10 ANTE LAS TRAMPAS DEL ENEMIGO
1.- LOS ENEMIGOS DE JESÚS.
Según los documentos de que disponemos, los motivos del
conflicto podrían resumirse en cuatro capítulos: la crítica de la autoridad
de la ley, el desplazamiento del centro de gravedad de la religión, la
decepción provocada por la negativa ante las representaciones mesiánicas, la
intrusión en la organización social.
El motivo más aparente, ya que ofrece el material más
abundante a los debates y a los teólogos profesionales de Israel, es la
relativización de la ley.
La libertad con que Jesús propuso su enseñanza y realizó
su propia existencia provocó un cambio en su relación con la institución
encargada de ve lar por la observancia de la ley y construida por otra parte
por esa misma ley. La autoridad de la ley era indiscutible, aunque no todos
la respetaban de la misma manera. La ley provenía de Moisés, o al menos la
autoridad de Moisés garantizaba su validez. Se la podía comentar, concretar,
adaptar a una situación inédita, pero su estructura era intangible: hacía
visible la voluntad de Dios y proponía el único camino que llevaba hasta él.
Dios, al establecer su alianza con el pueblo judío, le había impuesto esta
ley como signo de sus buenos deseos y como testimonio de su fidelidad. Y he
aquí que Jesús, independientemente de la le y sin justificar el origen de su
actitud, desplaza el centro de gravedad de la vida judía. La ley ya no es
ese centro. Inmediatamente pierde valor, también la institución organizada
para su defensa y su permanencia. El camino de Dios es distinto del que
ellos han trazado, y las maldiciones que profiere contra ellos son el mejor
testimonio de la profundidad de es tá ruptura (Lc. 11, 39-53).
Al relativizar la ley. Jesús desplaza también el centro
de gravedad de la religión: su predicación encierra en germen todo lo que
más tarde sacará a flote la comunidad primitiva, la llamada de Dios que se
dirige al hombre, a todos los hombres. Jesús alaba la fe del centurión y la
de la cananea. Ese desplazamiento va unido a la transformación de la ley o
del culto. Dios puede sacar de las piedras del camino hijos de Abraham; son
muchas las parábolas que insisten en la entrada masiva de los paganos en el
reino y en la exclusión de los hijos de Israel. Sería una equivocación no
ver en estas formulaciones más que simples amenazas o profecías. En el
estilo paradójico de la lengua aramea. Jesús indica que la alianza no debe
considerarse como un privilegio nacional: no es ni en Jerusalén ni en el
monte Garizín de Samaría donde Dios quiere ser honrado, sino en el espíritu
y en la verdad. Y en ese caso la institución vuelve a recibir un nuevo
golpe: la libertad que Jesús demuestra ante la ley y el culto indica que él
no predica solamente una conversión aceptable dentro de los límites del
judaísmo, sino que introduce un principio que va a modificar la forma con
que el judaísmo había organizado las relaciones con Dios.
Entonces, o Jesús es un enviado de Dios y ¿cómo podría
estar Dios en contradicción con la ley de Moisés?, o es un blasfemo, ya que
prescindiendo de la autoridad de Moisés y de la alianza vuelve a trazar otro
camino que lleve hasta Dios. De este modo, la autoridad y la libertad de
Jesús, tal como aparecen en una enseñanza que reinterpreta la alianza y la
institución que hasta entonces la había organizado, conducen a una pregunta
radical sobre el sentido de su acción: ¿es un hombre de Dios o un blasfemo?
No son razones mezquinas las que han impulsado a los jefes a oponerse a
Jesús, se han dado cuenta de que en su actitud estaba en juego la suerte
misma del judaísmo, tai como ellos lo concebían.
A este conflicto con los jefes se añade otro conflicto
con el pueblo. En realidad, si hacemos caso a Lucas, el pueblo era favorable
a Jesús. No obstante, las exigencias populares tan cercanas a las de muchos
de los jefes religiosos, obligaron a Jesús a que los dejara decepcionados.
El anuncio de la inminencia del Reino de Dios por aquel hombre que gozaba de
una autoridad sin igual despertó en el pueblo ansias de liberación. Jesús
era aquel hijo de David que los llevaría a la victoria sobre el usurpador
romano y que establecería de nuevo a Israel en su esplendor: la tentación de
Jesús fue aquella voluntad de liberación política del pueblo, condición y
símbolo de la venida del Reino de Dios. Surge entonces el malentendido;
Jesús no entra por aquellas ideas. Jesús no se pone al frente de la
resistencia armada; no realiza ningún prodigio para hacerse con el poder
político; Jesús les ha decepcionado.
Aquella repulsa de las representaciones políticas de
Israel causó mal efecto sobre los responsables (jamás había sido condenado
nadie por haber querido liberar a Israel); así quedaba subrayada la
extrañeza de aquellas pretensiones de Jesús por volver a definir la
religión. Aquella repulsa del mesianismo lo separaba de la comunidad de
Israel, puesto que no compartía sus esperanzas.
Sin embargo, había que encontrar una ocasión o un motivo
para condonarlo. Parece ser que se lo proporcionó el episodio de los
mercaderes echados del templo (Lc. 19, 45-48). Jesús no cedía a la presión
popular que veía en él al Mesías. No es imposible, sin embargo, que la
expulsión de los mercaderes del templo hubiera sido juzgada por los más
activos entre los resistentes, los celotes, como un acto que sirviera de
preludio a una llamada a la sublevación. Los colotes eran no solamente
nacionalistas fanáticos, sino puritanos religiosos; seguramente consideraban
escandaloso el tráfico comercial que tenía lugar en el templo. Esta posible
coalición entre los celotes y Jesús asusto a los jefes. Por eso se
decidieron a apresurar las cosas. Por lo demás, aquella condenación que
Jesús había hecho de los intereses económicos no contribuyó a mejorar la
opinión que los jefes tenían de él. Las cosas se iban poniendo demasiado
feas: pasar por encima de la ley, correr el peligro de suscitar una
sublevación popular no preparada y por consiguiente destinada al fracaso, y
poner en peligro una fuente de ingresos seguros sin señalar con qué
sustituirla. Jesús era un soñador peligroso, capaz de llevar al pueblo a los
mayores excesos. Así, pues, una noche lo apresaron, le hicieron un proceso
rápido, y así evitaron un movimiento de masas en su favor. Por otra parte,
como él no hizo nada por oponerse a sus enemigos, se derrumbó la confianza
que muchos tenían en su vocación de libertador político, a las órdenes de
Dios. Así es como se abrió el proceso.
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