Félix
significa: "el hombre feliz".
San Félix nació en Nola, pequeña
ciudad de Italia, a 20 kilómetros de Nápoles.
Su hermano se dedicó a la profesión
militar y en cambio nuestro santo prefirió ser
"soldado de Cristo" y se hizo sacerdote.
El año 250 el emperador Decio
decretó una terrible persecución contra la Iglesia y
para tratar de destruirla ordenó que había que apresar
y matar antes que todo a los obispos y quemar los Libros
Sagrados. El obispo de Nola era el anciano Máximo y
huyó a las montañas antes de que lo llevaran preso. No
huía por temor sino para poder continuar sirviendo a su
pueblo. En su reemplazo quedó encargado nuestro santo de
gobernar a los cristianos de la cuidad.
A Félix lo llevaron preso a una
terrible cárcel donde el piso estaba totalmente lleno de
vidrios despedazados, clavados en el suelo. Así que no
podía ni sentarse ni acostarse. Esto lo cuenta el poeta
Prudencio, y añade un hecho más:
El anciano obispo Máximo, abandonado
en las montañas, se estaba muriendo de hambre y de
frío. Y una noche Félix oyó en su prisión que una voz
le decía: "Por favor, vaya a socorrer a su
obispo". En ese momento se le cayeron las cadenas de
sus manos y vio abrirse la puerta de la cárcel, y sin
que los guardias lo notaran logró huir de la tenebrosa
cárcel.
Llegó a la montaña y encontró al
obispo ya desmayado de hambre y de frío. No tenía con
qué darle de comer, pero misteriosamente apareció allí
cerca un hermoso racimo de uvas y con ellas logró que el
obispo recobrara las fuerzas. Félix lo llevó a casa de
una anciana muy creyente y allí fue cuidado el buen
anciano.
La vida de San Félix fue escrita por
San Paulino de Nola, un senador romano que se fue a vivir
a esa ciudad y allá obtuvo maravillosos milagros de este
santo.
Los siguientes seis meses a su fuga de
la cárcel los pasó Félix escondido en un pozo seco,
entre dos casas en ruinas. Una anciana le llevaba
alimentos y él rezaba, meditaba y hacía penitencia.
Y a la muerte del emperador Decio,
volvió otra vez Félix a la ciudad, con gran alegría de
todos. Como el perseguidor le había quitado sus casas y
campos y todos sus bienes, las gentes le aconsejaban que
le pusiera pleito al gobierno, como lo habían hecho
muchos otros, y que recuperara sus bienes perdidos. El
respondió: "No quiero reclamar lo que gloriosamente
perdí por amor a Cristo. En medio de la pobreza estoy
más seguro de ser un buen seguidor de Jesús". Y se
quedó sin bienes materiales.
Como estaba totalmente pobre, tomó en
arriendo tres fanegadas de tierra y las cultivaba con sus
propias manos y lo que de allí cosechaba era para sus
gastos personales y para ayudar a los necesitados. Todos
los regalos que le daban los pasaba enseguida a los
pobres. Si tenía dos vestidos, las gentes estaban
seguras de que regalaría el mejor a un pobre y él se
quedaría con el más desgastado. Muchas veces cambió el
vestido nuevo que llevaba, con el vestido andrajoso de un
mendigo.
En el año 260 un nuevo perseguidor
llamado Valeriano empezó a poner presos a los cristianos
y a quitarles todos sus bienes. Los soldados llegaron a
Nola a buscar a Félix. Se encontraron con él, y como no
lo conocían, le preguntaron: ¿Sabe si por aquí se
encuentra Félix de Nola? El les respondió: "Aquí
estaba hace un momentico. Si se apresuran a buscarlo, lo
van a encontrar". Y mientras ellos se alejaban, él
se escondió metiéndose por la grieta de la pared a un
edificio casi destruido. Los militares supieron en
seguida que el que les había estado hablando era nada
menos que el Félix que ellos venían a buscar y
corrieron a apresarlo, pero al llegar a la grieta por
donde él había entrado, encontraron que misteriosas
arañas habían tejido allí en la grieta una telaraña y
se dijeron: "Por aquí no pudo haber entrado, porque
menos que el Félix que ellos venían a buscar y
corrieron a apresarlo, pero al llegar a la grieta por
donde él había entrado, encontraron que misteriosas
arañas habían tejido allí en la grieta una telaraña y
se dijeron: "Por aquí no pudo haber entrado, porque
miren que hay telarañas, lo cual significa que por aquí
hace mucho tiempo que no pasa nadie".
El emperador Valeriano, el
pesrseguidor, perdió una batalla y quedó prisionero de
los enemigos, y su hijo acabó con la persecución.
Entonces Félix volvió a su ciudad. Lo quisieron elegir
obispo, pero él por humildad no aceptó y pidió que
fuera elegido otro muy venerable. Y siguió como simple
sacerdote evangelizando y ayudando a todos.
Dicen que murió un 14 de enero siendo
ya muy anciano. Y desde entonces empezaron a obrarse
tantos milagros en su sepulcro, que cada año, el día
aniversario de su entierro, llegaban miles y miles de
peregrinos de muchas partes del mundo a encomendarse a su
intercesión.
En Roma le edificaron una Basílica, y
el Papa San Dámaso le compuso un epitafio en verso para
pedir su ayuda en tiempos de graves apuros.
San Agustín cuenta que cuando alguien
le inventaba a otro alguna grave calumnia diciendo
mentiras contra él, lo llevaban ante el sepulcro de San
Félix y si el que había inventado lo que no era cierto,
se atrevía a volver a decirlo allí con juramento, algo
grave le sucedía.
San Gregorio de Tours narra que en el
sepulcro de San Félix se obraban milagros tan grandes
que parecían inventos o mentiras. Y que los campesinos
le tenían mucha fe para que librara de pestes sus
ganados.
San Paulino de Nola dice que él mismo
fue testigo de muchos milagros obtenidos al rezar a San
Félix y que a él concedió socorros inmediatos en
momentos de gran peligro. San Paulino le hizo un
bellísimo templo a San Félix en el sitio donde fue
sepultado, y cada año en su fiesta componía un hermoso
sermón en honor a este simpático santo. Hay otros 64
santos que se llaman Félix.
Señor Dios, Rey Omnipotente: tú que
le permitiste a tu mártir San Félix conseguir favores
tan maravillosos para sí y para sus devotos, haz que
nuestra fe sea también tan grande que consigamos
maravillosas intervenciones tuyas en favor nuestro y en
favor de los que necesitan la ayuda de nuestra oración.
Amen.