23 ¿NO SERÁ ESTE EL MESÍAS?
Jesús concibe su misión como la del Mesías Siervo.
1. "MESÍAS", UNA PALABRA EXTRAÑA.
Es de todos conocidos que judíos y cristianos han polemizado, desde los
orígenes cristianos hasta nuestros días, para averiguar si el rabino Yeshúa
de Nazareth (Galilea) daba cumplimiento o no a la espera mesiánica.
La discusión ha sido tanto más difícil cuanto que, como hemos observado
ya, no había una sola, sino varias formas de espera mesiánica.
Una cosa parece cierta: para el hombre del siglo XX a menos que
pertenezca a la comunidad judía, la noción misma de Mesías, y de mesianismo
apenas tiene significado alguno. Los hombres del siglo XX, en su inmensa
mayoría americanos o chinos, rusos o alemanes, ingleses o españoles, ignoran
casi lo que estos términos significan.
De ahí que cuando se pronuncian las palabras Jesucristo, Jesús, se acepta
tal cual el nombre propio, pero sin discernir su significado, evidente, sin
embargo, para los oídos palestinos del siglo I de nuestra era. Tocante al
término "Cristo", díganos lisa y llanamente que es una palabra cuyo
significado está herméticamente cerrado para la inmensa mayoría de nuestros
contemporáneos.
2. "MESÍAS" Y "MESIANISMO" EN LA BIBLIA.
El término castellano "Cristo" es la trascripción del vocablo griego
Khristos, que significa "ungido", aquel que ha recibido la unción santa,
Khristos procede del verbo Khrio que significa "ungir".
El griego Khristos es la traducción del hebreo mashiah, trascrito también
en griego como Mesías. Mashiah se deriva del verbo hebreo mashah que
significa "ungir".
El mashiah es aquel que ha recibido la unción hecha con aceite.
Los sacerdotes eran "ungidos" (Cf. Lev.4, 3.5.16; 6,15). El primer libro
de Samuel nos narra la unción de Saúl y de David, después por el Profeta
Samuel: 1 Sam. 10: "Entonces sacó Samuel una redomita de óleo y derramó
sobre la cabeza de Saúl y besóle, diciendo: ¿No es Yhwh quien te ha ungido
para príncipe de su pueblo? Tú regirás al pueblo de Yhwh y lo liberarás de
las manos de sus enemigos que lo rodean... "Así que Saúl volvió las
espaldas, y se separó de Samuel, múdele a Dios el corazón en otro...
Arrebatado de espíritu del Señor se puso a profetizar..." 1 Saín. 16, 1:
"Entonces dijo Yhwh a Samuel: ¿Hasta cuándo has de llorar tú a Saúl,
habiéndole yo desechado para que no reine sobre Israel? Llena tu cuerno, de
óleo y ven, pues quiero enviarte a Isaí de Belén, porque de entre tus hijos
me he provisto de un rey... Ungirás al que yo te señale. Hízolo, pues,
Samuel como Yhwh le había mandado". 1 Sam. 16, 11: "Y añadió Samuel a Isaí:
¿No tienes ya a mis hijos? Y éste contestó: Aún tengo otro pequeño que está
apacentando las ovejas» Dijo Samuel a Isaí: Envía por él y tráele aquí, que
no nos pondremos a la mesa hasta que él venga. Envió por él Isaí, y se lo
presentó. Era David, rubio, de bella presencia y de hermosos ojos. Dijo
entonces Yhwh: Ea, úngele, porque ese es. Tomó, pues, Samuel la cuerna del
óleo y ungiéndole en presencia de sus hermanos, y desde aquel día en
adelante el espíritu de Yhwh quedó difundido en David...
Se advierte por estos textos que la unción practicada por Samuel en
nombre de Dios es un verdadero sacramento: sacramento de consagración real,
que provoca la comunicación del espíritu de Dios; sacramento del profetismo.
Se denomina "mesianismo" la espera, en Israel, de un rey "ungido" que
ocupará el trono de David (Is. 11, 1);
"Y saldrá un renuevo del tronco de Isaí, y de su raíz se elevará una
flor.
Y reposará sobre él el espíritu de Yhwh,
espíritu de sabiduría y entendimiento,
espíritu de consejo y de fortaleza,
espíritu de ciencia y de temor de Yhwh...
Juzgará a los pobres con justicia,
y tomará con rectitud la defensa de los humildes
de la tierra...
y cíngulo de sus lomos será la justicia;
y la fe del cinturón con que se ceñirá su cuerpo.
Habitará el lobo justamente con el cordero;
la pantera estará echada junto al cabrito,
el becerro y el cachorro de león parecerán juntos,
y un niño pequeñito será su pastor,
La vaca y la osa se harán amigos,
sus pequeños dormirán juntos...
Ellos no dañarán ni matarán en todo mi monte santo;
porque el conocimiento de Yhwh llenará la tierra,
como las aguas llenan el mar".
3. ¿QUISO Jesús aceptar este título?
La relación en que Jesús se hallaba con el nuevo Israel fue definida en
la Iglesia primitiva mediante el titulo tradicional de "Mesías", el
"ungido", que se le atribuía. Para las gentes de habla griega se traducía
literal mente como Khristos, Cristo: Pero por lo regular no era entendido
así, sino que pronto fue tomado sencillamente como un nombre propio. Sin
embargo, en los Evangelios tiene plena vida el término algo así como en su
sentido origi nal, y convendría conservar la voz hebraica como término que
recuerde que "Cristo" o "Mesías" no es un nombre propio personal ni tampoco
un término teológico, sino indicador de una función histórica. Juan en la
conclusión de su Evangelio, dice que éste se escribió para apoyar la
creencia de que "Jesús es el Mesías" (Jn.20, 31). Los autores de los otros
Evangelios habían podido decir otro tanto. Lo que más sorprende es que en la
relación que ofrecen de sus palabras y obras, hagan un uso relativamente
escaso del título, que está envuelto en una cierta ambigüedad. Excepto en un
pasaje del cuarto Evangelio ' (Jn. 4, 25- 26), nunca se presenta a Jesús
reivindicando prolijamente que él es el Mesías, y ni siquiera aquí se trata
de una reivindicación pública.
Más aún: parece que Jesús mismo trató de disuadir a otros que querían
darle tal título, aunque quizá no siempre se hallara en condiciones de
hacerlos callar. Sólo en dos casos parece, algo dudosamente, haberlo
aceptado.
a) En Cesárea de Filipo:
En la primera ocasión, tal como lo describen los tres primeros
Evangelios, Jesús se halla solo con sus discípulos más allegados, en un
lugar fuera de los límites de Palestina, conocido como Cesárea de Filipo.
Jesús preguntó a los discípulos quién decían las gentes que era él. Ellos
dieron diferentes respuestas. Luego preguntó "Y vosotros ¿quién decís que
soy yo?". Pedro respondió: "Tú eres el Mesías".
Desde este punto divergen nuestros informadores. Según Marcos (seguido de
cerca por Lucas), Pedro no obtuvo respuesta alguna, sino que Jesús "les
advirtió severamente que nadie dijera nada acerca de él". Mateo se expresa
de otra manera. Según él, Jesús hizo buena acogida a la aserción de Pedro,
pero, con todo después de alabarlo, pasó (como en el relato de Marcos) a
advertirles que no dijeran a nadie que él era el Mesías. En Juan (para
completar nuestro examen) tenemos la sensación de completar la misma escena,
aunque quizá • a través de un medio menos transparente, pero nos permite ver
sus grandes líneas. Según Juan, Pedro ni usó realmente el término "Mesías"
sino que dijo: "Nosotros sabemos bien que eres el santo de Dios" La
diferencia puede ser puramente verbal: la "unción" (que constituye un
Mesías) es consagración, y la persona consagrada es "santa" por definición.
En esta escena hay algo extrañamente enigmático. ¿Quiso o no quiso Jesús
aceptar el título? Si nos atenemos a Mateo, lo quiso, aunque con cierta
reserva. Si nos atenemos a Marcos, Lucas y Juan, todo lo que podemos decir
es que no lo rechazó. (Mc.8, 27-30; Mt. 16, 13-16; Lc. 9. 18-21; comparece
Jn. 6, 6769).
b) Ante el Tribunal:
Examinemos ahora la otra ocasión. Según los tres primaros Evangelios,
cuando Jesús compareció ante el tribunal de Pilato, se le preguntó a boca de
jarro: ¿Eres tú el Mesías?" Según Marcos, respondió sin ambages: "Sí lo
soy". Según Mateo, la respuesta fue: "Son tus palabras" (literalmente: "Tú
lo has dicho"; no hay una prueba suficiente de que esto fuera una forma
reconocida de afirmación, ni en griego, ni en hebreo o arameo; podemos
parafrasear: "Puedes pensarlo así, si te parece"). En Lucas leemos que Jesús
se negó absolutamente a responder. "Si tú eres el Mesías, dínoslo", dice el
sumo sacerdote. Jesús replica: "Si os lo digo, no creeréis; y si os
pregunto, no responderéis". Juan no describe la escena ante el sumo
sacerdote, pero parece haber un eco de ella en un pasaje donde se refiere
públicamente a Jesús con palabras semejantes a las escogidas por Lucas: "Si
tú eres el Mesías, dínoslo claramente". Jesús replica:
"Os lo dije ya, pero no queréis creerlo" '; ‘‘(dando a entender, como se
ve, que diferentes cosas que había dicho y hecho podían sugerirles la
respuesta apropiada) (Mc. 14, 61-61; Mt. 23, 63-64; Lc. 22, 67-70; comparece
Jn. 10, 24). Aquí volvemos a encontrarnos con el mismo problema; ¿quiso o no
quiso Jesús aceptar el titulo de "Mesías" cuando se le preguntó
públicamente?
c) "Tú lo has dicho"
Quizá podamos alcanzar alguna luz en esta materia si consideramos las
consecuencias de estas preguntas. Ya fuera en una investigación formal en el
proceso, o bien anteriormente en una discusión pública, la pregunta crucial
que se formuló a Jesús puede muy bien ser entendida como preámbulo para la
acusación ante el gobernador romano. El cargo del que preferentemente le
acusaban entonces los sacerdotes era el de haber pretendido ser el "rey de
los judíos" Naturalmente, el cargo había sido forjado para oídos romanos.
Los sacerdotes no emplearían esta expresión entre ellos mismos. Habrían
dicho que había pretendido falsamente ser el rey "ungido" de Israel, el
Mesías. En el interrogatorio ante Pilato, se preguntó a Jesús: "¿Eres tú el
rey de los judíos?", y él contestó (según el testimonio concordé de todos
los Evangelios) con la frase sin compromiso: "Tú lo has dicho" ("Puedes
pensarlo así, si te parece). En este contexto negarse a repudiar el título
habría tenido el mismo efecto que' la confesión abierta, y se trataba de una
cuestión de vida o muerte.
d) Su misión:
En todo caso, Jesús se dejó condenar a muerte por pretender ser (en
términos judíos) el Mesías (Mc.15, 2; Mt. 27, 11; Lc. 23, 3; Jn. 18,33-37).
Como hemos visto, el oficio de Mesías se concebía de varias formas, pero
siempre estaba vinculado a la vocación y destino especial de Israel como
pueblo de Dios. De los Evangelios concluimos que Jesús se propuso constituir
el nuevo Israel bajo su caudillaje; llamó a los primeros miembros, los
admitió en la nueva "alianza" y promulgó su nueva ley. Tal era su misión. Si
bien no estaba enteramente de acuerdo con todas las ideas contemporáneas de
lo que había de hacer el Mesías, no se disponía de otro término más
apropiado para expresar dicha misión. El no la podía negar; no podía
repudiar la autoridad que esta implicaba; por consiguiente, si se planteaba
la cuestión, no podía rechazar sin más el título de "Mesías". Jesús se
hallaba entre la espada y la pared y prefirió que el título no se usara
públicamente, hasta que al fin no hubo escapatoria. En la mentalidad
popular, el mesianismo estaba asociado con el papel político y militar del
"Hijo de David". Ni por asomo deseaba Jesús desempeñar esté papel. Cualquier
insinuación que hubiera hecho de obrar así, habría sido un impedimento para
su verdadera obra y un peligro para su causa. La llamada a su pueblo debía
apoyarse en algo distinto de una discutible pretensión de mesianismo.
4. ¿QUE CLASE DE MESÍAS?
Sin embargo, un título que él no negaría a fin de salvar su vida no pudo
carecer de significado para él. Ciertamente Jesús era Mesías, pero en el
sentido que él mismo daba al término. Así pues, debemos formular de otra
manera la cuestión y preguntar no si Jesús pretendió ser el Mesías, sino
"¿qué clase de Mesías entendía ser?" No sería el Mesías de la expectación
popular. ¿Cuál pues? En Cesárea de Filipo, Pedro ensalzó a Jesús como
Mesías. Jesús, después de advertir a sus discípulos que no dijeran nada de
esto en publico, abruptamente cambió de tema, o así les pareció a ellos:
"Comenzó a enseñarles sobre que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho y
que había de ser reprobado" (La expresión enigmática "Hijo del hombre" será
examinada en otro lugar; aquí podemos tomar sencillamente como una
circunlocución en el sentido de "yo"). Pedro se escandalizó y trató de poner
las cosas en su punto: "'¡Dios no lo quiera! "¡No, Señor, esto no te debe
suceder!" Jesús replicó en términos de una aspereza inusitada: "¡Quítate de
mi presencia, Satanás, porque no piensas a lo divino, sino a lo humano!"
(Mc.8, 31-33). Bajo; la radical permutación latía una profunda diferencia de
puntos de vista.
Para Pedro, aquel hablar de sufrimiento y de reprobación estaba en
absoluta contradicción con cualquier idea mesiánica; la mayoría de los
judíos de aquel tiempo habrían pensado también de aquella manera. El Mesías
había de ser un conquistador, no tenía que sufrir ni ser reprobado, sino
aclamado como rey de Israel, Así parecían aprobarlo las Escrituras.
a) "Siervo de Yavé"
Sin embargo, podían recordar que el Antiguo Testamento sabía de otro
personaje, apenas menos significativo que el Mesías mismo, cuyo papel era
esencialmente el de un inocente que tenía que sufrir. Esta figura aparece
especialmente en algunos pasajes de la última parte del libro de Isaías, (El
más importante de éstos es el poema contenido en 52, 13; 53, 12, aunque el
tema del siervo de Dios se pierde raras veces de vista a lo largo de los
capítulos 40 55, El lenguaje de estos capítulos tiene eco con notable
frecuencia a través de todo el Nuevo Testamento, bien citado directamente,
bien por medio de alusiones), bajo la forma del "siervo de Dios". Para
resumirlo brevemente: Se trata de alguien que recibió y aceptó la llamada de
Dios y se consagró en cuerpo y alma a su servicio, dando testimonio de la
verdad de Dios, soportando muchos sufrimientos y dando al fin su vida por
los otros. Cuando la Iglesia primitiva abordó el problema planteado por la
vida extraordinaria y el trágico destino de su fundador, buscó la
explicación en dichos pasajes de Isaías que hablan de una vida de servicio y
de una muerte de mártir.
Mateo, en efecto, echó mano del pasaje en que Isaías introduce la figura
del siervo y lo asoció como una especie de lema a su relato de la misión de
Jesús:
"Mirad a mi siervo, a quien ya elegí,
a mi predilecto en quien me he complacido.
Sobre él pondré mi espíritu,
y él anunciará juicio entre las naciones»
No porfiará ni gritará,
y nadie oirá su voz en las plazas.
La caña cascada no la quebrará,
y la mecha humeante no la apagará,
hasta que haga triunfar el juicio.
"¡Y en su nombre pondrán las naciones su
esperanza!" (Is.42, 1-4, citado en Mt.17, 21)
b) Su misión y su destino
El siervo tiene particularmente el encargo "de llevar a Jacob al Señor y
de reunirlo a Israel" (Is.49,5), y así se nos dice que Jesús declaró de sí
mismo que "había sido enviado a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt.
15, 24; Lc. 19, l-10,i en éste Zaqueo está representado precisamente como
oveja perdida; es un "hijo de Abraham" que se había extraviado, y Jesús
"vino a buscar y salvar lo que había perdido"). Y de hecho, como veremos,
esta es la clave de gran parte de su actividad. Ello explica la importancia
que daba a su trato con publícanos y pecadores, en los que veía tales
"ovejas perdidas". Y si la misión del siervo definía la obra a que se
consagró Jesús, el destino del siervo, cuya vida "fue ofrecida en sacrificio
por el pecado" (Is. 53, 10-12), y que "llevó sobre sí los pecados de
muchos", señalaba el destino que le esperaba: "El Hijo del hombre no vino a
ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos" (Mc. 10,
45). Hay razones para creer que Jesús mismo atrajo primeramente la atención
a sus discípulos hacia la figura del siervo. Lo hizo porque ellos,
reflexionando sobre esto, podían ser llevados a formarse una idea exacta de
lo que significaba el "Mesías". "No piensas a lo divino, sino a lo humano",
dijo a Pedro: ¿nosotros podemos permitirnos parafrasear? "Vuestro Mesías es
un conquistador; el Mesías de Dios es un siervo".
c) Mesías y siervo en el bautismo:
La fusión de las dos figuras ideales del Mesías y del siervo de Dios en
la persona histórica de Jesús está representada dramáticamente en la escena
que en todos los Evangelios precede como preámbulo al relato de su vida
pública. Veamos la versión de Marcos. Jesús ha sido bautizado en el Jordán.
"Y en el momento de salir del agua, vio los cielos abiertos y al Espíritu
que, como una paloma, descendía sobre él. Y una voz del cielo dijo: "Tú eres
mi Hijo amado: en ti me he complacido" (Mc. l, 10-11) (comparece Mt.3,
16-17; Lc.3 21-22; Jn. 1, 32). Por supuesto, todo esto es simbólico. Si
tratamos de descifrar el simbolismo, podemos comenzar por las palabras
pronunciadas por la "voz del cielo". Tales palabras vienen del Antiguo
Testamento.: "Tú eres mi Hijo" fue dicho al rey de Israel, prototipo del
Mesías" (Sal.2, 7). "Mi amado en quien me he complacido" es el siervo del
Señor en la profecía de Isaías (Is 42, 1). Allí, el siervo viene equipado
para su misión con el don del Espíritu, que aquí está simbolizado por los
cielos , hay un resumen del significado esencial de la vida y obra de Jesús
en una especie de reproducción taquigráfica: Jesús emprendió su misión,
dicen nuestros informadores, de Mesías, de Hijo de Dios, de siervo de Dios,
en la virtud del Espíritu divino; y esto es "verdad de Dios", afirmada por
la voz divina, cuyo eco puede ser percibido por el oído interior.
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