| Los libros de
los Reyes son dos. Este periodo empieza con la vejez de
David, abarca la historia de Salomón y acaba con un
relato de las vidas de los sucesivos reyes de Judá y de
Israel, después del cisma que dividió en dos el reino.
La fecha aproximada es del 980 al 587 A.C. Alrededor del año 980 se consagró
rey a Salomón después de la muerte de David. Toda su
historia está centrada en la construcción del Templo de
Jerusalén. Su sabiduría y esplendor adquieren tal fama,
que esta llega a oídos de la reina de Saba.
Desgraciadamente, hay grandes sombras en este cuadro: las
mujeres de Salomón que le apartan del Señor y le hacen
construir otros templos en honor de falsos dioses. El
castigo fue la división política que tomó el nombre de
"cisma".
Las diez tribus del norte
se unieron y formaron el reino de Israel, mientras que
las dos tribus del sur constituyeron el reino de Judá.
Desde entonces, el libro de los Reyes no es más que una
larga historia de dos reinos cuya vida religiosa se
centra en el Templo de Jerusalén. Sucesivos pillajes;
luego, durante el reinado de Josías, el descubrimiento
del libro de la Ley. Inmediatamente se produce una
reforma: nueva observación de la Pascua, condenación de
toda forma de paganismo, un solo Dios un solo Templo.
Todos los reyes de Israel
y de Judá son condenados, excepto Josías y Ezequías.
En el 721, Samaria cae, y
con ella todo el reino del norte en manos extrañas.
El reino de Judá resiste
hasta el 587, fecha en que Jerusalén queda destruida.
Comienza la deportación a Babilonia y el cautiverio.
El autor, que se supone
era sacerdote, cita como fuentes principales: una
historia de Salomón, los Anales de los reyes de Judá y
los Anales de los reyes de Israel.
A esto ha añadido el
autor el importante concepto de la centralización del
servicio divino en un solo santuario, de la constituye
buena prueba la dedicación del Templo de Salomón. (1Re
8, 54-61).
Durante el reinado de los
primeros reyes aparecen los primeros profetas, al
principio Elías y Eliseo, después los profetas
escritores como Jeremías e Isaías, cuyos textos son los
más ricos en sentido religioso.
Todos anuncian la caída
de Jerusalén a causa de los pecados del pueblo y de los
reyes. Además Isaías anuncia la llegada de Cristo, a
quien llama el Siervo.
SALOMON. 2Sam 12,24-25;
1Rey 1,11 - 11,43.
Sin lugar a dudas Salomón
fue el "Rey-Sol" de Israel, consolidó las
conquistas de su padre, desarrolló la economía del
país y continuo el gran proyecto de su padre David:
lograr la unidad política del reino, con base en la
unidad religiosa. Para lograr esto la construcción del
Templo era clave, y esta fue su obra principal; edificó
esta obra con un esplendor hasta entonces desconocido en
Israel, y a su lado, construyó un palacio de un lujo
inaudito para la época, que venía a realzar el
prestigio del Rey.
La ceremonia y la oración
de la Dedicación manifiestan, una profunda religiosidad,
pura e interior.
La liturgia de esta
dedicación da al Rey como un papel sacerdotal, y la
oración que pronuncia es una de las más bellas páginas
del Antiguo Testamento (1Re 11).
En el pasaje 1Re 9,1-9
pese ya toda la amenaza de las deportaciones y
calamidades que van a caer sobre Israel si el pueblo no
es fiel. Pero por desgracia es Salomón mismo el que
empezará a dar mal ejemplo.
Primero: Por su desvío de
la fe, cuando lo vemos voluble y decrépito participar en
los sacrificios a Camos y Moloc, lo que lo enemistó con
los profetas y fieles, como consta por el profeta Ajias.
Segundo: Por su
centralismo que destruía la federación de las tribus,
habituadas a la autonomía.
Tercero: Por las cargas
tributarias, para sostener todo su aparato administrativo
y guerrero, sin contar con que Israel era un pueblo
pobre. Cuando se reunieron las tribus del norte
suplicando a Roboam mejoras y justas rebajas en los
impuestos, Roboam aconsejado por los jóvenes, respondió
a los delegados con altanería. Estos, con dignidad,
acordaron separarse y formaron la confederación del
norte, establecieron la sede en la antigua capital
Siquem, y llamaron a un desterrado por Salomón,
Jeroboam, para que los gobernara. El reino del norte
adoptó el nombre de Israel, Judá permaneció fiel a la
dinastía de David y así se consumó la división del
reino.
Fue un mal inmenso para
Israel y Judá, que siendo hermanos vivieron en continuas
luchas, hasta desaparecer ambos en manos de Asiria y
Babilonia. Bien lo expresó Jesús en su referencia:
"Todo reino dividido será destruido".
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