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La existencia de Dios
¡La fe que busca comprender!

 Tashia Gutiérrez de Vallenilla

  

La existencia de Dios es la clave que da consistencia y sentido a toda la realidad - humana y mundana – y asienta sólidamente la estructura de la racionalidad conductora de la personalidad en sus más hondas aspiraciones.

Para los cristianos, todas las susceptibilidades y prejuicios racionales se desvanecen cuando se dan de frente con la obra realizada por Dios, en la que está inmerso el hombre y sus valiosas realizaciones: la obra de la creación. Tanto la existencia de Dios como su obra creativa se alcanzan, se tiene conciencia de ellas y, en este sentido, también se  tiene la experiencia de que se está coexistiendo con la realidad de Dios, tal y como se coexiste con las cosas con que diariamente entablamos relación.

Al aceptar esta realidad divina, no empírica, no debemos de forzar, ni violentar las naturales categorías del conocimiento, de la volición o de la afectividad-emotiva para dejar espacio y cabida a Dios en la proximidad de la condición humana, sino que, la realidad divina es tan íntima, tan soldada a la raíz de la existencia humana, que no le es posible al hombre permanecer una décima de segundo en la existencia, en el ser, si Dios retira su finísima acción de Absoluto del recinto infinito del hombre.

Sobre esta realidad inexpugnable, multibenefactora, pese a la intolerante obcecación de quienes se sienten incómodos, se va a construir la segunda parte de la obra de Dios: su revelación al hombre encaminada a mostrarle la vía de la salvación, en respuesta a las aspiraciones que Él mismo le infundió en el momento de su creación.

Reflexionando sobre el estado de la realidad del hombre, que antes de establecer interrelaciones con las cosas y sus congéneres, recibe la activación permanente de Dios como prolongación de la radical decisión creadora, debemos entender, que con el acto de la revelación, el hombre no se ha de sentir avasallado por algo extraño, antes bien, si la notificación de su conciencia fuera correcta, tendría que experimentar confianza, ya que la palabra de Dios no deberá recibirla como enigma al que no sabría cómo responder, ya que, por razón de la proximidad interior de Dios en el hombre, se ha de recibir satisfactoriamente la manifestación reveladora de la palabra divina. La posibilidad de la recepción por parte del hombre tiene su razón de ser en el carácter trascendental por el cual, sin riesgo y sin pérdida de identidad, el hombre está abierto a Dios; sin embargo, también es cierto, que a causa de la inmanencia de Dios en el ser de la criaturas se puede designar a Dios como profundidad del hombre, de tal manera, la revelación se considera como un movimiento que brota del interior, de lo más profundo del hombre, siendo este interior trascendente el que se actualiza en el acontecimiento de la revelación.

De modo que, por su misma radical existencia, el hombre dispone de una capacidad suficiente en su naturaleza para acoger lo sobrenatural o, en este caso, la recepción de la revelación; siendo uno de los efectos de la realidad de este toque de Dios, el mantener el diálogo con Él, suma de cuantas comunicaciones puedan ser  realizadas por el hombre en el transcurso de su vida terrena, sin embargo, por ser Dios diferente al hombre, el diálogo que Dios mantiene con él, es también diferente a lo que el hombre pueda decir y pensar.

No debemos de minimizar el hecho de que, a pesar del maravilloso desvelamiento que supone el hecho de la revelación, el hombre conserva su autodeterminación para dar entrada o rechazar la invitación divina, de modo que en ningún momento, ni en ningún sentido cabe concebir la revelación como una imposición o sobresalto a un ser desprevenido, el hombre.

Otro efecto es que, Dios actúa en profundidad en la conciencia, intensificando sus posibilidades perceptivas, vigorizando su estado de esclarecimiento o de experiencia, en definitiva, favoreciendo la funcionabilidad de una mejor comprensión de los seres, particularmente, la autoconcepción del hombre o de sí mismo, pero sin transformar la propia naturaleza que llevará consigo una sustancial mudanza. De este efecto dimana que el hombre perciba y distinga la llamada de la revelación con suficiente nitidez, con distinta precisión, como muestra la multitud de personajes de la Escritura afectados por la revelación.

Ahora bien, una de las cuestiones discutidas con respecto al tema de la revelación es si se realiza mediante fenómenos externos y visibles o simplemente con actos de iluminación interna. En la mayoría de los casos, es a través de manifestaciones externas, pero frecuentemente van unidas ambas maneras; por lo tanto, Dios obra entonces en toda la dimensión humana: en el espíritu y en las facultades perceptivas exteriores.

Por lo antes expuesto, podemos deducir que la revelación constituye siempre una síntesis de iniciativa de Dios y de respuesta humana; porque, una revelación que no provocara la respuesta del hombre sería una llamada al espacio vacío, sería, por decirlo con brevedad, un absurdo. Toda revelación conlleva una encarnación de Dios en palabras e imágenes humanas, palabras e imágenes condicionadas, por cierto, al tiempo y a la cultura, aún cuando debamos puntualizar al respecto, que en la revelación existe un núcleo de inmutabilidad objetiva, si bien es cierto, que se adecua al correspondiente estado histórico del individuo y de la sociedad; no obstante, la revelación no esta indisolublemente unida a ninguna concepción del mundo.

Y he aquí la problemática de la historicidad, la cual plantea la objeción de si Dios sólo se ha revelado en determinadas horas de la historia y en determinados lugares del cosmos y a través de individuos escogidos, o, en otras palabras, se pregunta si la revelación cristiana no estará destinada solamente al mundo occidental.  Es pertinente entonces aclarar, que lo “histórico”, una vez acontecido, sigue influyendo en la actualidad; en este sentido, el hombre dispone de carácter histórico, como ser en devenir, siempre está configurado por el pasado hacia el futuro, efectivamente, nadie puede empezar desde cero. La situación histórica envuelve al hombre con determinados elementos políticos, sociales, culturales, científicos y religiosos, y, a no dudarlo, todo hombre participa en la configuración del futuro.

Cuando Dios se dirige al hombre, lo hace en medio de una específica situación o contextura histórica; y si se vale de un individuo o de un grupo, la palabra revelada se ordena a todos, con la misión de extenderse y de penetrar por todas partes. En ese proceso de expansión, Él está permanente, como sujeto. Lo fundamental de la historicidad en la automanifestación de Dios reside en su carácter escatológico o de fin definitivo.

La autocomunicación de Dios, al filo de la reflexión, no se limita a una doctrina de salida sociopolítica, como hubiera deseado la élite judía, sino en una autoapertura plena de Dios para que el hombre participe de la vida divina, o dicho de otra manera, en la “divinización” de la creación. Esta es la intención de Dios, de acuerdo con la palabra revelada: lograr la salvación del hombre mediante la adopción del reconocimiento de Jesucristo, enviado del Padre y la mediación de la institución de la Iglesia conducida por el Espíritu Santo.

Aun cuando Dios se revela, su misterio no se hace transparente, no porque Dios quiera reservarse algún secreto, sino porque es imposible por su misma esencia; y, a pesar de la manifestación en Jesucristo, con toda la plenitud de plenipotenciario en calidad de Hijo del Padre, no se desvela de modo acomodado al hombre el misterio inenarrable de Dios.

No es suficiente el anhelo de los hombres de ver ese misterio trascendente de Dios, que, a la vez, constituye la comprensión diáfana del mundo; y, lo que no deja de ser sorprendente, pero comprensible, es que el hombre está destinado a la contemplación de Dios, sin que pueda lograrlo por sí mismo; pero Dios con su revelación le propondrá la forma de realizar su propia autosuperación y le concederá gratuitamente aquella meta de glorificación.

En el Antiguo Testamento Moisés pidió a Dios que le mostrara su rostro y le fue denegado (Ex 33,18-23), en el Nuevo Testamento Felipe formuló la misma petición y también recibió respuesta negativa (Jn 14,8). La manifestación divina dentro de la historia está subordinada a la comunicación de Dios en el futuro. La dialéctica de la revelación divina, según la cual Dios sólo se muestra y puede mostrarse veladamente y la palabra divina sólo es audible a través de la palabra humana, alcanza su forma más sutil en la muerte de Jesucristo en la cruz.

El carácter oculto de la revelación divina se manifiesta cuando, según el evangelio de san Juan, al requerir los judíos a Jesús que dijera abiertamente si era el Mesías,  denegó la respuesta. Si Jesús hubiese dado un  testimonio público, se habría sometido al criterio de publicidad, y éste es un criterio inadecuado a la revelación divina. Jesús se remite a las obras que realiza en el nombre del Padre.

El plan revelador divino previó desde el principio que en Jesucristo iba a culminar todo lo que Dios quiso conceder al hombre mediante la revelación, y la clave de todas las acciones reveladoras de Jesús están contenidas en su muerte y resurrección, pero, para creer esta verdad, necesitaremos el don de la fe que quiere comprender.

 

 


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