FAMILIA Y VIDA, A LOS 50 AÑOS
DE LA
DECLARACION UNIVERSAL DE DERECHOS HUMANOS
5 de agosto 1999
INTRODUCCIÓN
Políticos y
Legisladores de América, en nutridas delegaciones de la casi totalidad de las
naciones de América, en un número superior a cuatrocientos participantes,
acompañados por un grupo de Cardenales, Arzobispos y Obispos de las Iglesias
del Continente, nos hemos reunido en Buenos Aires, Argentina, del 3 al 5 de
Agosto de 1999, convocados por el Pontificio Consejo para la Familia.
El Santo Padre Juan
Pablo II nos ha enviado un rico y paternal mensaje por intermedio del Secretario
de Estado. Agradecemos profundamente sus sabias orientaciones que nos han
servido de inspiración y estímulo y su cercanía llena de confianza y
esperanza en nuestra importante y delicada misión.
Agradecemos muy
sinceramente la generosa colaboración del Presidente de la República
Argentina, Dr. Carlos Saúl Menem, que ha brindado la más cálida acogida y
colaboración para la realización de este encuentro, que ha tenido a bien
declararlo "de interés nacional" y ha querido inaugurarlo
personalmente. El Senado argentino ha igualmente subrayado su interés especial
por este evento.
Consignamos nuestra
viva gratitud a la Iglesia Argentina en la persona del Arzobispo de Buenos
Aires, S.E. Mons. Jorge Mario Bergoglio, S.J., quien presidió la Eucaristía
inaugural en la Catedral Primada, y de S.E. Mons. Estanislao Karlic, Arzobispo
de Paraná y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, quien nos dio la
bienvenida. Va nuestro agradecimiento también al Pontificio Consejo para la
Familia, a su Presidente, el Cardenal Alfonso López Trujillo, y a sus
colaboradores, así como a S.E. Mons Jean Louis Tauran, Secretario para las
Relaciones con los Estados de la Santa Sede, quien brindó un denso mensaje.
Manifestamos nuestro
reconocimiento a quienes prestaron su valiosa colaboración junto con el
Pontificio Consejo para la Familia, particularmente al Embajador de la República
Argentina ante la Santa Sede, Dr. Esteban Juan Caselli, y al Dr. Rodolfo Carlos
Barra, Asesor Presidencial para la Defensa de los Derechos de la Persona por
Nacer, así como a quienes han cooperado con ellos para la fructuosa realización
del certamen.
Es la tercera vez que
nos encontramos después de las experiencias de Rio de Janeiro en Agosto de 1993
(el primer Encuentro) y de México en junio de 1996 (el segundo). En esta ocasión,
hemos reflexionado sobre la Familia y la Vida, a los 50 años de la Declaración
Universal de Derechos Humanos. Este tema es de importancia capital en los
albores del Tercer Milenio, marcado por tantos interrogantes, incertidumbres y
también por tantas y fundadas esperanzas. Defender la familia y la vida en el
ámbito político y legislativo, y hacer respetar sus derechos, es vital para el
futuro de nuestros países y de toda la humanidad.
CONCLUSIONES
1. Nos asociamos con
gozosa esperanza a la celebración del cincuentenario de la Declaración
Universal de Derechos Humanos, aprobada y proclamada por la Organización de
las Naciones Unidas (ONU) el 10 de Diciembre de 1948. Reconocemos el valor y la
permanente capacidad de inspiración de esta Declaración, en todo lo que
constituye el reconocimiento de la dignidad del hombre, no obstante algunas
reservas que se han formulado en el sentido de que puede favorecer el
individualismo y el subjetivismo. Debemos notar la convergencia entre ella y la
antropología y la ética cristianas, no obstante el hecho de que no se haga una
explícita referencia a Dios. La Declaración constituye, sin duda, una
vibrante defensa del hombre y de su dignidad trascendente, inviolable,
inalienable e insustituible. Es "uno de los documentos más preciosos y
significativos de la historia del derecho", como lo ha calificado Su
Santidad Juan Pablo II (Mensaje al Presidente de la Asamblea General de la
ONU con ocasión del 50 Aniversario de la Declaración Universal de Derechos
Humanos, 30/11/98).
2. No nos proponemos
entrar en todos sus aspectos, incluso en relación con el tema elegido.
Consideramos que es preciso subrayar algunos puntos de la Declaración,
su valor y también sus límites.
3. La primera reflexión
es que la Declaraciónno otorga los derechos que proclama sino
que los reconoce. No se trata, pues, de derechos creados por la Declaración,
sino sólo reconocidos y codificados por ella, por ser inherentes a la dignidad
de la persona humana. Son derechos universales, con independencia de cualquier
cultura, religión, contexto político, social o económico, porque están
ligados a la naturaleza humana y son la expresión de sus bienes fundamentales.
Se distinguen así de los derechos o bienes particulares, secundarios en la
jerarquía de valores, o de pseudo–derechos arbitrarios o ligados a una
determinada cultura o ideología.
4. El segundo punto de
nuestra reflexión subraya que los derechos articulados en la Declaración
constituyen un todo integrado, que tiene como base común el principio
de la dignidad de toda persona. La derogación de cualquier derecho viola a
la persona en su humanidad y constituye, por eso, una violación de la totalidad
de sus derechos, como una red integrada. Juan Pablo II ha afirmado muy
oportunamente que el uso selectivo de sus principios, amenaza "la
estructura orgánica de la Declaración, que asocia cada derecho a otros
derechos y a otros deberes y límites necesarios para un orden social
justo" (Mensaje al Presidente de la Asamblea General de la ONU con ocasión
del 50 Aniversario de la Declaración Universal de Derechos Humanos,
30/11/98).
5. Un tercer aspecto de
nuestra consideración se refiere al fundamento mismo de los derechos humanos.
La interpretación individualista, que considere al sujeto aislado frente al
Estado, como en un territorio privado es radicalmente insuficiente. El
fundamento de estos derechos no está en la satisfacción particular del
individuo, sino en la naturaleza social del hombre y de la familia. Los derechos
humanos están basados en el derecho natural –aquello que es justo en virtud
del orden natural- y que es la expresión de la sabiduría de la humanidad.
Estos derechos suponen la facultad jurídica de exigir el cumplimiento del
derecho natural.
6. Resaltamos y
reafirmamos por su prioridad social el art. 16, inciso 3, de la Declaración
Universal de Derechos Humanos: "La familia es el elemento natural y
fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del
Estado". La vida y la familia no han de considerarse únicamente como
derechos inalienables, sino como fuente y condición de los demás. La familia,
en particular, representa el ámbito primigenio y privilegiado de todo derecho.
Los derechos de la familia son el núcleo original de los derechos del hombre.
La defensa de la familia y de la vida es como el fundamento y el punto más alto
del proceso de humanización desde la abolición de la esclavitud y del
reconocimiento de la igualdad fundamental del hombre y de la mujer. Por ello la
familia debe ser reconocida en su naturaleza de sujeto social. Es poseedora del
derecho a la protección por parte del Estado y, además, por parte de la
comunidad internacional. Si la personalidad jurídica del individuo se
fundamenta en su titularidad de derechos reconocidos por el orden internacional,
así debe ser también la personalidad jurídica de la familia. El Estado no
puede adoptar medidas disolventes contra la familia sin incurrir en actos
contrarios a la Declaración Universal de Derechos Humanos. Es necesario,
pues, defender a la familia, proclamándola como una Buena Nueva para la
humanidad, dada su capacidad de inspirar acciones y actitudes que construyen la
sociedad.
7. La familia es el núcleo
central de la sociedad civil. Tiene ciertamente un papel económico importante,
que no puede ser olvidado, pues constituye el mayor capital humano, pero su misión
engloba muchas otras tareas. Es sobre todo una comunidad natural de vida, una
comunidad que está fundada sobre el matrimonio, y por ello presenta una cohesión
que supera la de cualquier otra comunidad social. Por eso, la familia debe ser
respetada y protegida por el Estado como la primera institución social que, de
acuerdo con el principio de subsidiariedad, requiere que el Estado no pueda
intervenir en campos en los que la iniciativa de la familia es suficiente. Un
impacto muy negativo sufrido durante las últimas décadas ha sido que la
familia haya recibido los mismos ataques que el Estado ha dirigido contra los
otros cuerpos intermedios de la "sociedad civil", debilitándolos,
suprimiéndolos o buscando regirlos. Cuando el Estado se arroga el poder de
reglamentar los vínculos familiares y de dictar leyes que no respetan la
comunidad natural que es la familia, anterior y superior a él (Cfr. Aristoteles,
Etica a Nicómaco, VIII, 15-20), existe el temor fundado de que el Estado
se valga de la familia en interés propio y que, en lugar de protegerla y
defender sus derechos, la debilite y resquebraje. La Declaración Universal
previene estas desviaciones. Reconoce el derecho del hombre y de la mujer a constituir
una sociedad matrimonial (art. 16,1) y crear así una familia. Con su
insistencia en que esta célula "natural y fundamental" (art. 16,3)
merece la protección no sólo del Estado sino también de la sociedad, la DeclaraciónUniversal previene estas desviaciones.
8. La familia así
reconocida por la Declaración, constituye un bien fundamental para la
sociedad (Gaudium et Spes, 52,2). Pero se descubre, en el umbral del
nuevo milenio, que se promueve una consideración ambigua y errónea que atenta
contra su naturaleza y se habla entonces de una crisis de identidad. Aunque la
familia tiene su propia identidad muy clara, basada en el matrimonio, que es su
origen y fuente, se dice, hoy, que no se la puede definir, que existen diversas
familias, diversos modelos de familia. Se insinúa que los cambios que
experimenta la familia son muy rápidos y las formas que puede adquirir son casi
infinitas. Se llega incluso a decir que no es dable asegurar nada sobre el
futuro de la familia. Todo sería fruto de proyectos humanos por vía consensual
que encontrarían apoyo legal. Se desvirtúa de esta manera la idea de una
institución natural, estable y permanente, que merece la protección de la
sociedad. Esta pobre visión antropológica al concebir la familia como club o
asociación que se hace o se deshace caprichosamente, vacía el hombre de
sentido de responsabilidad y compromiso y siembra en los hogares gérmenes de
descomposición social, siendo los hijos quienes pagan los costos más altos. La
razón de estos ataques contra la idea misma de familia, está en que muchos ya
no aceptan la idea de una "ley natural", no aceptan las instituciones
naturales, pero la razón profunda es que rechazan a Dios, origen de la ley
natural. Ya no se acepta la dimensión de verdad y ello conduce a un verdadero
"eclipse del sentido de Dios y del hombre" (Evangelium Vitae,
23). Lo que cuenta es la opinión personal, la contingencia. Resultado de esa
perspectiva es que todas la formas posibles de convivencia, hetero– y
homosexuales, podrían entrar en esta concepción de la familia.
9. Es a causa de esta
crisis profunda de la verdad, de esta ilusión antropológica, que en diversos
parlamentos en el mundo se ha propuesto reconocer las uniones de hecho como
"familias", y procurar para ellas las mismas ventajas que para la
familia. Estas uniones son "de hecho", no de derecho. Algunos
parlamentos quieren hacer prevalecer el "hecho" antes del derecho, con
la justificación de que no se debe "discriminar" a los homosexuales,
a las lesbianas y a los que no quieren contraer matrimonio. La consecuencia de
esta confusión conceptual sobre el matrimonio, es hacer de éste una institución
socialmente irrelevante. Esto no puede ser más trágico dado que el matrimonio
es un bien natural, que constituye además el mejor medio para la socialización.
Su ausencia repercute negativamente en la trasmisión de valores y es causa de
numerosas patologías sociales. Hemos de estar particularmente atentos para que
las uniones consensuales libres y las uniones de hecho no tengan cabida alguna
en nuestras legislaciones.
10. Estos ataques
contra la familia vienen de las mismas personas que atacan la vida humana en sus
dos momentos y situaciones particularmente decisivos: el niño por nacer y el
enfermo por morir. Este paralelismo entre los ataques a la familia y a la vida
humana, no es sorprendente, porque no hay vida sin familia y no hay familia sin
la vida. La familia es la "cuna" de la vida humana, como dice Su
Santidad Juan Pablo II (Cfr. Christifideles Laici,40). Es en la
familia donde la vida tiene su inicio, se desarrolla, madura y también llega a
su término en el modo más adecuado. Por eso, quien ataca a la familia ataca
también a la vida humana, y quien promueve la familia promueve también, en
modo coherente, la misma vida humana. Este vínculo fundamental entre la familia
y la vida es claramente puesto en luz por la Declaración Universal de
Derechos Humanos, que pone como consecuencia inmediata y básica de la
afirmación de la dignidad de todo ser humano, el derecho fundamental a la vida
reconocido en el articulo 3 de la Declaración: "Todo ser humano
tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de su persona".
11. Este principio
del derecho a la vida, fundamento clave de todos los demás derechos en
cuanto derecho inviolable, garantizado y protegido en toda situación, fue
desarrollado por la Declaración de los Derechos del Niño adoptada por
la Asamblea General de las Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1959, según la
cual "el niño, por su falta de madurez física y mental, necesita
protección y cuidado especiales, incluso la debida protección legal tanto
antes como después del nacimiento" (Preámbulo). Este principio pone
al embrión humano como ser humano desde el momento mismo en que inicia su
existencia, es decir, desde el momento de la concepción y no sólo desde el
nacimiento. Esto debe ser considerado como principio fundamental del sistema de
protección internacional de los derechos humanos.
12. Por eso partiendo
de la Declaración, hemos reflexionado acerca del estatuto del embrión
humano. ¿Es el niño por nacer persona, sujeto de derechos, o simplemente un
individuo humano? El derecho positivo internacional (Cfr. Declaración de los
Derechos del Niño, Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño,
Convención Americana sobre Derechos Humanos — Pacto de San José de
Costa Rica) reconoce la subjetividad del embrión como sujeto de derechos
propios, es decir, distintos de los de la más proclamar los derechos del embrión:
derecho a la vida, derecho a la identidad, derecho a la protección por el
Estado y por la sociedad. El "nascituro" no puede ser objeto de
manipulación y de las agresiones que conducen a su eliminación. No es digno de
la persona humana la producción de embriones y el tratamiento a que se les
somete como si no fueran seres humanos y personas humanas, sino cosas o
instrumentos. La razón es que toda fecundación fuera del acto sexual comporta
un modo no humano —esto es, carente de la expresión integral y significativa
que es la unión sexual— y es incompatible con la dignidad del nuevo ser
concebido (cfr. Donum Vitae, I.6 y II.4.a).
13. La familia, como
cuna de la vida humana, es también el lugar más adecuado para cuidar a los
enfermos y acompañarlos en el proceso de su enfermedad hasta la muerte. Se
propone hoy una "muerte digna" y con este argumento se pretende
falazmente justificar y defender cada vez más la propuesta de la eutanasia para
los enfermos graves. Es necesario comprender en forma adecuada el concepto de
"dignidad humana", fundamental en la bioética que se apoya en la
verdad del hombre, en una antropología que reconoce el valor eminente de la
persona humana. El concepto de "muerte digna" requiere una continua
revisión para que no se trasforme en una palabra vacía o convencional,
especialmente frente al criterio utilitarista de costo / beneficio, con
el cual se pretende conceder o negar los recursos en el campo de la salud. Si se
reemplaza la dignidad por la utilidad, ¿cómo puede tener la vida valor en sí
misma? El uso distorsionado del concepto de "dignidad" oculta una
deformación del valor de la vida y de la persona. El verdadero derecho a morir
con dignidad supone aceptar morir con la dignidad propia del hombre: con
nobleza, aceptación, serenidad, es decir "cumplir el oficio de la vida
hasta el fin" (Cicerón, Sueño de Escipión, III, 7). El enfermo,
acompañado de los debidos cuidados, en las variadas manifestaciones de un amor
responsable, especialmente en las familias y en las clínicas y hospitales,
muere con la dignidad de ser amado por Dios, por los suyos y por todos los que
deben reconocer su dignidad de persona (Cfr. Evangelium Vitae, 88. Cfr.
también 46-47, 67, 83).
14. Hay una palabra que
tiene cada vez mayor importancia en el discurso contemporáneo: es la palabra
"globalización". Este concepto no debe limitarse al campo
de la interrelación económica entre los pueblos, sino que ha de abrirse a
otras dimensiones, siempre con la indispensable atención a los requerimientos
éticos. En la Exhortación Apostólica Ecclesia in America, fruto del Sínodo
de América, Juan Pablo II advierte: "si la globalización se rige por las
meras leyes del mercado aplicadas según las conveniencias de los poderosos,
lleva a consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo, la atribución de un
valor absoluto a la economía, el desempleo, la disminución y el deterioro de
ciertos servicios públicos, la destrucción del ambiente y de la naturaleza, el
aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la competencia injusta que
coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad cada vez más
acentuada" (Ecclesia in America, 20). Es evidente la importancia que
todo esto reviste respecto de la familia. Además, lo que suele entenderse ahora
por globalización es más bien un criterio relativista de juicio que se ha
extendido a todos los ámbitos, un procedimiento de elección entre alternativas
comparables entre sí. Ante esta "indiferencia" de los objetos, se
vuelve determinante la consideración subjetiva del gusto, de la preferencia, de
la utilidad, de la oportunidad. Este criterio de evaluación y de juicio está
detrás de muchos de los problemas de la vida y de la familia que se suscitan en
la actualidad y que son materia de este encuentro: divorcio, convivencia de
hecho, aborto, eugenesia, eutanasia. Si es indiferente vivir con una persona u
otra, engendrar un hijo u otro, todo según preferencias subjetivas, ya no puede
existir ningún criterio de elección que trascienda las circunstancias, la
reacción instintiva. Por eso, frente a este prevaleciente subjetivismo que
lleva al relativismo ético, con sus gravísimos peligros, debemos volver a
conceder un lugar central, como de piedra angular a la Declaración Universal
de Derechos Humanos, con la protección que garantiza a la familia y a la
vida.
RECOMENDACIONES
Estas conclusiones nos
llevan a presentar las siguientes recomendaciones:
1. Considerar la
defensa de la familia y de la vida como acción central para los políticos y
legisladores, para tutelar los valores fundamentales en sus respectivos países
y en los foros internacionales, en contra de falsas alternativas.
2. Influir en los
gobiernos a fin de que sus delegaciones ante los organismos y reuniones
internacionales tengan una auténtica representación del sentir de cada país
en favor de la familia y de la vida, atendiendo al alto concepto y aprecio que
manifiestan.
3. Promover el
conocimiento y difusión de la Encíclica Evangelium Vitae, como defensa
profética de los más pobres, inocentes y desvalidos, en la categoría de
personas que requieren un cuidado especial. Defiende los fundamentos primarios
de la sociedad contra los excesos del individualismo y de la cultura de la
muerte, que es creciente amenaza contra los pueblos pobres, cuya soberanía es
conculcada con una especie de invasión ideológica que priva la familia y la
vida de sus derechos.
4. Oponerse con firmeza
a cualquier legalización del aborto y procurar cambiar progresivamente las
leyes permisivas donde existan. Es importante en este campo legislativo luchar
siempre y no resignarse sin comprometerse en esta noble y decisiva causa, porque
las leyes son siempre mejorables.
5. Promover leyes que
reconozcan al embrión humano como sujeto al mismo nivel de cualquier
otro individuo ya nacido y rechazar aquellas que lo consideran como objeto que
se pueda manipular.
6. Procurar que las políticas
de educación sexual estén basadas en los valores de la familia y de la vida en
el respeto, en el uso adecuado de la libertad que evite la banalización del
sexo, y respeten el derecho de los padres sobre la educación de los hijos.
7. Vigilar a fin de que
en los medios de comunicación social, el valor de la vida y de la familia sea
respetado y promovido como base misma de la democracia.
8. Intervenir con leyes
en el campo de la fecundación artificial, para contrarrestar la permisividad
actual, escogiendo como criterio de orientación el bien del hijo y
garantizando, por tanto, su derecho a la vida, a la familia y a la identidad. Es
preciso legislar en defensa del embrión humano, con el reconocimiento de los
derechos que le son debidos como sujeto, persona humana.
9. Promover la lucha
contra el dolor también mediante curaciones paliativas, y fomentar la
organización de estructuras públicas y privadas para asistir humana,
espiritual y físicamente, a los discapacitados y enfermos así llamados
terminales.
10. Apoyar la
organización de los servicios de salud públicos y privados, de manera que se
asegure a todos el acceso a la protección de la vida y la salud.
11. Cuidar de la
formación del personal de salud, médico y paramédico, a fin de que preste
atención respetuosa a los derechos de las familias, de los nentación el bien del hijo y
garantizando, por tanto, su derecho a la vida, a la familia y a la identidad. Es
preciso legislar en defensa del embrión humano, con el reconocimiento de los
derechos que le son debidos como sujeto, persona humana.
9. Promover la lucha
contra el dolor también mediante curaciones paliativas, y fomentar la
organización de estructuras públicas y privadas para asistir humana,
espiritual y físicamente, a los discapacitados y enfermos así llamados
terminales.
10. Apoyar la
organización de los servicios de salud públicos y privados, de manera que se
asegure a todos el acceso a la protección de la vida y la salud.
11. Cuidar de la
formación del personal de salud, médico y paramédico, a fin de que preste
atención respetuosa a los derechos de las familias, de los niños nacidos y por
nacer, y al acompañamiento cuidadoso de los enfermos graves y terminales.
12. Vigilar no sólo la
elaboración de las leyes sino también su aplicación práctica en las
reglamentaciones, cuidando que el personal administrativo que las ejecuta sea
consciente y esté capacitado en los principios y criterios cristianos.
13. Fiscalizar las
acciones de los gobiernos nacionales, departamentales o locales, a fin de que
cumplan las leyes, normas y programas establecidos en favor de la familia y de
la vida.
14. Teniendo en cuenta
que la "política familiar debe ser eje y motor de todas las políticas
sociales" (Evangelium Vitae, 90), hacer que los parlamentos
sancionen leyes que establezcan una verdadera política de familia con el
positivo concurso de los padres e instituciones familiares al menos en los
siguientes puntos:
- igualdad de
oportunidades de trabajo y de salario para la mujer;
- facilitación de
periodos comunes de vacaciones de los esposos de manera que se conserve y se
refuerce la unidad de la familia como comunidad de vida;
- facilitación a los
esposos de posibilidades de trabajo en áreas no muy distantes uno del otro;
- Buscar caminos para
que el trabajo de la mujer fuera del hogar, a que se ve muchas veces obligada,
no vaya en detrimento de su misión en la familia de tal modo que haya
mecanismos de alivio y humanización.
- respeto de un tiempo
libre adecuado durante el embarazo para la mujer y, cuando sea necesario, también
para el hombre;
- evitar la
discriminacion de la mujer por la posibilidad de embarazo y por la atención a
sus niños pequeños; y
- facilitar a las
familias nuevas, la adquisición o alquiler de vivienda.
15. Apoyar la
constitución de una red continental de legisladores y políticos de América en
defensa de la vida y la familia, a fin de abrir un espacio continuo y ágil de
comunicación, asesoramiento y coordinación de iniciativas comunes.
16. Apoyar la creación
de una comisión multipartidaria de legisladores por la vida, que dé
seguimiento a los contenidos y compromisos de este III Encuentro de Legisladores
y Políticos de América y abra un espacio permanente de reflexión y acción
legislativa a favor de la vida humana.
17. Promover la
organización de centros de investigación y apoyo a las actividades pro-vida y
familia.
18. Organizar diálogos
y encuentros semejantes a éste al interior de cada país de America con ocasión
del Jubileo del Año 2000.
Somos conscientes de la
gran responsabilidad que pesa sobre nuestros hombros como Politicos y
Legisladores de nuestras Naciones, al igual que reconocemos los grandes desafios
que debemos afrontar en la defensa de la familia y de la vida.
Somos también conscientes de que
no estamos sin recursos, sin ayuda o sin fuerzas. El Señor de la Familia y de
la Vida está con nosotros. La llamada de Cristo nos compromete como hijos e
hijas de la Iglesia y de América, a continuar ejerciendo nuestra vocación de
Políticos y Legisladores en un diálogo abierto y comprometido que ponga el
bien de la familia en el centro mismo de nuestras preocupaciones y tareas,
atentos a las aspiraciones profundas de nuestros pueblos y siguiendo fielmente
las enseñanzas y las orientaciones del Magisterio de la Iglesia. Así acogemos
la exhortación que ha tenido la bondad de dirigirnos el Santo Padre a renovar
nuestros "esfuerzos por promover, particularmente en el ámbito político y
legislativo, los valores fundamentales de la familia y la vida, fomentando
incansablemente su trascendente dignidad