| Este es uno de los dos grandes mártires de
la Iglesia de Inglaterra, cuando un rey impuro quiso acabar con la Religión Católica y
ellos se opusieron. El otro es San Juan Fisher . Tomás significa:
"el gemelo". Y en verdad que fue un verdadero gemelo en santidad y en cualidades
con su compañero de martirio, San Juan Fisher. Nació Tomás Moro
(o Thomas Moore) en Cheapside, Inglaterra en 1478. A los 13 años se fue a trabajar de
mensajero en la casa del Arzobispo de Canterbury, y éste al darse cuenta de la gran
inteligencia del joven, lo envió a estudiar al colegio de la Universidad de Oxford.
Su padre que era juez, le enviaba únicamente el dinero indispensable
para sus gastos más necesarios, y esto le fue muy útil, pues como él mismo afirmaba
después: "Por no tener dinero para salir a divertirme, tenía que quedarme en casa y
en la biblioteca estudiando". Lo cual le fue de gran provecho para su futuro.
A los 22 años ya es doctor en abogacía, y profesor brillante. Es un
apasionado lector que todos los ratos libres los dedica a la lectura de buenos libros. Uno
de sus compañeros de ese tiempo dio de él este testimonio: "Es un intelectual muy
brillante, y a sus grandes cualidades intelectuales añade una muy agradable
simpatía".
Le llegaron dudas acerca de cuál era la vocación para la cual Dios lo
tenía destinado. Al principio se fue a vivir con los cartujos (esos monjes que nunca
hablan, ni comen carne, y rezan mucho de día y de noche) pero después de 4 años se dio
cuenta de que no había nacido para esa heroica vocación. También intentó irse de
franciscano, pero resultó que tampoco era ese su camino. Entonces se dispuso optar por la
vocación del matrimonio. Se casó, tuvo cuatro hijos y fue un excelente esposo y un
cariñosísimo papá. Su vocación estaba un poco más allá: su vocación era actuar en
el gobierno y escribir libros.
Para con sus hijos, para con los pobres y para cuantos deseaban tratar
con él, Tomás fue siempre un excelente y simpático amigo. Acostumbraba ir personalmente
a visitar los barrios de los pobres para conocer sus necesidades y poder ayudarles mejor.
Con frecuencia invitaba a su mesa a gentes muy pobres, y casi nunca invitaba a almorzar a
los ricos. A su casa llegaban muchas visitas de intelectuales que iban a charlar con él
acerca de temas muy importantes para esos momentos y a comentar los últimos libros que se
iban publicando. Su esposa se admiraba al verlo siempre de buen humor, pasara lo que
pasara. Era difícil encontrar otro de conversación más amena.
Tomás Moro escribió bastantes libros. Muchos de ellos contra los
protestantes, pero el más famoso es el que se llama Utopía. Esta es una palabra que
significa: "Lo que no existe" (U=no. Topos: lugar. Lo que no tiene lugar). En
ese libro describe una nación que en realidad no existe pero que debería existir. En su
escrito ataca fuertemente las injusticias que cometen los ricos y los altos del gobierno
con los pobres y los desprotegidos y va describiendo cómo debería ser una nación ideal.
Esta obra lo hizo muy conocido en toda Europa.
El joven abogado Tomás Moro fue aceptado como profesor de uno de los
más prestigiosos colegios de Londres. Luego fue elegido como secretario del alcalde de la
capital. En 1529 fue nombrado Canciller o Ministro de Relaciones Exteriores. Pero este
altísimo cargo no cambió en nada su sencillez. Siguió asistiendo a Misa cada día,
confesándose con frecuencia y comulgando. Tratable y amable con todos. Alguien llegó a
afirmar: "Parece que lo hubieran elegido Canciller, solamente para poder favorecer
más a los pobres y desamparados". Otro añadía: "El rey no pudo encontrar otro
mejor consejero que este". Pero Tomás, que conocía bien cómo era Enrique VIII,
declaraba con su fino humor: "El rey es de tal manera que si le ofrecen una buena
ir con la concubina Ana Bolena. Y como el Sumo
Pontífice no aceptó este divorcio, el rey se declaró Jefe Supremo de la religión de la
nación, y declaró la persecución contra todo el que no aceptara su divorcio o no lo
aceptara a él como reemplazo del Papa en Roma. Muchos católicos tendrían que morir por
oponerse a todo esto.
Tomás Moro no aceptó ninguno de los terribilísimos errores del
malvado rey: ni el divorcio ni el que tratara de reemplazar al Sumo Pontífice. Entonces
fue destituido de su alto puesto, le confiscaron sus bienes y el rey lo mandó encerrar
como prisionero de la espantosa Torre de Londres. Santo Tomás y San Juan Fisher fueron
los dos principales de todos los altos funcionarios de la capital que se negaron a aceptar
tan grandes infamias del monarca. Y ambos fueron llevados a la torre fatídica. Allí
estuvo Tomás encerrado durante 15 meses.
Verdaderamente hermosas son las cartas que desde la cárcel escribió
este gran sabio a su hija Margarita que estaba muy desconsolada por la prisión de su
padre. En ellas le dice: "Con esta cárcel estoy pagando a Dios por los pecados que
he cometido en mi vida. Los sufrimientos de esta prisión seguramente me van a disminuir
las penas que me esperan en el purgatorio. Recuerda hija mía, que nada podrá pasar si
Dios no permite que me suceda. Y todo lo permite Dios para bien de los que lo aman. Y lo
que el buen Dios permite que nos suceda es lo mejor, aunque no lo entendamos, ni nos
parezca así".
El día en que Margarita fue a visitar por última vez a su padre,
vieron los dos salir hacia el sitio del martirio a cuatro monjes cartujos que no habían
querido aceptar los errores de Enrique VIII. Tomás dijo a Margarita: "Mire cómo van
de contentos a ofrecer su vida por Jesucristo. Ojalá también a mí me conceda Dios el
valor suficiente para ofrecer mi vida por su santa religión".
Tomás fue llamado a un último consejo de guerra. Le pidieron que
aceptara lo que el rey le mandaba y él respondió: "Tengo que obedecer a lo que mi
conciencia me manda, y pensar en la salvación de mi alma. Eso es mucho más importante
que todo lo que el mundo pueda ofrecer. No acepto esos errores del rey". Se le dictó
entonces sentencia de muerte. El se despidió de su hijo y de su hija y volvió a ser
encerrado en la Torre de Londres.
En la madrugada del 6 de julio de 1535 le comunicaron que lo llevarían
al sitio del martirio, él se colocó su mejor vestido. De buen humor como siempre, dijo
al salir al corredor frío: "por favor, mi abrigo, porque doy mi vida, pero un
resfriado sí no me quiero conseguir". Al llegar al sitio donde lo iban a matar rezó
despacio el Salmo 51: "Misericordia Señor por tu bondad". Luego prometió que
rogaría por el rey y sus demás perseguidores, y declaró públicamente que moría por
ser fiel a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Luego enseguida de un hachazo
le cortaron la cabeza.
Tomás Moro fue declarado santo por el Papa en 1935. Un sabio decía:
"Este hombre, aunque no hubiera sido mártir, bien merecía que lo canonizaran,
porque su vida fue un admirable ejemplo de lo que debe ser el comportamiento de un
servidor público: un buen cristiano y un excelente ciudadano".
Dijo Jesús: "Dichosos los que sufren persecución por causa de la
religión, porque su premio será muy grande en el reino de los cielos". (Mt 5,11). |