. Los hijos son ante
todo una bendición, un mensaje transmitido en la
espontanea ternura que especialmente en el hogar suscita,
y antes que sean vistos como una carga, son portadores de
la "Buena nueva" que en ellos se proclama y
despunta. Diríamos que el Evangelio de la familia y el
Evangelio de la vida que resuenan en la Iglesia
Doméstica, Santuario de la vida, son el lugar desde el
cual el hijo mismo proclama su dignidad. "Dios lo ha
llamado "por él mismo", y, cuando viene al
mundo, el hombre comienza en la familia, su "grande
aventura", la aventura de la vida. "Este
hombre", en todo caso, tiene el derecho de afirmarse
él mismo en razón de su dignidad humana. Es
precisamente esta dignidad la que debe determinar el
lugar de la persona en medio de los hombres, y ante todo,
en la familia" (Grat. sane, 11).
Este, "ante todo, en la
familia", que meramente nos remite a la
inseparabilidad entre familia y vida, soporta la
verdadera alegría que palpita en cada vida nueva con
tonalidad original.
"El Evangelio del amor de Dios
al hombre, el Evangelio
de la dignidad de la persona, y el Evangelio de la vida
son un único e indivisible Evangelio" (EV
2). En la familia este Evangelio se vive como una
aventura que sorprende y suscita la capacidad de
maravillarse, conservando, como María, todo en su
corazón. El misterio de Belén y Nazaret es portador de
una verdad antropológica, de la vida como un don, en la
dignidad que el amor de Dios sostiene y alimenta:
"El hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido,
en cierto modo, a todo hombre" (GS 22).
Bien ha podido expresar Hans Urs
Von Balthasar: "
En todas las culturas no
cristianas el niño tiene una importancia tan sólo
marginal, porque es simplemente un estadio que precede al
hombre adulto. Se necesita la encarnación de Cristo para
que podamos ver no solamente la importancia
antropológica, sino también aquella teológica y eterna
del nacer, la bienaventuranza definitiva del ser a partir
de un seno que genera y da a luz"34.
Hay algunos que llegan a presentar
la hipótesis de que "el sentimiento de la
infancia" surgió apenas en la mitad del siglo XVI
(Es la posición de Philippe Ariés). Campanini comenta:
"más allá de la verificabilidad o no de la
hipótesis de partida de Ariés
no hay duda de que
se dió en occidente una larga estación en la cual el
niño ha estado en la periferia, y una más breve, pero
igualmente rica y significativa fase (que abraza cerca de
los tres últimos siglos de la historia de occidente) en
la cual el niño ha sido puesto al centro de la familia
y, de alguna manera, al interior de la vida social. Ha
sido la estación del "puericentrismo", que
quizás se está consumando bajo nuestros ojos por efecto
de un desarrollo tecnológico siempre más avanzado
dentro del cual no parece que haya puesto para el
niño"35. El profundo sociólogo de la universidad
de Parma, en la peculiar claridad y síntesis en sus
observaciones, manifiesta su preocupación de que la
técnica borre las relaciones personales y que, a la
postre, cuenta más la tecla que se oprime en la que
llama "Sociedad digitálica" que el
acercamiento a las personas, la aproximación al niño.
En la educación se estima más la
inteligencia, (diría yo un tipo de inteligencia) que la
entera personalidad: El encuentro con el
"bottone", (la tecla del computador o de los
juegos electrónicos) toma el puesto de las personas. El
fenómeno que Campanini caracteriza como "pérdida
del centro", acarrea la pérdida de los puntos de
referencia respecto de valores fundamentales, sobre todo
éticos y religiosos, mientras surge otro cuadro de
"valores". El computador puede ser un campo
abierto a la fantasía, a una fantasía programada y
"pre-codificada", pero el niño está en medio
a un mundo en donde su "mundo vital" se reduce.
Se erosionan estructuras fundamentales de mediación. La
principal de ellas, la familia, en la cual en la sociedad
del pasado se adquirían la mayor parte de los
conocimientos. La misma escuela abre más y más espacio
a la "información" por la máquina. ¿Podrán
dejar de ser la familia y la escuela núcleos de
protección?36. Sobre el tema de las mediaciones sociales
y familia retornaremos más adelante para dar curso, ya
en referencia al conjunto social, a las preocupaciones de
Pierpaolo Donati.
Impresiona ver cómo se pierde un
terreno en el cual se daban pasos promisorios para el
reconocimiento del niño en su puesto central, no
periférico o marginal. El niño es un ser amenazado, ya
desde el vientre de la madre, que los parlamentos
convierten en el lugar de la más injusta de las
sentencias de muerte!. Mientras se dan pasos firmes en la
Convención de los Derechos del niño de las
Naciones Unidas (sin entrar a considerar ahora las
relaciones y oscilaciones en algunas partes, justamente
sometidas al tratamiento de las "reservas" por
la Delegación de la Santa Sede), y la Iglesia se bate
para que haya códigos de protección del niño,
proliferan los atentados, de toda índole, y no se ve que
haya siempre la debida coherencia entre lo que se
suscribe y promete y la conducta concreta. Hay un abismo
de separación entre la Convención de Naciones Unidas y
ciertas recomendaciones del Parlamento Europeo
Es
bien tímida todavía la actitud frente a escándalos que
golpean y sacuden saludablemente la conciencia de los
pueblos, aunque a tales situaciones haya conducido una
difusa permisividad. ¡Son los niños las principales
víctimas!. Esa actitud puede representar un camino de
retorno después de la postración.
En la línea de la Familiaris
Consortio, n. 26, sobre los derechos del Niño, el
Pontificio Consejo para la Familia ha venido desplegando,
con medios bien limitados, una movilización de
conciencias, especialmente, en cuanto a la
"autoridad" del niño en la familia y en la
sociedad. Ya el Santo Padre había expresado en la
Audiencia general de las Naciones Unidas, el 2 de octubre
de 1979: "la solicitud por el niño, incluso antes
de su nacimiento, desde el primer momento de su
concepción y, a continuación, en los años de la
infancia y de la juventud es la verificación primaria y
fundamental de la relación del hombre con el
hombre" (FC 26). El "test" que
atestigua acerca del estado de salud de la familia y la
sociedad es el cuidado amoroso de los niños. Me asalta
la duda de si la excesiva preocupación de los esposos
por "sus" problemas (como si el hijo pudiera
quedar al margen) y por la búsqueda de una felicidad que
se torna esquiva e inaccesible, lejos de los puntos de
referencia que han de regular toda vida y más de quienes
deciden compartirla, relega a un segundo término las
situaciones del hijo. ¿No es el divorcio una prueba
apabullante, en la que el hijo sufre el desamparo
"afectivo"?
La preocupación del hijo imprime,
en un proceso normal, un nuevo sentido de responsabilidad
y no puede la pareja resolver "sus problemas"
en desventaja, y en daño de quien se vuelve testigo de
la calidad de su amor y de los quilates de la
personalidad de quienes le dieron la vida37. El niño
puede volverse también una víctima que reclama sus
derechos, aunque lo haga en el silencio.
Crece la preocupación sobre los
costos sociales y destrucción de sus derechos, pero no
se ve cómo darle cauce en una sociedad que padece un
letargo pesado. Contemplando el niño como
don, en la trasparencia de una inocencia que invita a
volverse a él con un amor privilegiado, comprometido y
tierno, es más penoso el contraste de su negación, de
hecho!. Diríamos que junto al portal de Belén son más
sombríos los rasgos de los propósitos de Herodes, como
lo son los de las masacres físicas y morales, que cobran
víctimas las más inermes.
M. Zundel ofrece un hermoso texto
que sirve también para ver el horroroso contraste:
"¿quién no se ha sentido como transportado en
oración delante del espectáculo maravilloso de un niño
que duerme?. Las posibilidades innumerables que él
encierra tienen la pureza original del don"38. ¡Y
pensar en las terribles matanzas en curso!. Visité una
Parroquia en Ruanda: durante el genocido (que con otras
modalidades no termina) fueron asesinados en el templo e
inmediaciones 6000 mujeres y niños. La humanidad
prosigue en su "autogenocidio", con el alud de
abortos que sepulta su mismo futuro!.
Si es verdad aquello que dice
Platón, según el cual "la educación de los
niños, la Paideia, es el principio de que se vale toda
comunidad humana para conservarse a sí misma",
observa un periodista, hemos de decir que las comunidades
que, en lugar de educar a los hijos, los usan para el
sexo, para la guerra, el mercado, la publicidad, han
decidido ya su extinción y bien que lo saben.
Ser hijo, por otra parte,
exige una manera de vivir, un comportamiento: el hijo, se
enorgullece de su padre y se manifiesta en el gesto de
ponerse en sus manos, como acto que expresa la suprema
confianza en que el padre reajustará todo lo que es
erróneo y desordenado. Se reconoce como hijo cuando
dialoga con su padre y lo invoca en la confiada
apelación como Abba!. Es la relación de Jesús con su
Padre, que va desde la infancia hasta la muerte, hasta el
último grito del Hijo del Padre abandonado sobre la
cruz. Jesús entra en una especial relación, en el marco
familiar, con su madre, de cuyo seno proviene.
"Bendito el fruto de tu vientre". Es una
relación que va mucho más allá de los límites
biológicos, y que alcanza las dimensiones insospechadas
de un diálogo que fructifica en la obediencia pronta,
tierna, decidida a cumplir la voluntad de Dios. Una mujer
levantó la voz en medio de la multitud:
"Bienaventurado el vientre que te portó y los senos
que te amamantaron!". Pero Él dijo:
"Bienaventurados más bien aquellos que escuchan la
palabra de Dios y la guardan" (Lc. 11,27-28).
Es un aforismo corriente que el Tangum Yeronshami
recogió parafraseando la bendición de Juda sobre José.
Jesús no contradice esta Bienaventuranza, que bien sabe
merece plenamente su madre, sino que enuncia una
bienaventuranza superior39.
Los hijos, que son un don de Dios
(salmo 126, 3) tienen la responsabilidad de configurarse
como don a los padres, obedientes a la voluntad de
Dios, confiando en ellos, en la misma corriente que lleva
hasta Dios. Jesús "vivía sujeto a ellos" (Lc.
2,51) y vive en la más perfecta armonía con el
mandamiento; "Honra a tu padre y a tu madre, para
que se prolonguen sus días sobre la tierra que el
Señor, tu Dios, te va a dar" (Ex. 20,12;
Dt. 5, 16). "La familia cristiana es una
comunión de personas, reflejo e imagen de la comunión
del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo" (C.E.C.,
n. 2205).
El hijo es un don que fortalece
notablemente el vínculo matrimonial y sirve de
cemento a la comprensión de los esposos que miran juntos
a su proyecto común, que los hace salir de ellos mismos
para encontrarse en su futuro: La vida nueva que de
ellos, aliados al Dios Creador, ha surgido. Proyectados
hacia el hijo, construyen su futuro. En cierto modo,
ellos que son los primeros evangelizadores de sus hijos,
son también por ellos evangelizados. El cuidado de los
hijos se traduce en confianza, como actitud humana
fundamental. Escribe Giuseppe Angelini: "Es conocido
de todos
el grandísimo valor que los hijos
acuerdan a la comprensión recíproca
("intesa") entre los progenitores. Más aún
que ese grandísimo valor, es necesario hablar de una
incapacidad radical de los hijos pequeños a imaginar su
vida y el mundo entero sin esa "intesa"
También los hijos muestran ser una bendición
una
iluminación del sentido de conjunto de la vida"40.
Es una exigencia para recibir el don de los hijos que
compromete, saberse empeñar: "La verdad en el acto
generativo exige que, desde el comienzo, el hombre y la
mujer se prometen ellos mismos a aquel que debe
venir
"41.
Todos estos aspectos, que nos hemos
limitado a enunciar y que merecen ser profundizados en
una teología de los valores de la "persona y del
don", que alcanzan tan altos grados de grandeza para
el creyente, no eran propiamente desconocidos por la
sabiduría, en la cultura secular. Oigamos a
Aristóteles: "Los progenitores aman en efecto los
hijos, porque los consideran una parte que de ellos
deriva
Los progenitores aman a los hijos como a
ellos mismos, ya que los hijos de ellos nacidos son como
ellos mismos
y los hijos aman a sus padres porque
de ellos han tenido su origen
En fin, los hijos
son estimados un vínculo y por esto los cónyuges sin
hijos se separan más rápidamente; los hijos son un bien
común para ambos y lo que es común mantiene
unido"42.
Las relaciones en la familia
observa Giorgio Campanini, a la luz del Evangelio
adquieren otras dimensiones: "Honra el padre y la
madre" (Deut. 15,4) puede llevar a formas
variadas de sumisión de los hijos; según diversos
contextos el cuidado de los hijos no era siempre
desinteresado. "El Evangelio introduce en el ámbito
de las relaciones entre padres e hijos la nueva
categoría del "servicio", que no excluye sino
que supera definitivamente aquella de la
"autoridad" (Mt.20,26), cambiando la
tradicional relación de sumisión". Diríamos tal
vez que es enriquecida la concepción y enfoque de una
autoridad puesta al servicio del crecimiento de los
hijos. Y es esta, me parece, la perspectiva del autor al
recordar: "Entender el ejercicio de la autoridad
como realización de un servicio implica que aquel que
está en alto haga de quien está abajo el centro de sus
preocupaciones"43. Es una subordinación
transitoria, en el Señor, que realiza y lleva a madurar.
Nuevamente, el amor busca el bien del otro, no su
dominio. El amor de los padres no debe ser
"posesivo", pues le roba oxígeno a los hijos e
impide su crecimiento. En tal sentido, la autoridad
familiar es "ex-céntrica" en cuanto tiene
fuera de ella su centro.
El hijo, centro de las
preocupaciones, hace que los padres se inclinen a ese
bien común en el que se encuentran en personal
convergencia, como profunda urgencia vital, existencial,
una forma característica de propósito común que desde
su íntima comunión se realza hacia el fruto de su amor,
fruto bendito en el doble carácter de
"servicio" ya "promisorio". Proyecto
y propósito común que va desde la procreación hasta la
educación consolidada.
En el pensamiento de Santo Tomás,
como en un útero integral, "el tipo de relación de
"sumisión" evangélica, (para no
olvidar el "les estaba sujeto" o "les era
sumiso") se torna en valor ejemplar para la misma
sociedad y para el ejercicio de la autoridad. Así puede
ser propuesta como tipo de toda forma de autoridad
ejercitada en el espíritu del Evangelio"44.
El Catecismo de la Iglesia
Católica observa, dentro de esta perspectiva: "
La estabilidad y la vida de relación en el seno
de la familia constituyen los fundamentos de la libertad,
de la seguridad, de la fraternidad en el seno de la
sociedad" (C.E.C., n. 2207).
El compromiso de la educación de
los hijos pone en tal perspectiva la autoridad, superando
la tendencia instintiva a transferir o moldear en los
hijos la propia personalidad y las propias expectativas,
y requiere que haya un real empeño de educación en la
fe (cf. GS 48).
4. LA FAMILIA, DON PARA LA SOCIEDAD
"La familia "célula
original de la vida social", es la sociedad natural
en que el hombre y la mujer son llamados al don de sí
mismos en el amor
la vida familiar es fundamento de
la sociedad e iniciación en la misma" (C.E.C.,
n. 2207).
En esta necesaria dimensión no
debo extenderme, ya que ha sido tratado en otros momentos
y reflexiones. Me limitaré tan sólo a algunas
consideraciones de carácter general.
Ya el Concilio subrayaba, al
comienzo mismo del capítulo "Dignidad del
matrimonio y la familia": "El bienestar de la
persona y de la sociedad humana y cristiana está
estrechamente ligado a una favorable situación de la
comunidad conyugal y familiar" (GS 47). Y
más adelante, con términos no menos expresivos,
declara: "Pues es el mismo Dios el autor del
matrimonio, al cual ha dotado con bienes y fines varios,
todo lo cual es de suma importancia para la continuación
del género humano, para el provecho personal de cada
miembro de la familia y su suerte eterna, para la
dignidad, estabilidad, paz y prosperidad de la misma
familia y de toda la sociedad humana" (GS
48).
La familia es un don para la
sociedad y exige de ésta un adecuado reconocimiento y
apoyo, lo mismo que para los hogares asumir su misión
política.
La exhortación apostólica Familiaris
Consortio, dedica el capítulo III, de la tercera
parte, a la "participación en el desarrollo de
la sociedad" (nn. 42 - 48), pues la familia
"célula primaria y vital de la sociedad", (A.A.,
11), posee vínculos vitales y orgánicos, porque
constituye su fundamento y alimento continuo mediante su
función de servicio a la vida
Lejos de encerrarse
en sí misma, se abre a las demás familias y a la
sociedad, asumiendo su función social" (FC
42).
No son fáciles y trasparentes las
relaciones entre la familia y la sociedad, en la
mediación del Estado. Y esto por varios aspectos. El
Estado invade campos que antes estaban reservados a la
familia. Y mientras la democracia despliega la bandera
del respeto y de la participación, la familia se ve cada
vez más confinada a un espacio reducido, en donde
difícilmente respira y se siente acosada y hostigada. El
poder del Estado se vuelve omnipotente. De alguna manera
el movimiento de privatización, en el reducto de la
intimidad, que bien puede representar una forma de huida,
y de refugio, respecto de los compromisos que la familia
tiene con la sociedad. Pierpaolo Donati indica: "La
familia se vuelve, en un punto de vista
"psicologístico", una forma de particular
convivencia, de comunicación privatizada y
"subjetivizada", de pura manifestación de
intimidad y afecto, que no incide -y no debe incidir- en
modo significativo, si no por otras razones de retraso
social y cultural"45.
Es este un fenómeno complejo que
aborda en una de sus dimensiones Paul Moreau, siguiendo
de cerca a F. Chirpaz: en el mundo de "afuera"
hay que producir y luchar para vivir. Es el mundo de la
competencia económica y de los conflictos políticos. En
cambio -es la puntualización de Chirpaz-, "el mundo
familiar puede aparecer, por contrapartida, y en
oposición al mundo público, el lugar de lo privado, el
de la relación humana verdadera"46. La intimidad
como refugio ante la sociedad amenazante, o ante el mismo
Estado hostil, ante un mundo público que genera pena,
sería el lugar de la autenticidad de la verdad y de la
paz. Curiosamente la ciudad atrae, pero a la vez produce
desafección, molestias y alimenta y nutre el sueño
virgiliano del campo frente a la ciudad insoportable,
agresiva y desorganizada. Esa concepción de la
privatización que sustrae a la familia de su función de
cara a la sociedad, puede enmascararse con toda clase de
razones y comportar actitudes individualistas, egoístas
de despreocupación. Es la oportuna denuncia de Moreau:
"Huyendo de este mundo, en la deserción de las
gentes honestas como yo, lo abandono a gentes sin fe ni
ley"47. Es objetivamente un acto de
irresponsabilidad en donde se deserta de la
"politeia": "
Huir del peligro no es
afrontarlo y quien se contenta con huir del mundo
público, (démissioner de sa qualitè de citoyen)
(es renuncia intolerable) llega a ser objetivamente
cómplice de la degradación que afecta al mundo
público"48.
Exilarse en el refugio de lo
privado y no oponerse, es una tentación que facilita la
ambición de nuevo dominio del Estado, que termina no
sólo por no reconocer en la familia algo
"soberano", anterior al mismo Estado, sino por
confinarla a la impotencia de un reducto sin fuerza.
Es la legítima preocupación de
Campanini: "La moral familiar no tiene como
exclusivo ámbito de ejercicio las paredes domésticas
Existe, de parte de la familia, el preciso deber
de concurrir a la humanización de la humanidad y a la
promoción del hombre. Precisamente porque es, en cuanto
estructura, punto de encuentro entre lo público y lo
privado, la familia no puede aislarse en su propia
intimidad (que, entendida como privatización, sería
falseada y deformada), sino que está llamada a hacerse
cargo de los problemas de la sociedad que la circundan
Sobre todo, la instauración de esta relación
aparece -en las sociedades industriales avanzadas-
caracterizadas por una fuerte incidencia de la esfera
pública en la vida familiar - condición casi que
necesaria para el mismo correcto cumplimiento de la
misión educativa"49.
El Santo Padre Juan Pablo II
subraya la importancia de la familia, la cual es preciso
sea reconocida como "sociedad primordial y,
en cierto sentido, soberana". Este concepto,
bien interesante, es explicado por el Papa en la Carta a
las Familias, Gratissimam sane, con sus contornos
precisos y sus matices, tratando de la familia y la
sociedad (cf. Grat. Sane, 17).
La familia es una sociedad
soberana, reconocida en su identidad de sujeto social.
Es una soberanía específica y espiritual , como
realidad sólidamente arraigada, aunque sea condicionada
por diversos puntos de vista. Los derechos de la
familia, estrechamente ligados a los derechos del
hombre, han de ser reconocidos, en su calidad de
sujeto, que realiza el diseño de Dios, y exige derechos
particulares y específicos, consignados en la Carta de
los Derechos de la Familia. Recuerda el Papa su raigambre
en los pueblos, en su cultura (aquí inscribe el concepto
de "nación" y sus relaciones con el Estado que
reviste una estructura menos "familiar" como
estructurada políticamente y más
"burocrática"), pero que tiene como "un
alma" en la medida en que responde a su naturaleza
de comunidad política. Es aquí precisamente donde se
ubica, en la relación de la familia con el
"alma" del Estado, el princip |