| Escritos
mitad en hebreo y mitad en arameo, estos libros refieren
el esfuerzo de restauración y reconstrucción realizado
por los judíos al regreso de la cautividad. Estos libros
consignan los nombres de cuantos participaron en tal
esfuerzo, así como los de aquellos que se distinguieron
en la alianza del pueblo con Dios. Dichas obras presentan un problema:
problema literario, pues todo hace suponer que los dos
libros no estuvieron separados al principio, y problema
histórico también, porque, al parecer, están escritos
por la misma pluma que escribió las Crónicas, a fines
del siglo IV, utilizando, documentos anteriores.
No se sabe que parte de la
obra debe atribuirse a cada uno de los dos autores.
Según la tradición judía, Esdras fue el redactor
definitivo.
Se trata de un relato
religioso, de una historia del Templo, cuya
reconstrucción es la condición indispensable para la
unidad nacional y espiritual de Israel.
Esta unidad debe
conservarse. Hay que evitar las uniones con mujeres
extranjeras. (Esd 10, 18-19).
Estos libros iluminan una
encrucijada de la historia de Israel: el principio del
judaísmo, la influencia de las religiones de Persia y
Babilonia en la religión de Yahvé.
Esdras era también un
jurista. Estableció y promulgó solemnemente un código.
Esdras es en verdad el padre del judaísmo con sus tres
ideas esenciales: la Raza elegida, el Templo y la Ley. Su
ardiente fe y la necesidad de proteger a la comunidad
renaciente explican la intransigencia de sus reformas y
el particularismo que impuso a los suyos. Es el modelo de
los escribas y su figura ha venido guardándose en la
tradición judía.
Al interés del documento
se añade el valor de una enseñanza doctrinal orientada
al omnipotente poder de Dios: "El gran Dios, el Dios
del Cielo". "Es un Dios justo, pero no menos
misericordioso y clemente". "Su misericordia
para con Israel perdurará siempre". "Es tardo
para la ira y rico en bondad".
Nehemías está al
servicio de las mismas ideas, pero actúa en otro plano:
en la Jerusalén restaurada y repoblada por el, ofrece a
su pueblo la posibilidad y el placer de una vida
nacional. En su memoria, más personal que el informe de
Esdras, se nos muestra sensible y humano, arriesgándose
personalmente, pero prudente y reflexivo, confiado en
Dios a quien ora con frecuencia. Dejó un gran recuerdo y
Ben Sirá canta el elogio del "que nos levantó las
murallas en ruinas" (Si 49-13).
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