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Introducción - Matrimonio y Familia
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Matrimonio y Familia, un nuevo horizonte

INTRODUCCIÓN

            por George Weigel

En 1968, año malo en un siglo repleto de años malos, el arzobispo de Cracovia, el Cardenal Karol Wojtyla, le escribió una carta a su amigo Henri de Lubac, el eminente teólogo jesuita francés, que fue uno de los arquitectos intelectuales del Concilio Vaticano II.

Éstas fueron las convicciones que Karol Wojtyla llevó consigo al papado cuando fue elegido el 263º sucesor de san Pedro el 16 de octubre de 1978. Su desafío al totalitarismo comunista debe entenderse en este contexto: en vez de actuar como estadista o diplomático, el papel desempeñado por Juan Pablo II en el derrumbe del comunismo fue el de un evangelista, de un pastor y de un testigo a la dignidad inalienable y al valor de cada persona humana.

De Lubac y Wojtyla llegaron a conocerse durante la preparación del documento conciliar «La constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno», y el francés tenía curiosidad de saber algo sobre el trabajo intelectual de su colega polaco. La respuesta del Cardenal Wojtyla —y su empleo de letras mayúsculas en una palabra clave— eran muy sugestivos:

«Dedico mis ratos libres a una labor muy querida para mí: al estudio de la metafísica y el misterio de la PERSONA. Me parece que el debate en el mundo de hoy tiene lugar en ese nivel. El mal de nuestros tiempos consiste, en primer lugar, en un tipo de degradación, o más bien en una pulverización, de la unicidad fundamental de cada persona. Este mal es aun más de orden metafísico que de orden moral. A esta desintegración, a veces planeada por ideologías ateas, hay que oponerle, en vez de una polémica estéril, un tipo de "recapitulación" del misterio inviolable de la persona... ».

El lenguaje era técnico y filosófico, pero el mensaje era claro: a todas las tristezas del siglo XX —dos guerras mundiales, tres sistemas totalitarios, océanos de sangre, montones de cadáveres— subyacían ideas desesperadamente deficientes y defectuosas de la persona humana. Unidas a la tecnología moderna, estas ideas defectuosas sobre la naturaleza humana, los orígenes del hombre, la comunidad humana y el destino humano han tenido consecuencias letales.

Frente a estos desafíos a la dignidad de la vida humana, la tarea de la Iglesia es rescatar la idea de la persona humana, proclamando intrépidamente el humanismo cristiano como el antídoto a los muchos humanismos defectuosos que hicieron del siglo XX un valle de lágrimas. Así lo había sugerido Wojtyla ya en un memorándum de 1959 al comité que preparaba la agenda del Vaticano II.

Éstas fueron las convicciones que Karol Wojtyla llevó consigo al papado cuando fue elegido el 263º sucesor de san Pedro el 16 de octubre de 1978. Su desafío al totalitarismo comunista debe entenderse en este contexto: en vez de actuar como estadista o diplomático, el papel desempeñado por Juan Pablo II en el derrumbe del comunismo fue el de un evangelista, de un pastor y de un testigo a la dignidad inalienable y al valor de cada persona humana.

El desafío de Juan Pablo II a las sociedades del siglo XXI se asemeja al desafío que él presentó a las tiranías del siglo XX: a menos que la casa de la libertad esté construida sobre el fundamento sólido del respeto a la dignidad de cada vida humana desde la concepción hasta la muerte natural, la libertad seguirá en riesgo, y hasta puede ser que la libertad se destruya a sí misma.

El humanismo cristiano de Juan Pablo II es también el contexto en que se debe abordar su enseñanza extensa y profunda sobre el matrimonio y la familia —enseñanza que el Padre Walter Schu explora en este libro— ya que en el contexto amplio de la historia cultural de nuestros tiempos, la revolución sexual ha sido un episodio más en lo que el Cardenal Wojtyla le describió una vez a Henri de Lubac como la «pulverización» de la persona humana. En este caso, el significado de la vida humana se reduce al principio de placer, y la libertad se concibe como la capacidad de perseguir la satisfacción sexual personal con tal que «a nadie se le haga daño» o, por lo menos, a nadie en quien el Estado esté interesado. El conocido lema publicitario «Simplemente, hazlo» («Just do it») resume bien la moralidad poco auténtica —y también la idea degradante de la persona humana que la acompaña— que la revolución sexual trajo consigo a las sociedades occidentales.

La primera respuesta del cristianismo mundial a la revolución sexual no fue impresionante. La mayor parte del protestantismo liberal sencillamente se rindió a ella. La encíclica Humanae vitae que el Papa Pablo VI escribió en 1968, la primera tentativa papal extensa de tratar sobre las implicaciones de la revolución sexual después de que entró a formar parte de la cultura occidental, defendió valientemente la concepción católica de la sexualidad humana, del matrimonio y de la procreación. Al mismo tiempo, sin embargo, la encíclica causó una tremenda controversia teológica y pastoral. Cuando Juan Pablo II fue elegido, diez años después de la publicación de la Humanae vitae, aquellas controversias todavía actuales habían contribuido a un problema serio de credibilidad para la Iglesia sobre toda la gama de cuestiones tocantes al matrimonio y a la vida familiar. Y precisamente cuando la destrucción moral causada por la revolución sexual había hecho reflexionar a sus entusiastas promotores (especialmente a las mujeres), la Iglesia Católica, al parecer, tenía poco que contribuir a la reestructuración del argumento.

Juan Pablo II, comprometido a no dejar que la dignidad de la persona humana fuera «pulverizada», decidió hacer algo al respecto al principio mismo de su pontificado. En 129 discursos de las audiencias generales entre 1979 y 1984 el Papa expuso una «teología del cuerpo» que es, con toda probabilidad, la más creativa y articulada respuesta cristiana a la revolución sexual y a su «pulverización» de la persona humana. Esta teología «revolucionaria» está en el corazón filosófico y teológico de la enseñanza de Juan Pablo II sobre el matrimonio y la familia. Por eso un breve resumen de sus líneas fundamentales puede servir de punto de partida a la exploración más extensa que ofrece el Padre Schu del pensamiento del Papa sobre estas cuestiones.

El núcleo filosófico de la «teología del cuerpo» es una tesis que Karol Wojtyla había elaborado a lo largo de muchos años de intensiva labor intelectual. Según ella, existe lo que se puede llamar una «ley del don», una ley de la autodonación como parte íntima de la estructura misma de nuestra humanidad. Ninguno de nosotros es la causa de su propia existencia; éste no es sencillamente un hecho biológico, sino moral. La reflexión sobre este hecho nos enseña que nosotros debemos donar a los demás la vida que recibimos. Según la «ley del don» inscrito en el corazón humano, la autodonación, y no la autoafirmación, es el camino verdadero que conduce al florecimiento humano.

Estas verdades profundas de la condición humana que, creía Wojtyla, podían demostrarse por un análisis cuidadoso del modo en que los seres humanos piensan y eligen moralmente, tienen implicaciones enormes para el enfrentamiento con el desafío de la revolución sexual. El sexo, según se concibe en el ambiente liberal que respira nuestra sociedad occidental, creado por la liberación sexual, es instintivo e impersonal. Pero la sexualidad vivida así, argüía Wojtyla en su primer libro Amor y responsabilidad, no se eleva más allá del nivel de la sexualidad animal, que es también instintivo e impersonal. El sexo como expresión del amor autodonación, y no el uso del otro para nuestro propio placer pasajero, es la única sexualidad digna de los seres humanos.

Este concepto rico del amor sexual nos ayuda también a comprender el significado verdadero de la castidad. La castidad, según el análisis de Wojtyla, es la «integridad del amor». La castidad es aquella virtud que me permite amar al otro como persona. Somos libres —arguye Wojtyla— para donarnos libremente a los demás. Somos libres para amar libremente, es decir, verdaderamente. La libertad genuina (la libertad que dispone de sí misma en la autodonación) es el contexto de una ética sexual genuinamente humanística. El matrimonio y la familia son las escuelas en que aprendemos por primera vez estas verdades sobre el amor como autodonación.

El núcleo teológico de la «teología del cuerpo» de Juan Pablo II es que toda la realidad tiene un sentido sacramental (es decir, es un signo de algo que va más allá de ella misma). Nuestra corporeidad como varón y hembra, enseña el Papa, no es un accidente de la biología evolutiva ni una «construcción cultural» (como sostendrían ciertas teorías feministas). Al contrario, la corporeidad y la reciprocidad implicada en ella expresan algunas de las verdades más profundas del mundo. Incluso la reciprocidad nos enseña algo del Creador del mundo.

Juan Pablo II hasta se atreve a sugerir que el amor sexual dentro del vínculo de la fidelidad conyugal es una imagen de la vida interior de Dios, de la Santísima Trinidad, comunidad de autodonación mutua y de receptividad mutua. Así el amor sexual, dentro del vínculo del matrimonio cristiano, es un acto de adoración.

Será necesario que transcurra mucho tiempo antes de que la Iglesia Católica, y, por supuesto, la cultura laica, comiencen a asimilar los contenidos de la teología del cuerpo elaborada por Juan Pablo II. Hacen falta pensadores y escritores que produzcan una literatura secundaria capaz de explicar los densos y compactos discursos de las audiencias generales, y otras enseñanzas claves de Juan Pablo sobre el matrimonio y la familia. El Padre Schu hace en este libro un servicio genuino a la Iglesia y al mundo, proveyendo un buen ejemplo del tipo correcto de «traducción» del pensamiento de Juan Pablo II. Que su obra inspire a otros a emprender en el futuro esta tarea vital.

Por el momento, vale la pena notar que el Obispo de Roma, a quien se ha acusado muchas veces de custodiar una tradición hondamente deformada por el desprecio maniqueo de la sexualidad humana, ha articulado una respuesta profundamente humanística a la revolución sexual que dice a los lectores tanto de Playboy como de Cosmopolitan: «La sexualidad humana es mucho más grande de lo que Uds. se imaginan».

Y eso —podemos esperar— puede ser el comienzo de una revitalización del matrimonio y de la familia en el siglo XXI y siglos venideros. Pues, en un mundo donde estará omnipresente la tentación de recrear la condición humana mediante la manipulación de los seres humanos, está en juego nada menos que el futuro de la humanidad.

—George Weigel

Catedrático de la Cátedra John M. Olin de religión y democracia norteamericana

Centro de ética y de política pública

Washington, D. C.

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