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EDITORIAL
“LA META
ES LA DE ESCULPIR EN LA PIEDRA DEL CORAZÓN LA IMAGEN DE NUESTRO
SEÑOR JESUCRISTO”
Juan Pablo II.
CARTA DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS ARTISTAS: (Texto íntegro)
A los que con
apasionada entrega buscan nuevas «epifanías » de la belleza
para ofrecerlas al
mundo a través de la
creación artística.
« Dios vio
cuanto había hecho, y todo estaba muy bien » (Gn 1, 31)
El artista,
imagen de Dios Creador
1. Nadie mejor que
vosotros, artistas, geniales constructores de belleza, puede
intuir algo del pathos con el que Dios, en el alba de la creación,
contempló la obra de sus manos. Un eco de aquel sentimiento se ha
reflejado infinitas veces en la mirada con que vosotros, al igual
que los artistas de todos los tiempos, atraídos por el asombro
del ancestral poder de los sonidos y de las palabras, de los
colores y de las formas, habéis admirado la obra de vuestra
inspiración, descubriendo en ella como la resonancia de aquel
misterio de la creación a la que Dios, único creador de todas
las cosas, ha querido en cierto modo asociaros.
Por esto me
ha parecido que no hay palabras más apropiadas que las del Génesis
para comenzar esta Carta dirigida a vosotros, a quienes me siento
unido por experiencias que se remontan muy atrás en el tiempo y
han marcado de modo indeleble mi vida. Con este texto quiero
situarme en el camino del fecundo diálogo de la Iglesia con los
artistas que en dos mil años de historia no se ha interrumpido
nunca, y que se presenta también rico de perspectivas de futuro
en el umbral del tercer milenio.
En realidad,
se trata de un diálogo no solamente motivado por circunstancias
históricas o por razones funcionales, sino basado en la esencia
misma tanto de la experiencia religiosa como de la creación artística.
La página inicial de la Biblia nos presenta a Dios casi como el
modelo ejemplar de cada persona que produce una obra: en el hombre
artífice se refleja su imagen de Creador. Esta relación se pone
en evidencia en la lengua polaca, gracias al parecido en el léxico
entre las palabras stwóeca (creador) y twórcam (artífice).
¿Cuál es
la diferencia entre « creador » y « artífice »? El que crea
da el ser mismo, saca alguna cosa de la nada -ex nihilo sui et
subiecti, se dice en latín- y esto, en sentido estricto, es el
modo de proceder exclusivo del Omnipotente. El artífice, por el
contrario, utiliza algo ya existente, dándole forma y
significado. Este modo de actuar es propio del hombre en cuanto
imagen de Dios. En efecto, después de haber dicho que Dios creó
el hombre y la mujer « a imagen suya » (cf. Gn 1, 27), la Biblia
añade que les confió la tarea de dominar la tierra (cf. Gn 1,
28). Fue en el último día de la creación (cf. Gn 1, 28-31). En
los días precedentes, como marcando el ritmo de la evolución cósmica,
el Señor había creado el universo. Al final creó al hombre, el
fruto más noble de su proyecto, al cual sometió el mundo visible
como un inmenso campo donde expresar su capacidad creadora.
Así pues,
Dios ha llamado al hombre a la existencia, transmitiéndole la
tarea de ser artífice. En la « creación artística » el hombre
se revela más que nunca « imagen de Dios » y lleva a cabo esta
tarea ante todo plasmando la estupenda « materia » de la propia
humanidad y, después, ejerciendo un dominio creativo sobre el
universo que le rodea. El Artista divino, con admirable
condescendencia, trasmite al artista humano un destello de su
sabiduría trascendente, llamándolo a compartir su potencia
creadora. Obviamente, es una participación que deja intacta la
distancia infinita entre el Creador y la criatura, como señalaba
el Cardenal Nicolás de Cusa: « El arte creador, que el alma
tiene la suerte de alojar, no se identifica con aquel arte por
esencia que es Dios, sino que es solamente una comunicación y una
participación del mismo ».(1)
Por esto el
artista, cuanto más consciente es de su « don », tanto más se
siente movido a mirar hacia sí mismo y hacia toda la creación
con ojos capaces de contemplar y de agradecer, elevando a Dios su
himno de alabanza. Sólo así puede comprenderse a fondo a sí
mismo, su propia vocación y misión.
La especial vocación
del artista
2. No todos están
llamados a ser artistas en el sentido específico de la palabra.
Sin embargo, según la expresión del Génesis, a cada hombre se
le confía la tarea de ser artífice de la propia vida; en cierto
modo, debe hacer de ella una obra de arte, una obra maestra.
Es importante
entender la distinción, pero también la conexión, entre estas
dos facetas de la actividad humana. La distinción es evidente. En
efecto, una cosa es la disposición por la cual el ser humano es
autor de sus propios actos y responsable de su valor moral, y otra
la disposición por la cual es artista y sabe actuar según las
exigencias del arte, acogiendo con fidelidad sus dictámenes específicos.(2)
Por eso el artista es capaz de producir objetos, pero esto, de por
sí, nada dice aún de sus disposiciones morales. En efecto, en
este caso, no se trata de realizarse uno mismo, de formar la
propia personalidad, sino solamente de poner en acto las
capacidades operativas, dando forma estética a las ideas
concebidas en la mente.
Pero si la
distinción es fundamental, no lo es menos la conexión entre
estas dos disposiciones, la moral y la artística. Éstas se
condicionan profundamente de modo recíproco. En efecto, al
modelar una obra el artista se expresa a sí mismo hasta el punto
de que su producción es un reflejo singular de su mismo ser, de
lo que él es y de cómo es. Esto se confirma en la historia de la
humanidad, pues el artista, cuando realiza una obra maestra, no sólo
da vida a su obra, sino que por medio de ella, en cierto modo,
descubre también su propia personalidad. En el arte encuentra una
dimensión nueva y un canal extraordinario de expresión para su
crecimiento espiritual. Por medio de las obras realizadas, el
artista habla y se comunica con los otros. La historia del arte,
por ello, no es sólo historia de las obras, sino también de los
hombres. Las obras de arte hablan de sus autores, introducen en el
conocimiento de su intimidad y revelan la original contribución
que ofrecen a la historia de la cultura.
La vocación
artística al servicio de la belleza
3. Escribe un
conocido poeta polaco, Cyprian Norwid: « La belleza sirve para
entusiasmar en el trabajo, el trabajo para resurgir ».(3)
El tema de
la belleza es propio de una reflexión sobre el arte. Ya se ha
visto cuando he recordado la mirada complacida de Dios ante la
creación. Al notar que lo que había creado era bueno, Dios vio
también que era bello.(4) La relación entre bueno y bello
suscita sugestivas reflexiones. La belleza es en un cierto sentido
la expresión visible del bien, así como el bien es la condición
metafísica de la belleza. Lo habían comprendido acertadamente
los griegos que, uniendo los dos conceptos, acuñaron una palabra
que comprende a ambos: « kalokagathia », es decir «
belleza-bondad ». A este respecto escribe Platón: « La potencia
del Bien se ha refugiado en la naturaleza de lo Bello ».(5)
El modo en
que el hombre establece la propia relación con el ser, con la
verdad y con el bien, es viviendo y trabajando. El artista vive
una relación peculiar con la belleza. En un sentido muy real
puede decirse que la belleza es la vocación a la que el Creador
le llama con el don del « talento artístico ». Y, ciertamente,
también éste es un talento que hay que desarrollar según la lógica
de la parábola evangélica de los talentos (cf. Mt 25, 14-30).
Entramos aquí
en un punto esencial. Quien percibe en sí mismo esta especie de
destello divino que es la vocación artística -de poeta,
escritor, pintor, escultor, arquitecto, músico, actor, etc.-
advierte al mismo tiempo la obligación de no malgastar ese
talento, sino de desarrollarlo para ponerlo al servicio del prójimo
y de toda la humanidad.
El artista y
el bien común
4. La sociedad, en
efecto, tiene necesidad de artistas, del mismo modo que tiene
necesidad de científicos, técnicos, trabajadores, profesionales,
así como de testigos de la fe, maestros, padres y madres, que
garanticen el crecimiento de la persona y el desarrollo de la
comunidad por medio de ese arte eminente que es el « arte de
educar ». En el amplio panorama cultural de cada nación, los
artistas tienen su propio lugar. Precisamente porque obedecen a su
inspiración en la realización de obras verdaderamente válidas y
bellas, non sólo enriquecen el patrimonio cultural de cada nación
y de toda la humanidad, sino que prestan un servicio social
cualificado en beneficio del bien común.
La diferente
vocación de cada artista, a la vez que determina el ámbito de su
servicio, indica las tareas que debe asumir, el duro trabajo al
que debe someterse y la responsabilidad que debe afrontar. Un
artista consciente de todo ello sabe también que ha de trabajar
sin dejarse llevar por la búsqueda de la gloria banal o la avidez
de una fácil popularidad, y menos aún por la ambición de
posibles ganancias personales. Existe, pues, una ética, o más
bien una « espiritualidad » del servicio artístico que de un
modo propio contribuye a la vida y al renacimiento de un pueblo.
Precisamente a esto parece querer aludir Cyprian Norwid cuando
afirma: « La belleza sirve para entusiasmar en el trabajo, el
trabajo para resurgir ».
El arte ante
el misterio del Verbo encarnado
5. La ley del
Antiguo Testamento presenta una prohibición explícita de
representar a Dios invisible e inexpresable con la ayuda de una «
imagen esculpida o de metal fundido » (Dt 27, 25), porque Dios
transciende toda representación material: « Yo soy el que soy »
(Ex 3, 14). Sin embargo, en el misterio de la Encarnación el Hijo
de Dios en persona se ha hecho visible: « Al llegar la plenitud
de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer » (Ga 4,
4). Dios se hizo hombre en Jesucristo, el cual ha pasado a ser así
« el punto de referencia para comprender el enigma de la
existencia humana, del mundo creado y de Dios mismo ».(6)
Esta
manifestación fundamental del « Dios-Misterio » aparece como
animación y desafío para los cristianos, incluso en el plano de
la creación artística. De ello se deriva un desarrollo de la
belleza que ha encontrado su savia precisamente en el misterio de
la Encarnación. En efecto, el Hijo de Dios, al hacerse hombre, ha
introducido en la historia de la humanidad toda la riqueza evangélica
de la verdad y del bien, y con ella ha manifestado también una
nueva dimensión de la belleza, de la cual el mensaje evangélico
está repleto.
La Sagrada
Escritura se ha convertido así en una especie de « inmenso
vocabulario » (P. Claudel) y de « Atlas iconográfico » (M.
Chagall) del que se han nutrido la cultura y el arte cristianos.
El mismo Antiguo Testamento, interpretado a la luz del Nuevo, ha
dado lugar a inagotables filones de inspiración. A partir de las
narraciones de la creación, del pecado, del diluvio, del ciclo de
los Patriarcas, de los acontecimientos del éxodo, hasta tantos
otros episodios y personajes de la historia de la salvación, el
texto bíblico ha inspirado la imaginación de pintores, poetas, músicos,
autores de teatro y de cine. Una figura como la de Job, por citar
sólo un ejemplo, con su desgarradora y siempre actual problemática
del dolor, continúa suscitando el interés filosófico, literario
y artístico. Y ¿qué decir del Nuevo Testamento? Desde la
Navidad al Gólgota, desde la Transfiguración a la Resurrección,
desde los milagros a las enseñanzas de Cristo, llegando hasta los
acontecimientos narrados en los Hechos de los Apóstoles o los
descritos por el Apocalipsis en clave escatológica, la palabra bíblica
se ha hecho innumerables veces imagen, música o poesía, evocando
con el lenguaje del arte el misterio del « Verbo hecho carne ».
Todo ello
constituye un vasto capítulo de fe y belleza en la historia de la
cultura, del que se han beneficiado especialmente los creyentes en
su experiencia de oración y de vida. Para muchos de ellos, en épocas
de escasa alfabetización, las expresiones figurativas de la
Biblia representaron incluso una concreta mediación catequética.(7)
Pero para todos, creyentes o no, las obras inspiradas en la
Escritura son un reflejo del misterio insondable que rodea y está
presente en el mundo.
Alianza
fecunda entre Evangelio y arte
6. La auténtica
intuición artística va más allá de lo que perciben los
sentidos y, penetrando la realidad, intenta interpretar su
misterio escondido. Dicha intuición brota de lo más íntimo del
alma humana, allí donde la aspiración a dar sentido a la propia
vida se ve acompañada por la percepción fugaz de la belleza y de
la unidad misteriosa de las cosas. Todos los artistas tienen en
común la experiencia de la distancia insondable que existe entre
la obra de sus manos, por lograda que sea, y la perfección
fulgurante de la belleza percibida en el fervor del momento
creativo: lo que logran expresar en lo que pintan, esculpen o
crean es sólo un tenue reflejo del esplendor que durante unos
instantes ha brillado ante los ojos de su espíritu.
El creyente
no se maravilla de esto: sabe que por un momento se ha asomado al
abismo de luz que tiene su fuente originaria en Dios. ¿Acaso debe
sorprenderse de que el espíritu quede como abrumado hasta el
punto de no poder expresarse sino con balbuceos? El verdadero
artista está dispuesto a reconocer su limitación y hacer suyas
las palabras del apóstol Pablo, según el cual « Dios no habita
en santuarios fabricados por manos humanas », de modo que « no
debemos pensar que la divinidad sea algo semejante al oro, la
plata o la piedra, modelados por el arte y el ingenio humano »
(Hch 17, 24.29). Si ya la realidad íntima de las cosas está
siempre « más allá » de las capacidades de penetración
humana, ¡cuánto más Dios en la profundidad de su insondable
misterio!
El
conocimiento de la fe es de otra naturaleza. Supone un encuentro
personal con Dios en Jesucristo. Este conocimiento, sin embargo,
puede también enriquecerse a través de la intuición artística.
Un modelo elocuente de contemplación estética que se sublima en
la fe son, por ejemplo, las obras del Beato Angélico. A este
respecto, es muy significativa la lauda extática que San
Francisco de Asís repite dos veces en la chartula compuesta después
de haber recibido en el monte Verna los estigmas de Cristo: « ¡Tú
eres belleza... Tú eres belleza! ».(8) San Buenaventura comenta:
« Contemplaba en las cosas bellas al Bellísimo y, siguiendo las
huellas impresas en las criaturas, seguía a todas partes al Amado
».(9)
Una
sensibilidad semejante se encuentra en la espiritualidad oriental,
donde Cristo es calificado como « el Bellísimo, de belleza
superior a todos los mortales ».(10) Macario el Grande comenta
del siguiente modo la belleza transfigurante y liberadora del
Resucitado: « El alma que ha sido plenamente iluminada por la
belleza indecible de la gloria luminosa del rostro de Cristo, está
llena del Espíritu Santo... es toda ojo, toda luz, toda rostro ».(11)
Toda forma
auténtica de arte es, a su modo, una vía de acceso a la realidad
más profunda del hombre y del mundo. Por ello, constituye un
acercamiento muy válido al horizonte de la fe, donde la vicisitud
humana encuentra su interpretación completa. Este es el motivo
por el que la plenitud evangélica de la verdad suscitó desde el
principio el interés de los artistas, particularmente sensibles a
todas las manifestaciones de la íntima belleza de la realidad.
Los
principios
7. El arte que el
cristianismo encontró en sus comienzos era el fruto maduro del
mundo clásico, manifestaba sus cánones estéticos y, al mismo
tiempo, transmitía sus valores. La fe imponía a los cristianos,
tanto en el campo de la vida y del pensamiento como en el del
arte, un discernimiento que no permitía una recepción automática
de este patrimonio. Así, el arte de inspiración cristiana comenzó
de forma silenciosa, estrechamente vinculado a la necesidad de los
creyentes de buscar signos con los que expresar, basándose en la
Escritura, los misterios de la fe y de disponer al mismo tiempo de
un « código simbólico », gracias al cual poder reconocerse e
identificarse, especialmente en los tiempos difíciles de
persecución. ¿Quién no recuerda aquellos símbolos que fueron
también los primeros inicios de un arte pictórico o plástico?
El pez, los panes o el pastor evocaban el misterio, llegando a
ser, casi insensiblemente, los esbozos de un nuevo arte.
Cuando, con
el edicto de Constantino, se permitió a los cristianos expresarse
con plena libertad, el arte se convirtió en un cauce privilegiado
de manifestación de la fe. Comenzaron a aparecer majestuosas basílicas,
en las que se asumían los cánones arquitectónicos del antiguo
paganismo, plegándolos a su vez a las exigencias del nuevo culto.
¿Cómo no recordar, al menos, las antiguas Basílicas de San
Pedro y de San Juan de Letrán, construidas por cuenta del mismo
Constantino, o ese esplendor del arte bizantino, la Haghia Sophia
de Constantinopla, querida por Justiniano?
Mientras la
arquitectura diseñaba el espacio sagrado, la necesidad de
contemplar el misterio y de proponerlo de forma inmediata a los
sencillos suscitó progresivamente las primeras manifestaciones de
la pintura y la escultura. Surgían al mismo tiempo los rudimentos
de un arte de la palabra y del sonido. Y, mientras Agustín incluía
entre los numerosos temas de su producción un De musica, Hilario,
Ambrosio, Prudencio, Efrén el Sirio, Gregorio Nacianceo y Paulino
de Nola, por citar sólo algunos nombres, se hacían promotores de
una poesía cristiana, que con frecuencia alcanzaba un alto valor
no sólo teológico, sino también literario. Su programa poético
valoraba las formas heredadas de los clásicos, pero se inspiraba
en la savia pura del Evangelio, como sentenciaba con acierto el
santo poeta de Nola: « Nuestro único arte es la fe y Cristo
nuestro canto ».(12) Por su parte, Gregorio Magno, con la
compilación del Antiphonarium, ponía poco después las bases
para el desarrollo orgánico de una música sagrada tan original
que de él ha tomado su nombre. Con sus inspiradas modulaciones el
Canto gregoriano se convertirá con los siglos en la expresión
melódica característica de la fe de la Iglesia en la celebración
litúrgica de los sagrados misterios. Lo « bello » se conjugaba
así con lo « verdadero », para que también a través de las vías
del arte los ánimos fueran llevados de lo sensible a lo eterno.
En este
itinerario no faltaron momentos difíciles. Precisamente la antigüedad
conoció una áspera controversia sobre la representación del
misterio cristiano, que ha pasado a la historia con el nombre de
« lucha iconoclasta ». Las imágenes sagradas, muy difundidas en
la devoción del pueblo de Dios, fueron objeto de una violenta
contestación. El Concilio celebrado en Nicea el año 787, que
estableció la licitud de las imágenes y de su culto, fue un
acontecimiento histórico no sólo para la fe, sino también para
la cultura misma. El argumento decisivo que invocaron los Obispos
para dirimir la discusión fue el misterio de la Encarnación: si
el Hijo de Dios ha entrado en el mundo de las realidades visibles,
tendiendo un puente con su humanidad entre lo visible y lo
invisible, de forma análoga se puede pensar que una representación
del misterio puede ser usada, en la lógica del signo, como
evocación sensible del misterio. El icono no se venera por sí
mismo, sino que lleva al sujeto representado.(13)
La Edad
Media
8. Los siglos
posteriores fueron testigos de un gran desarrollo del arte
cristiano. En Oriente continuó floreciendo el arte de los iconos,
vinculado a significativos cánones teológicos y estéticos y
apoyado en la convicción de que, en cierto sentido, el icono es
un sacramento. En efecto, de forma análoga a lo que sucede en los
sacramentos, hace presente el misterio de la Encarnación en uno u
otro de sus aspectos. Precisamente por esto la belleza del icono
puede ser admirada sobre todo dentro de un templo con lámparas
que arden, produciendo infinitos reflejos de luz en la penumbra.
Escribe al respecto Pavel Florenskij: « El oro, bárbaro, pesado
y fútil a la luz difusa del día, se reaviva a la luz temblorosa
de una lámpara o de una vela, pues resplandece en miríadas de
centellas, haciendo presentir otras luces no terrestres que llenan
el espacio celeste ».(14)
En Occidente
los puntos de vista de los que parten los artistas son muy
diversos, dependiendo en parte de las convicciones de fondo
propias del ambiente cultural de su tiempo. El patrimonio artístico
que se ha ido formando a lo largo de los siglos cuenta con
innumerables obras sagradas de gran inspiración, que provocan una
profunda admiración aún en el observador de hoy. Se aprecia, en
primer lugar, en las grandes construcciones para el culto, donde
la funcionalidad se conjuga siempre con la fantasía, la cual se
deja inspirar por el sentido de la belleza y por la intuición del
misterio. De aquí nacen los estilos tan conocidos en la historia
del arte. La fuerza y la sencillez del románico, expresada en las
catedrales o en los monasterios, se va desarrollando gradualmente
en la esbeltez y el esplendor del gótico. En estas formas, no se
aprecia únicamente el genio de un artista, sino el alma de un
pueblo. En el juego de luces y sombras, en las formas a veces
robustas y a veces estilizadas, intervienen consideraciones de técnica
estructural, pero también las tensiones características de la
experiencia de Dios, misterio « tremendo » y « fascinante ».
¿Cómo sintetizar en pocas palabras, y para las diversas
expresiones del arte, el poder creativo de los largos siglos del
medievo cristiano? Una entera cultura, aunque siempre con las
limitaciones propias de todo lo humano, se impregnó del Evangelio
y, cuando el pensamiento teológico producía la Summa de Santo
Tomás, el arte de las iglesias doblegaba la materia a la adoración
del misterio, a la vez que un gran poeta como Dante Alighieri podía
componer « el poema sacro, en el que han dejado su huella el
cielo y la tierra »,(15) como él mismo llamaba la Divina
Comedia.
Humanismo y
Renacimiento
9. El fértil
ambiente cultural en el que surge el extraordinario florecimiento
artístico del Humanismo y del Renacimiento, tiene repercusiones
significativas también en el modo en que los artistas de este período
abordan el tema religioso. Naturalmente, al menos en aquéllos más
importantes, las inspiraciones son tan variadas como sus estilos.
No es mi intención, sin embargo, recordar cosas que vosotros,
artistas, sabéis de sobra. Al escribiros desde este Palacio Apostólico,
que es también como un tesoro de obras maestras acaso único en
el mundo, quisiera más bien hacerme voz de los grandes artistas
que prodigaron aquí las riquezas de su ingenio, impregnado con
frecuencia de gran hondura espiritual. Desde aquí habla Miguel Ángel,
que en la Capilla Sixtina, desde la Creación al Juicio Universal,
ha recogido en cierto modo el drama y el misterio del mundo, dando
rostro a Dios Padre, a Cristo juez y al hombre en su fatigoso
camino desde los orígenes hasta el final de la historia. Desde
aquí habla el genio delicado y profundo de Rafael, mostrando en
la variedad de sus pinturas, y especialmente en la « Disputa »
del Apartamento de la Signatura, el misterio de la revelación del
Dios Trinitario, que en la Eucaristía se hace compañía del
hombre y proyecta luz sobre las preguntas y las expectativas de la
inteligencia humana. Desde aquí, desde la majestuosa Basílica
dedicada al Príncipe de los Apóstoles, desde la columnata que
arranca de sus puertas como dos brazos abiertos para acoger a la
humanidad, siguen hablando aún Bramante, Bernini, Borromini o
Maderno, por citar sólo los más grandes, ofreciendo plásticamente
el sentido del misterio que hace de la Iglesia una comunidad
universal, hospitalaria, madre y compañera de viaje de cada
hombre en la búsqueda de Dios.
El arte
sagrado ha encontrado en este extraordinario complejo una expresión
de excepcional fuerza, alcanzando niveles de imperecedero valor
estético y religioso a la vez. Sea bajo el impulso del Humanismo
y del Renacimiento, sea por influjo de las sucesivas tendencias de
la cultura y de la ciencia, su característica más destacada es
el creciente interés por el hombre, el mundo y la realidad de la
historia. Este interés, por sí mismo, en modo alguno supone un
peligro para la fe cristiana, centrada en el misterio de la
Encarnación y, por consiguiente, en la valoración del hombre por
parte de Dios. Lo demuestran precisamente los grandes artistas
apenas mencionados. Baste pensar en el modo en que Miguel Ángel
expresa, en sus pinturas y esculturas, la belleza del cuerpo
humano.(16)
Por lo demás,
en el nuevo ambiente de los últimos siglos, donde parece que
parte de la sociedad se ha hecho indiferente a la fe, tampoco el
arte religioso ha interrumpido su camino. La constatación se amplía
si, de las artes figurativas, pasamos a considerar el gran
desarrollo que también en este período de tiempo ha tenido la música
sagrada, compuesta para las celebraciones litúrgicas o vinculada
al menos a temas religiosos. Además de tantos artistas que se han
dedicado preferentemente a ella -¿cómo no recordar a Pier Luigi
da Palestrina, a Orlando di Lasso y Tomás Luis de Victoria-, es
bien sabido que muchos grandes compositores -desde Händel a Bach,
desde Mozart a Schubert, desde Beethoven a Berlioz, desde Liszt a
Verdi- nos han dejado asimismo obras de gran inspiración en este
campo.
Hacia un diálogo
renovado
10. Es cierto, sin
embargo, que en la edad moderna, junto a este humanismo cristiano
que ha seguido produciendo significativas obras de cultura y arte,
se ha ido también afirmando progresivamente una forma de
humanismo caracterizado por la ausencia de Dios y con frecuencia
por la oposición a Él. Este clima ha llevado a veces a una
cierta separación entre el mundo del arte y el de la fe, al menos
en el sentido de un menor interés en muchos artistas por los
temas religiosos.
Vosotros sabéis
que, a pesar de ello, la Iglesia ha seguido alimentando un gran
aprecio por el valor del arte como tal. En efecto, el arte,
incluso más allá de sus expresiones más típicamente
religiosas, cuando es auténtico, tiene una íntima afinidad con
el mundo de la fe, de modo que, hasta en las condiciones de mayor
desapego de la cultura respecto a la Iglesia, precisamente el arte
continúa siendo una especie de puente tendido hacia la
experiencia religiosa. En cuanto búsqueda de la belleza, fruto de
una imaginación que va más allá de lo cotidiano, es por su
naturaleza una especie de llamada al Misterio. Incluso cuando
escudriña las profundidades más oscuras del alma o los aspectos
más desconcertantes del mal, el artista se hace de algún modo
voz de la expectativa universal de redención.
Se comprende
así el especial interés de la Iglesia por el diálogo con el
arte y su deseo de que en nuestro tiempo se realice una nueva
alianza con los artistas, como auspiciaba mi venerado predecesor
Pablo VI en su vibrante discurso dirigido a los artistas durante
el singular encuentro en la Capilla Sixtina el 7 de mayo de
1964.(17) La Iglesia espera que de esta colaboración surja una
renovada « epifanía » de belleza para nuestro tiempo, así como
respuestas adecuadas a las exigencias propias de la comunidad
cristiana.
En el espíritu
del Concilio Vaticano II
11. El Concilio
Vaticano II ha puesto las bases de una renovada relación entre la
Iglesia y la cultura, que tiene inmediatas repercusiones también
en el mundo del arte. Es una relación que se presenta bajo el
signo de la amistad, de la apertura y del diálogo. En la
Constitución pastoral Gaudium et Spes, los Padres conciliares
subrayaron la « gran importancia » de la literatura y las artes
en la vida del hombre: « También la literatura y el arte tienen
gran importancia para la vida de la Iglesia, ya que pretenden
estudiar la índole propia del hombre, sus problemas y su
experiencia en el esfuerzo por conocerse mejor y perfeccionarse a
sí mismo y al mundo; se afanan por descubrir su situación en la
historia y en el universo, por iluminar las miserias y los gozos,
las necesidades y las capacidades de los hombres, y por diseñar
un mejor destino para el hombre ».(18)
Sobre esta base,
al concluir el Concilio, los Padres dirigieron un saludo y una
llamada a los artistas: « Este mundo en que vivimos -decían-
tiene necesidad de la belleza para no caer en la desesperanza. La
belleza, como la verdad, pone alegría en el corazón de los
hombres; es el fruto precioso que resiste a la usura del tiempo,
que une a las generaciones y las hace comunicarse en la admiración
».(19) Precisamente en este espíritu de estima profunda por la
belleza, la Constitución Sacrosanctum Concilium sobre la Sagrada
Liturgia había recordado la histórica amistad de la Iglesia con
el arte y, hablando más específicamente del arte sacro, «
cumbre » del arte religioso, no dudó en considerar « noble
ministerio » a la actividad de los artistas cuando sus obras son
capaces de reflejar de algún modo la infinita belleza de Dios y
de dirigir el pensamiento de los hombres hacia Él.(20) También
por su aportación « se manifiesta mejor el conocimiento de Dios
» y « la predicación evangélica se hace más transparente a la
inteligencia humana ».(21) A la luz de esto, no debe sorprender
la afirmación del P. Marie Dominique Chenu, según la cual el
historiador de la teología haría un trabajo incompleto si no
reservara la debida atención a las realizaciones artísticas,
tanto literarias como plásticas, que a su manera no son «
solamente ilustraciones estéticas, sino verdaderos
"lugares" teológicos ».(22)
La Iglesia
tiene necesidad del arte
12. Para
transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene
necesidad del arte. En efecto, debe hacer perceptible, más aún,
fascinante en lo posible, el mundo del espíritu, de lo invisible,
de Dios. Debe por tanto acuñar en fórmulas significativas lo que
en sí mismo es inefable. Ahora bien, el arte posee esa capacidad
peculiar de reflejar uno u otro aspecto del mensaje, traduciéndolo
en colores, formas o sonidos que ayudan a la intuición de quien
contempla o escucha. Todo esto, sin privar al mensaje mismo de su
valor trascendente y de su halo de misterio.
La Iglesia
necesita, en particular, de aquellos que sepan realizar todo esto
en el ámbito literario y figurativo, sirviéndose de las
infinitas posibilidades de las imágenes y de sus connotaciones
simbólicas. Cristo mismo ha utilizado abundantemente las imágenes
en su predicación, en plena coherencia con la decisión de ser Él
mismo, en la Encarnación, icono del Dios invisible.
La Iglesia
necesita también de los músicos. ¡Cuántas piezas sacras han
compuesto a lo largo de los siglos personas profundamente imbuidas
del sentido del misterio! Innumerables creyentes han alimentado su
fe con las melodías surgidas del corazón de otros creyentes, que
han pasado a formar parte de la liturgia o que, al menos, son de
gran ayuda para el decoro de su celebración. En el canto, la fe
se experimenta como exuberancia de alegría, de amor, de confiada
espera en la intervención salvífica de Dios.
La Iglesia
tiene necesidad de arquitectos, porque requiere lugares para
reunir al pueblo cristiano y celebrar los misterios de la salvación.
Tras las terribles destrucciones de la última guerra mundial y la
expansión de las metrópolis, muchos arquitectos de la nueva
generación se han fraguado teniendo en cuenta las exigencias del
culto cristiano, confirmando así la capacidad de inspiración que
el tema religioso posee, incluso por lo que se refiere a los
criterios arquitectónicos de nuestro tiempo. En efecto, no pocas
veces se han construido templos que son, a la vez, lugares de
oración y auténticas obras de arte.
El arte, ¿tiene
necesidad de la Iglesia?
13. La Iglesia,
pues, tiene necesidad del arte. Pero, ?se puede decir también que
el arte necesita a la Iglesia? La pregunta puede parecer
provocadora. En realidad, si se entiende de manera apropiada,
tiene una motivación legítima y profunda. El artista busca
siempre el sentido recóndito de las cosas y su ansia es conseguir
expresar el mundo de lo inefable. ¿Cómo ignorar, pues, la gran
inspiración que le puede venir de esa especie de patria del alma
que es la religión? ¿No es acaso en el ámbito religioso donde
se plantean las más importantes preguntas personales y se buscan
las respuestas existenciales definitivas?
De hecho,
los temas religiosos son de los más tratados por los artistas de
todas las épocas. La Iglesia ha recurrido a su capacidad creativa
para interpretar el mensaje evangélico y su aplicación concreta
en la vida de la comunidad cristiana. Esta colaboración ha dado
lugar a un mutuo enriquecimiento espiritual. En definitiva, ha
salido beneficiada la comprensión del hombre, de su imagen auténtica,
de su verdad. Se ha puesto de relieve también una peculiar relación
entre el arte y la revelación cristiana. Esto no quiere decir que
el genio humano no haya sido incentivado también por otros
contextos religiosos. Baste recordar el arte antiguo,
especialmente griego y romano, o el todavía floreciente de las
antiquísimas civilizaciones del Oriente. Sin embargo, sigue
siendo verdad que el cristianismo, en virtud del dogma central de
la Encarnación del Verbo de Dios, ofrece al artista un horizonte
particularmente rico de motivos de inspiración. ¡Cómo se
empobrecería el arte si se abandonara el filón inagotable del
Evangelio!
Llamada a
los artistas
14. Con esta Carta
me dirijo a vosotros, artistas del mundo entero, para confirmaros
mi estima y para contribuir a reanudar
una más
provechosa cooperación entre el arte y la Iglesia. La mía es una
invitación a redescubrir la profundidad de la dimensión
espiritual y religiosa que ha caracterizado el arte en todos los
tiempos, en sus más nobles formas expresivas. En este sentido os
dirijo una llamada a vosotros, artistas de la palabra escrita y
oral, del teatro y de la música, de las artes plásticas y de las
más modernas tecnologías de la comunicación. Hago una llamada
especial a los artistas cristianos. Quiero recordar a cada uno de
vosotros que la alianza establecida desde siempre entre el
Evangelio y el arte, más allá de las exigencias funcionales,
implica la invitación a adentrarse con intuición creativa en el
misterio del Dios encarnado y, al mismo tiempo, en el misterio del
hombre.
Todo ser
humano es, en cierto sentido, un desconocido para sí mismo.
Jesucristo no solamente revela a Dios, sino que « manifiesta
plenamente el hombre al propio hombre ».(23) En Cristo, Dios ha
reconciliado consigo al mundo. Todos los creyentes están llamados
a dar testimonio de ello; pero os toca a vosotros, hombres y
mujeres que habéis dedicado vuestra vida al arte, decir con la
riqueza de vuestra genialidad que en Cristo el mundo ha sido
redimido: redimido el hombre, redimido el cuerpo humano, redimida
la creación entera, de la cual san Pablo ha escrito que espera
ansiosa « la revelación de los hijos de Dios » (Rm 8, 19).
Espera la revelación de los hijos de Dios también mediante el
arte y en el arte. Ésta es vuestra misión. En contacto con las
obras de arte, la humanidad de todos los tiempos -también la de
hoy- espera ser iluminada sobre el propio rumbo y el propio
destino.
Espíritu
creador e inspiración artística
15. En la Iglesia
resuena con frecuencia la invocación al Espíritu Santo: Veni,
Creator Spiritus... - « Ven, Espíritu creador, visita las almas
de tus fieles y llena de la divina gracia los corazones que Tú
mismo creaste ».(24)
El Espíritu
Santo, « el soplo » (ruah), es Aquél al que se refiere el libro
del Génesis: « La tierra era caos y confusión y oscuridad por
encima del abismo, y un viento de Dios aleteaba por encima de las
aguas » (1, 2). Hay una gran afinidad entre las palabras « soplo
- espiración » e « inspiración ». El Espíritu es el
misterioso artista del universo. En la perspectiva del tercer
milenio, quisiera que todos los artistas reciban abundantemente el
don de las inspiraciones creativas, de las que surge toda auténtica
obra de arte.
Queridos
artistas, sabéis muy bien que hay muchos estímulos, interiores y
exteriores, que pueden inspirar vuestro talento. No obstante, en
toda inspiración auténtica hay una cierta vibración de aquel «
soplo » con el que el Espíritu creador impregnaba desde el
principio la obra de la creación. Presidiendo sobre las
misteriosas leyes que gobiernan el universo, el soplo divino del
Espíritu creador se encuentra con el genio del hombre, impulsando
su capacidad creativa. Lo alcanza con una especie de iluminación
interior, que une al mismo tiempo la tendencia al bien y a lo
bello, despertando en él las energías de la mente y del corazón,
y haciéndolo así apto para concebir la idea y darle forma en la
obra de arte. Se habla justamente entonces, si bien de manera análoga,
de « momentos de gracia », porque el ser humano es capaz de
tener una cierta experiencia del Absoluto que le transciende.
La «
Belleza » que salva
16. Ya en los
umbrales del tercer milenio, deseo a todos vosotros, queridos
artistas, que os lleguen con particular intensidad estas
inspiraciones creativas. Que la belleza que transmitáis a las
generaciones del mañana provoque asombro en ellas. Ante la
sacralidad de la vida y del ser humano, ante las maravillas del
universo, la única actitud apropiada es el asombro.
De esto, desde el
asombro, podrá surgir aquel entusiasmo del que habla Norwid en el
poema al que me refería al comienzo. Los hombres de hoy y de mañana
tienen necesidad de este entusiasmo para afrontar y superar los
desafíos cruciales que se avistan en el horizonte. Gracias a él
la humanidad, después de cada momento de extravío, podrá
ponerse en pie y reanudar su camino. Precisamente en este sentido
se ha dicho, con profunda intuición, que « la belleza salvará
al mundo ».(25)
La belleza
es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una invitación
a gustar la vida y a soñar el futuro. Por eso la belleza de las
cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana
nostalgia de Dios que un enamorado de la belleza como san Agustín
ha sabido interpretar de manera inigualable: « ¡Tarde te amé,
belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! ».(26)
Os deseo,
artistas del mundo, que vuestros múltiples caminos conduzcan a
todos hacia aquel océano infinito de belleza, en el que el
asombro se convierte en admiración, embriaguez, gozo indecible.
Que el
misterio de Cristo resucitado, con cuya contemplación exulta en
estos días la Iglesia, os inspire y oriente.
Que os
acompañe la Santísima Virgen, la « tota pulchra » que
innumerables artistas han plasmado y que el gran Dante contempla
en el fulgor del Paraíso como « belleza, que alegraba los ojos
de todos los otros santos ».(27)
« Surge del
caos el mundo del espíritu ». Las palabras que Adam Michiewicz
escribía en un momento de gran prueba para la patria polaca,(28)
me sugieren un auspicio para vosotros: que vuestro arte contribuya
a la consolidación de una auténtica belleza que, casi como un
destello del Espíritu de Dios, transfigure la materia, abriendo
las almas al sentido de lo eterno.
Con mis
mejores deseos.
Vaticano, 4
de abril de 1999, Pascua de Resurrección.
(1) Dialogus
de ludo globi, Lib. II: Philosophisch-Theologische
Schriften, Viena 1967, III, p. 332.
(2) Las virtudes
morales, y entre ellas en particular la prudencia, permiten al
sujeto obrar en armonía con el criterio del bien y del mal moral,
según la recta ratio agibilium (el justo criterio de la
conducta). El arte, al contrario, es definido por la filosofía
como recta ratio factibilium (el justo criterio de las
realizaciones).
(3) Promtehidion:
Bogumil vv. 185-186: Pisma wybrane, Varsovia 1968, vol. 2, p. 216.
(4) La versión
griega de los Setenta expresó adecuadamente este aspecto,
traduciendo el término t(o-)b (bueno) del texto hebreo con kalón
(bello).
(5) Filebo, 65 A.
(6) Carta enc.
Fides et ratio (14 septiembre 1998), 80: AAS 91 (1999), 67.
(7) San Gregorio
Magno formuló magistralmente este principio pedagógico en una
carta del 599 al Obispo de Marsella, Sereno: « La pintura se usa
en las iglesias para que los analfabetos, al menos mirando a las
paredes, puedan leer lo que no son capaces de descifrar en los códices
», Epistulae, IX, 209: CCL 140 A, 1714.
(8) Alabanzas al
Dios altísimo, vv. 7 y 10: Fonti Francescane, n. 261, Padua 1982,
p. 177. (9) Legenda maior, IX, 1: Fonti Francescane, n. 1162, l.
c., p. 911.
(10) Enkomia del
Orthós del Santo y Gran Sábado.
(11) Homilía, I, 2: PG 34, 451.
(12) « At nobis ars una fides et
musica Christus »: Carmen 20, 31: CCL 203, 144.
(13) Cf. Carta ap.
Duodecimum saeculum, al cumplirse el XII centenario del II
Concilio de Nicea (4 diciembre 1987), 8-9: AAS 80 (1988), 247-249.
(14) La
prospettiva rovesciata ed altri scritti, Roma 1984, p. 63.
(15) Paraíso XXV,
1-2.
(16) Cf. Homilía
durante la Santa Misa al término de los trabajos de restauración
de los frescos de Miguel Ángel (8 abril 1994): L'Osservatore
Romano, ed. semanal en lengua española, 15 abril 1994, 12.
(17) Cf. AAS 56
(1964), 438-444.
(18) N. 62.
(19) Mensaje a los
artistas (8 diciembre 1965): AAS 54 (1966), 13.
(20) Cf. n. 122.
(21) Const. past. Gaudium
et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, 62.
(22) La teologia
nel XII secolo, Jaca Book, Milán 1992, p. 9.
(23) CONC. ECUM. VAT. II, Const.
past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
22.
(24) Himno de Vísperas
de Pentecostés.
(25) F.
DOSTOIEVSKI, El Idiota, p. III, cap. V.
(26) « Sero te
amavi! Pulchritudo tam antiqua et tam nova, sero te amavi! »:
Confesiones, 10, 27, 38: CCL 27, 251.
(27) Paraíso,
XXXI, 134-135.
(28) Oda do
mlodosci, v. 69: Wybór poezji, Breslau 1986, vol. I, p. 63.
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