El
primado de Pedro
Cuanto
hemos expuesto en el capítulo anterior nos ha permitido sacar una primera
conclusión, aunque no es definitiva, sobre nuestra investigación en torno a
la verdadera Iglesia fundada por Jesús de Nazaret: ni las Iglesias que
pertenecen a la prolífica familia de la Re forma protestante, ni la
anglicana, ni la valdesa (por citar sólo las más conocidas) pueden demostrar,
con pruebas históricas, que tienen orígenes que se remontan a la época
apostólica. Seguramente ninguna de ellas ha sido fundada por Jesús. Sólo la
Iglesia Católica y la del Oriente cristiano, la ortodoxa, tienen una edad
bimílenaria. La única, verdadera Iglesia instituida por el Señor sólo puede
ser una de ellas. Y sólo sobre estas dos confesiones se desarrollará nuestra
investigación de carácter histórico. ¿Cómo hacemos para entender cuál es la
verdadera Iglesia fundada por Cristo? Nos ayuda a responder el examen de otra
característica de la verdadera Iglesia de Cristo: el primado de Pedro. I. El primado de Pedro en la Iglesia primitiva II. El primado de Pedro en los primeros concilios Expectativas - ¿Sabes que el Obispo de Roma, el Papa, ha sido
considerado siempre, desde los primeros tiempos de la vida de la Iglesia, el
pastor universal de todos los cristianos? Considera que hoy muchos creen
que se puede desobedecer al Papa sin sentirse culpables de ello. - Existe una sola Iglesia fundada por Jesucristo: la
Iglesia Católica, con el Sumo Pontífice como cabeza. Considera que hoy
existen decenas de miles de confesiones cristianas y cada una de ellas cree
que es la única verdadera. - Considera que Jesucristo ha querido la Iglesia para
continuar en la tierra su misión salvífíca. Considera que hoy muchos creen
que pueden agradar a Dios prescindiendo de su Iglesia. I. El primado de Pedro
en la Iglesia primitiva El
primado de Pedro, que Cristo prometió al Príncipe de los Apóstoles, dividió a
las Iglesias de Oriente de la Iglesia Católica. Las primeras reconocen a
Pedro, y a sus sucesores, los Obispos de Roma un primado de honor,
pero no de jurisdicción. Ciertamente, la posición del Obispo de Roma
es privilegiada con respecto a la de todos los demás obispos, pero no es tan
privilegiada como para permitir al Sucesor de Pedro gobernar toda la Iglesia.
Esto es cuanto creen las Iglesias de Oriente. La
Iglesia Católica considera en cambio que los sucesores de Pedro, los Papas,
los Obispos de Roma, tienen un primado que también implica el gobierno de
toda la Iglesia, y no sólo un primado de honor. ¿Quién
tiene razón? La respuesta nos la debe dar la historia, precisamente la
historia que tienen en común la Iglesia Católica y las confesiones del
Oriente cristiano. En
primer lugar, no cabe duda de que, desde los primeros decenios sucesivos a la
muerte de Pedro, su ministerio fue ejercido por el Obispo de Roma. La Iglesia
primitiva estaba guiada por el Obispo de Roma. Nos lo testimonia el episodio
que ve como protagonista al Papa Clemente, cuarto Obispo de Roma
después de Pedro, Lino y Anacleto. De
Clemente nos ha llegado la famosa carta que escribió, a fines del siglo I, a
los cristianos de Corinto. Estos últimos habían destituido a sus jefes, dando
vida a una peligrosa situación de anarquía. He aquí
las palabras con las cuales Clemente interviene para condenar esta
destitución: "Consideramos
que no hay que alejar del ministerio a quienes fueron establecidos
por ellos [los Apóstoles], o después por otros ilustres hombres con el
consentimiento de toda la Iglesia, y que hayan servido rectamente a la grey
de Cristo con humildad, serenidad y gentileza, y hayan tenido el testimonio
de todos y durante mucho tiempo" (Clemente Romano, Carta a los corintios
44,3, en / Podrí Apostolice a cura di Antonio Quacquarelli, Cittá Nuova, Roma
1981, p. 78). Clemente
ordena que se reintegre en sus funciones de gobierno a aquellos a quienes la
comunidad de la Iglesia de Corinto había alejado. Incluso llega a amenazar
con graves sanciones si no se respetan sus disposiciones: "Aquellos
que desobedecen las palabras de Dios, repetidas por medio de nosotros, sepan
que incurren en una culpa y en un peligro graves " (ibídem, 59, en
I Padri Apostolici, cit., p. 88). Por
tanto, la historia nos dice que Clemente, Obispo de Roma, Sucesor de Pedro: -
Interviene en los asuntos internos de una Iglesia, la de Corinto, que, al
igual que la de Roma, tenía orígenes apostólicos. -
Interviene mientras todavía vive Juan, uno de los Apóstoles. -
Interviene amenazando con sanciones si no se le obedece. ¿Cómo
no recordar, precisamente en este episodio, la aplicación de ese poder de "atar y
desatar" que Jesús había conferido a Pedro y que en esta ocasión lo
ejerce su legítimo sucesor? Las
comunidades cristianas primitivas conservan con gran cuidado la carta de
Clemente, que revela el papel preeminente del Obispo de Roma sobre otra
Iglesia, tanto es así, que en el año 170, el obispo de Corinto, Diógenes,
escribe al Papa Sotero para informarle que leían ese escrito en la
celebración eucarística de los domingos. Parece
más bien evidente que durante el siglo I el Obispo de Roma ejercía su
"primado" no sólo de modo honorífico, sino también y sobre todo en
el gobierno de la Iglesia. La historia nos ofrece otros datos. En el
siglo n, el papel del gobierno y de guía del romano Pontífice se aceptaba sin
objeciones en toda la Iglesia. Lo
certifica una serie de documentos de incomparable valor. Por
razones de brevedad, citamos sólo a Ireneo (alrededor del 140-200),
obispo de Lyon, que en su famosísima obra Adversas haereses, escrita para
refutar las doctrinas heréticas, refiriéndose a la Iglesia de Roma, nos deja
escrito: "En
efecto, con esta Iglesia, en razón de su origen más excelente, necesariamente
debe estar de acuerdo cada Iglesia, es decir, los fieles que vienen de todas
partes... ella, en la que ha sido conservada siempre para todos los hombres
la Tradición que viene de los Apóstoles " (San Irineo de Lyon, Contro
le eresie e gli altri scritti, III, 3, 2, a cura di Enzo Bellini, Jaca
Book, Milano 1981, p. 218). Es
difícil encontrar un documento más claro referente a las convicciones de los
primeros cristianos con relación al primado de la Iglesia de Roma. Con esta
Iglesia, es decir con la Iglesia Católica, todo cristiano debe permanecer en
comunión, independientemente de donde provenga, ya sea occidental u oriental. Son
palabras que harían bien, si las leyeran, a los protestantes, anglicanos y
también ortodoxos, porque todos ellos se alejaron de la Iglesia de Roma en el
curso de los siglos. También
en el siglo III y IV los cristianos no ponían en duda el primado de la
Iglesia de Roma. Entre
los documentos que lo demuestran, recordamos las palabras que san Agustín,
obispo de Hipona, dirigió a cuantos, como en su tiempo los donatistas, habían
abandonado la unidad con la Iglesia Católica: "Vosotros
sabéis qué es la Iglesia Católica: es la vid de la que vosotros sois los
sarmientos cortados... Por tanto, apresuraos a regresar para ser
injertados nuevamente en la vid verdadera. Porque en efecto la verdadera vid
está donde está la sede de Pedro, esa sede de la que conocemos la serie
auténtica de los titulares. Allí está la piedra contra la cual no
prevalecerán las puertas del infierno" (San Agustín, Psalmus contra
partem, Donati, del 394, en Patrología Latina, 43,30). En
tiempos de san Agustín, cuando aún no se había producido la separación entre
cristianos de Occidente y de Oriente, se invitaban a los que abandonaban la
Iglesia Católica a "regresar para ser injertados nuevamente en la vid
verdadera", vid verdadera que coincidía con la cátedra de Pedro. Para el
santo obispo de Hipona, las palabras de Cristo: "Las
puertas del Hades no prevalecerán " estaban dirigidas a la Iglesia
Católica, a la Iglesia de Roma, donde se encuentra la sede de Pedro y de sus
sucesores. Esta
invitación conserva todo su valor. Hoy el católico la dirige, fortalecido por
la Tradición de la Iglesia, a esos cristianos que no están en comunión con la
cátedra de Pedro, esto es, con la Iglesia Católica. La
historia nos enseña que los Pontífices de Roma han ejercido su primado, que
también comprendía el gobierno de la Iglesia, mucho antes de que se
verificara la dolorosa separación del 1054, que dividió el Oriente del
Occidente cristiano. También
por razones de brevedad, aquí sólo recordamos que el Papa Víctor
(189-199) decidió excomulgar a las Iglesias de Asia que no estaban de acuerdo
con la Iglesia de Roma en cuanto a la definición de la fecha de la
celebración de la Pascua. El
hecho es de gran importancia. En efecto, ningún obispo, con excepción del de
Roma, el Papa, podía atribuirse a sí mismo un poder como éste: excomulgar a
todas las Iglesias de una entera región. Nos
encontramos ante el ejercicio de ese poder de atar y desatar que Jesús
encomendó a Pedro y que se trasmitió a sus sucesores. Un poder que nadie
osaba contestar, cuando la Iglesia era una. II. El primado de Pedro
en los primeros concilios Pero la
historia también nos ofrece otros datos interesantes. Nos permite conocer lo
que creían los predecesores de los actuales obispos y patriarcas del Oriente
cristiano, ahora separados de Roma, sobre el primado de Pedro antes de la
dolorosa separación. ¿También ellos estaban convencidos de que se trataba
sólo de un primado de honor y no, por el contrario, de un primado de
jurisdicción? A esta pregunta responden los documentos que nos han llegado de
los primeros concilios de la Iglesia, reconocidos como válidos también por
los actuales obispos del oriente cismático. Los
primeros cuatro concilios se celebraron en Oriente, convocados por el
emperador. El Papa no participaba en ellos, pero enviaba a sus
representantes. El
examen de los documentos aprobados por los concilios no deja ninguna duda
sobre el reconocimiento del primado de Pedro, sobre las prerrogativas de este
primado, sobre la función de guía, autoridad y gobierno de toda la Iglesia
ejercido por el Obispo de Roma, reconocido y aceptado por toda la Iglesia. He
aquí algunos ejemplos. El
Credo aprobado por el primer concilio ecuménico de Nicea (325),
ante la presencia de más de 300 obispos de Oriente, fue firmado en primer
lugar por Osio, obispo de Córdoba, y por dos presbíteros romanos. Los tres
eran representantes del Papa Silvestre. En el
segundo concilio ecuménico, celebrado en Efeso en el año 431, el
representante del Papa, el presbítero Felipe, pronuncia palabras
memorables que, siendo una verdadera exposición doctrinal sobre el primado de
Pedro, toda la asamblea acogió con deferente, silencio: "Ninguno
duda. o más bien es un hecho conocido en todos los siglos, que el santo y
beatísimo Pedro, .el pescador jefe de los Apóstoles, columna de la fe y
fundamento de la Iglesia Católica, recibió de nuestro Señor Jesucristo,
Salvador y Redentor del género humano, las llaves del reino, y que le fue
dado el poder de atar y desatar. Y Pedro vive y juzga hasta ahora y
por siempre en la persona de sus sucesores. Ahora bien, precisamente su
sucesor y sustituto legítimo, nuestro santo y beato Papa Celestino, obispo,
nos ha enviado a este concilio para representarlo" (Joannes Dominicus
Mansi, Sacrorum Conciliorum nova et amplissima collectio, vol. IV, ristampa
anastatica, Graz 1960-1961 p. 1.295). También
resulta significativa la breve carta que el Papa Celestino envió al
mencionado concilio: "En nuestra solicitud hemos mandado a nuestros
santos hermanos y miembros en el sacerdocio, los obispos Arcadio y Proietto,
junto con el sacerdote Felipe, hombres íntegros que comparten nuestros
sentimientos, para que intervengan en vuestras discusiones y sostengan lo que
ya hemos decidido nosotros. Estamos seguros de que vuestra santidad sentirá
el deber de compartir sus decisiones" (ibídem, p. 1.287). En fin,
recordemos el IV concilio ecuménico, celebrado en Calcedonia, Turquía,
en el 451. El Papa León I Magno no participa en él, pero envía a sus
representantes y pone como condición que uno de ellos, el obispo Pascasino,
presida el concilio. En la
sesión inaugural, se ve el papel preeminente del Romano Pontífice. En efecto,
el representante del Papa se opone a que participe en el concilio el obispo
de Alejandría, Dioscoro, con estas palabras: "Tenemos
las instrucciones del beato y apostólico obispo de la ciudad de los romanos,
que es cabeza de todas las Iglesias (qui est caput omnium
Ecciesíarum), y ellas prescriben que Dioscoro no debe participar en el
concilio y, si trata de hacerlo, tiene que ser expulsado" (ibídem, vol. VI, pp.
580-581). La
afirmación de que el Obispo de Roma es "cabeza de todas las Iglesias
", pronunciada solemnemente delante de todos por el legado pontificio
no escandaliza a los presentes y nadie la protesta, ni siquiera el patriarca
de Constantinopla, allí presente, predecesor del actual patriarca de
Constantinopla que hoy no reconoce el pleno primado de Pedro. Tenemos
algunos argumentos para sacar una conclusión. La documentación examinada
hasta ahora nos lleva a afirmar que, cuando la Iglesia era una, antes del
cisma de Constantinopla del año 1054, que dará vida a la Iglesia de Oriente, toda
la Iglesia reconocía el primado de Pedro, que también aceptaba los concilios
en los que participaron los predecesores de cuantos hoy lo contestan en su
totalidad. La
historia nos demuestra que se trataba de un primado no sólo de honor (como
estarían dispuestas a reconocer todavía hoy las jerarquías de la Iglesia
ortodoxa) sino de gobierno y de jurisdicción, como lo cree y ejerce aún en
nuestros días, como siempre, la Iglesia Católica. De esto
deriva que, basándose en la documentación histórica con la que contamos, es
la Iglesia de Roma, o sea la Iglesia Católica, la que ha
conservado intacta la doctrina, el papel y las tareas que Cristo le encomendó
a Pedro y a sus sucesores. Esto
nos permite afirmar, con un notable margen de certeza histórica, que la única
Iglesia fundada por Cristo es la católica. En
efecto, sólo ella entre todas las Iglesias hoy existentes: - Tiene
orígenes que se remontan a la época apostólica, a través de la sucesión de
los Sumos Pontífices, comenzando por Simón Pedro y, por tanto, ha sido
fundada por Jesucristo; -
Conserva intacto el primado de Pedro, así como lo ha instituido el Señor y lo
ha comprendido y ejercido la Iglesia primitiva. Primado no sólo de honor sino
de jurisdicción, es decir de gobierno de la Iglesia entera; - Puede
demostrar que este Primado fue reconocido, acogido y aceptado por toda la
Iglesia de la antigüedad, y fue siempre ejercido por los Papas. - En
fin, puede demostrar que cuantos niegan el ejercicio del primado de Pedro,
cuantos no aceptan el papel que aún hoy desempeña el Papa, se han alejado de
la verdadera doctrina que ha enseñado Jesucristo, de la única Iglesia fundada
por el Maestro y de la tradición, a saber, de la Tradición de la Iglesia. El
católico tiene motivos suficientes para exponer, sostener y defender los
motivos de credibilidad de la Iglesia a la que pertenece. |