El Sacerdote, mi Mejor Amigo
Carta de un laico para mis queridos sacerdotes y seminaristas.
Desde hace años he tenido
la inquietud de lo importante que es para los sacerdotes la vestimenta de
clérigo. Dice un refrán; “El hábito no hace al monje, pero lo distingue”.
Por supuesto que la indumentaria religiosa no hace necesariamente que un
sacerdote sea bueno, pero sí le ayuda a ser mejor. Quisiera compartir con
ustedes, queridos sacerdotes y seminaristas, algunas vivencias e ideas que
he tenido al respecto.
A mediados de los noventa
un sacerdote Redentorista, amigo nuestro, nos invitó a mi esposa y a mí para
participar en un congreso sobre la familia en San Juan, Puerto Rico. Allí se
llevaban a cabo, simultáneamente, varias conferencias. Sólo coincidimos en
una charla con nuestro amigo, y él estuvo durante gran parte de la misma
confesando a dos personas. Me emocionó profundamente la misericordia divina
que, a través del sacerdote, devolvía el estado de gracia a esos hermanos.
Pensé en que alguno de los que se confesaron podría ser llamado en breve a
entregar cuentas al Creador y cómo, de manera Providencial, se le habría
presentado esta oportunidad de ponerse en paz con Él.
Al final del día, cuando
nos volvimos a ver, le comenté a nuestro amigo; “Me emocionó grandemente
que, por ir vestido como sacerdote, reconciliaras con el Señor a dos
personas”, y él me respondió; “No fueron dos, fueron treinta”. Yo
sólo vi dos confesiones, pero Dios había tocado el corazón de otras
veintiocho personas.
Tiempo después, pedí la opinión de
otro sacerdote sobre la indumentaria presbiterial, y destacó algo, según él,
muy importante; “El ir vestido como sacerdote es una protección contra
las tentaciones”. Yo no había pensado en eso, pero me pareció muy
humilde que reconociera su debilidad humana. Un principio de virtud es
alejarse de las ocasiones de pecar y, los símbolos exteriores, nos pueden
ayudar no sólo a protegernos de las tentaciones, sino a vivir mejor nuestro
estado de vida.
Después de años de ese
congreso sobre la familia, no he dejado de reflexionar y orar, pidiendo al
Espíritu Santo luz, para saber cómo transmitir esa vivencia a seminaristas y
sacerdotes. Unos y otros son humanos, como cualquiera de nosotros, y los
seglares tenemos la obligación de acercarnos a ellos, con respeto y amor,
para dialogar nuestras inquietudes. Este pequeño escrito es el fruto de
dichas oraciones y reflexiones.
Un buen amigo de la
familia me sugirió comparar el gran valor de las arras para los esposos,
como signo, con la dignidad del traje de clérigo para el sacerdote. Me
invitó a leer El Taller del Orfebre, drama sobre el matrimonio, del
ahora Papa, Karol Wojtila. Entre las muchas maravillas que contiene dicha
obra, llamó mi atención lo que dice el novio (Andrés):
“Las alianzas que estaban en el escaparate nos hablaron con extraña
fuerza. Eran allí meros objetos de metal noble, pero lo serían tan sólo
hasta el momento en que yo pusiera una de ellas en el dedo de Teresa y ella
la otra en el mío. A partir de este instante, comenzarían a marcar nuestro
destino. Nos recordarían sin cesar el pasado, como una lección que es
preciso recordar siempre, y nos irían abriendo un futuro continuamente
nuevo, uniendo el pasado con el futuro. Al mismo tiempo y cada instante, nos
unirían el uno al otro con un lazo invisible, como los dos últimos eslabones
de una cadena”.
¡Qué hermoso simbolismo
tienen los anillos para los esposos! Los anillos per se no hacen que una
pareja sea feliz y que su unión sea virtuosa, pero qué significado tienen
para los que buscan con ardor crecer en santidad dentro del matrimonio. De
igual manera el traje de clérigo es un traje cualquiera hasta que es usado
por un sacerdote consagrado a Dios.
No creo que exista ninguna
persona casada felizmente que se sienta avergonzado de su anillo
matrimonial, o que presuma del mismo por el valor monetario de éste, sino
que su orgullo proviene de todo el significado de amor, entrega, devoción y
santidad de su estado de vida. De forma parecida, el sacerdote que desea
vivir lo más plenamente posible su sacerdocio, debe sentir un humilde
orgullo de su atuendo de clérigo, sabiendo que la gran dignidad que tiene
como ministro de Cristo es totalmente inmerecida y que sólo sigue el llamado
de Dios.
Sé que hay lugares en que
el uso de la vestimenta religiosa ha estado prohibido por ley, como en
México, donde a partir de la persecución cristera de los años veinte se dejó
de utilizar en la calle la indumentaria característica de los presbíteros y
religiosos. Afortunadamente esta situación ha cambiado en nuestro país, y
muchas de esas leyes discriminatorias han desaparecido.
Otra reflexión que he hecho es relativa a
lo que representa el sacerdote para un laico, tomando como punto de partida
la amistad. Todos valoramos el cariño que nos brindan los amigos; si son
oficinistas, arquitectos, empleados públicos o mensajeros, poco importa.
El oficio de nuestros amigos, personas tan
queridas que nos ayudan a vivir mejor y nos animan a seguir creciendo, es
secundario. Conforme a lo anterior ¿No debería el sacerdote, al igual que
cualquier amigo, ser primero amigo y luego sacerdote? Pienso que no, dada su
sagrada vocación de pastor y guía. Este, debe ser una luz especial que nos
sirve para crecer no sólo como seres humanos, sino muy especialmente como
hijos de Dios. Él es el único capaz de impartir el sacramento de la
reconciliación y celebrar la Santa Misa. El sacerdocio es en sí la vocación
de vida de quién ha sido llamado por el Espíritu Santo a la vida consagrada,
mientras que una profesión secular es uno más de los medios de desarrollo
personal.
Muchos creen que lo que más necesitamos
son amigos que, secundariamente, sean sacerdotes. Con frecuencia pienso en
un sacerdote ejemplar; San Juan
Bosco, fundador de los Salesianos, amigo de niños y jóvenes. Don Bosco,
como cariñosamente le llamaban, es el modelo del amigo; cercano, confidente
de los más rebeldes, los adolescentes. A veces lo imagino haciendo piruetas
o jugando pelota con sus muy amados jóvenes, llenando de polvo su sotana. Es
difícil encontrar alguien más cercano, más amigo, que el bendito Don Bosco,
ejemplo grandioso de sacerdote-amigo, de esa persona que conoce la
sacralidad permanente de su ministerio y, precisamente por eso, logra una
amistad que va mucho más allá, porque está fundada en Dios y en la vida de
gracia.
Hay amigos que nos ayudan a vivir mejor,
otros, más valiosos aún, no sólo colaboran a que seamos mejores personas,
sino que nos acercan a Dios, pero hay otro grupo que, por mandato y vocación
divina, además de todo lo anterior, tienen el especial encargo de llevarnos
al cielo, de perdonar nuestros pecados y de darnos esa dirección espiritual
que sólo un buen confesor puede proporcionar.
El mundo está en crisis y muchos han
reducido nuestra religión a conceptos meramente humanos. Se duda de las
verdades reveladas y del Magisterio de la Iglesia; esto se conoce como
“secularismo”; aceptar solamente lo “racional”, despojando los principios
católicos de su verdadera trascendencia, …el lenguaje de la cruz es una
locura para los que se pierden; pero para nosotros, que nos salvamos, es
poder de Dios (1Cor. 2, 18) …¡Dios ha convertido en tontería la
sabiduría del mundo! (1Cor. 2, 20)
El secularismo ha penetrado hondamente,
incluso la figura del sacerdote ha sido afectada, logrando quitarle cada vez
más el celo apostólico por salvar almas, olvidando más y más el sacramento
de la reconciliación. Esta visión reducida del presbítero, ha ocasionado que
algunos se avergüencen de ser identificados con tales si visten con ropa
eclesiástica, otros creen que con ropa de paisano podrán acercarse mejor a
los seglares, y unos más consideran incómoda esa vestimenta ¿Cuántas más
razones no habrá?
Muchos de ustedes, queridos sacerdotes y
seminaristas, creerán que presbíteros como el Santo Cura de Ars, uno de los
grandes confesores de la Iglesia, son cuestión del pasado. No se dejen
engañar, el Señor nos llama a todos a la santidad y, de manera especial les
llama a ustedes a ser sacerdotes santos, otro Cristo. Tuve la oportunidad de
tratar de cerca a un sacerdote, rector de un seminario en el Caribe, del
cual se sabía que la persona que lo conocía acababa confesándose con él;
¡Que visión tan trascendente de su misión! ¿Cuántas almas habrá salvado Dios
por medio de su dedicación y compromiso?
La Iglesia especifica que “Los Clérigos
han de vestir un traje eclesiástico digno”
y el Papa Juan Pablo II ha
insistido en la importancia de que los sacerdotes vistan el traje
eclesiástico ya que “es signo y testimonio en medio del mundo de la
propia consagración, al mismo tiempo que manifiesta la condición de ministro
de la comunidad cristiana”.
Él sabe que en cualquier lugar
el presbítero debe dar testimonio de su ministerio.
La obediencia es un pilar de unidad en la
Iglesia y fuente de santidad, al grado que el gran pecado de Adán fue la
desobediencia, y la salvación nos la regala Cristo por la obediencia;
…por la desobediencia de un sólo hombre fueron constituidos pecadores todos,
así también por la obediencia de uno sólo serán todos constituidos justos
(Rom. 5,19) El Señor, tal como dice San Pablo, fue obediente hasta la
muerte, y muerte de cruz (Fil. 2,8). La Cruz de Cristo es locura para el
mundo. Para nosotros, la Santa Cruz es la sabiduría del amor sin límites de
Dios a la humanidad que, para salvarnos, dio su vida por nosotros ¿No valdrá
la pena toda una vida de tener la molestia de usar el alzacuello para salvar
una sola alma?
Lo que he querido transmitirles, muy
queridos sacerdotes y seminaristas, es una inquietud de un laico, una
petición de una de sus ovejas; los necesitamos como sacerdotes santos, que
vivan en todo momento su ministerio, que vistan como ministros de Cristo,
confesores dedicados a proclamar la infinita misericordia de Dios a tantas
almas que vagamos sin rumbo en cualquier lugar, incluso en un congreso para
la familia, donde “racionalmente” no estaba planeado que un sacerdote
reconciliase con Dios a treinta personas.
Nadie en esta tierra puede brindarnos
mayor amistad que uno de ustedes que, como amoroso pastor, nos conduce a la
amistad suprema, la de Cristo. Por eso el sacerdote es nuestro mejor amigo.
José Ignacio Ibáñez Rivero
Wojtila,
Karol. El Taller del Orfebre. P. 18
Código
de Derecho Canónico, n 284
SS Juan
Pablo II. Carta al Cardenal Vicario de Roma. Septiembre 8 de
1982. Comm. 14 (1982) p. 114-115
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