Raíces de la
división (II)
Pbro. Roberto Visier C.
Lutero se indignó ante la imposibilidad de
convencer a sus compañeros de rebelión. Pero ¿qué esperaba? El había
sembrado la discordia, se había separado de Roma, negando la autoridad
del Papa, sembrando la división ¿cómo podía exigir a Calvino y
Zuinglio que no se separaran de él?
Para probar hasta que punto la separación de Lutero
sembró la división, narraré a continuación un importante suceso
acaecido en la ciudad alemana de Marburgo en Octubre de 1539. Lutero
se reúne con un numeroso grupo de teólogos protestantes con la
presencia del reformador suizo Zuinglio. La idea era ponerse de
acuerdo para darle una unidad a la “nueva fe” de los protestantes. En
vano intentó Lutero convencerles de que no se podía renunciar a la fe
en la verdadera presencia de Jesús en la Eucaristía, basada en la
afirmación de Jesús en la última cena: “esto es mi cuerpo”.
Efectivamente, Lutero se había apartado ligeramente de la doctrina
tradicional católica enseñando que el pan no se transformaba en el
Cuerpo de Cristo, sino que Jesucristo se hacía presente en el pan sin
que este desapareciese. Pero limitando esa presencia de Jesús al
momento de la celebración sin que permaneciese presente después.
Calvino sin embargo sólo admitía una presencia del poder de Cristo,
pero no del mismo Jesús. Zunglio enseñaba que la celebración
eucarística era un mero recuerdo de la última Cena. De este modo los
llamados reformadores se apartaban a pasos agigantados de uno de los
centros de la fe y de la vida del cristianismo de todos los siglos.
La celebración de la Cena del Señor, la fracción
del pan como se llamó en un principio o la Eucaristía como todavía hoy
se denomina es algo esencial en la Iglesia. Desde los primeros siglos
la iniciación del cristiano alcanzaba su plenitud con la participación
en la mesa del Señor donde el mismo Cristo se convierte en nuestra
comida. Como botón de muestra de una elocuencia maravillosa
transcribamos algunas palabras de S. Justino Mártir, que vivió en el
S. II, en su primera Apología en defensa de los cristianos: “Porque no
tomamos estos alimentos como si fueran un pan común o una bebida
ordinaria, sino que, así como Cristo se hizo carne, del mismo modo
hemos aprendido que el alimento sobre el que fue recitada la acción de
gracias (en griego eucaristía) que contiene la palabras de Jesús (se
refiere a las que pronunció en la última cena) es precisamente la
carne y la sangre de aquel mismo Jesús que se encarnó”. Después hace
una descripción de la celebración que tenían los cristianos en día del
sol en el calendario romano y que el cristianismo llamó luego Domingo
(día del señor). Curiosamente el esquema es idéntico al de una Misa de
nuestros días.
Lutero se indignó ante la imposibilidad de
convencer a sus compañeros de rebelión. Pero ¿qué esperaba? El había
sembrado la discordia, se había separado de Roma, negando la autoridad
del Papa, sembrando la división ¿cómo podía exigir a Calvino y
Zuinglio que no se separaran de él? Si él se había apartado de la fe
de la Iglesia por seguir su propia interpretación de la Escritura
¿cómo podía exigir a los demás que lo siguieran a él? Ellos
prefirieron hacer lo mismo: interpretar a su capricho la Biblia y
sacar sus propias conclusiones; hacer una Iglesia a su medida. Lo
mismo iba a hacer en 1533, siguiendo aquella original “moda religiosa”
el rey de Inglaterra Enrique VIII. Ante la negativa del Papa de
concederle el divorcio se separó de Roma y se proclamó Jefe supremo de
la Iglesia de Inglaterra; hizo su propia iglesia inglesa. De un modo
tan incoherente nació la cuarta división: la Iglesia anglicana.
Estas divisiones han producido a lo largo los
siglos, sobre todo en el XIX y XX, una reacción en cadena, el
nacimiento de centenares e incluso miles de iglesias cristianas
independientes. Todas tienen el mismo molde de los reformadores del
XVI pero, como era de esperar, la interpretación caprichosa de la
Biblia les ha llevado a separarse de la fe de los primeros
reformadores y sobre todo de Lutero. Es muy curioso comprobar las
grandes diferencias existentes entre lo que cree y practica un
luterano de nuestros días y lo que cree un evangélico de una de las
multiformes sectas que invaden nuestras ciudades. Todo entra dentro de
una lógica muy humana. Roto el principio de unidad y de autoridad que
la Iglesia tenía y tiene en la persona del Papa y en la fidelidad a la
tradición o conjunto de enseñanzas transmitidas por el magisterio de
la Iglesia a lo lago de los siglos, era normal que cada uno acabara, y
disculpen lo fuerte de la expresión, enseñando lo que le da la gana.
El problema sobre quién tiene la autoridad para
interpretar la escritura, para traducirla e incluso para decidir
cuáles son los libros inspirados por Dios, me parece el más importante
y el que más puede iluminar los entendimientos envueltos en la nube de
la confusión. Lo trataremos la próxima semana. |