Nació en Barcelona
(España) y pasó casi toda su vida en esta ciudad.
Quedó huérfano de
padre siendo todavía muy pequeñito.
Jovencito fue admitido
como monaguillo y cantor en una iglesia, y viendo los
sacerdotes su gran piedad y devoción se propusieron
costearle los estudios de seminario. Pasaba muchas horas
rezando ante el Santísimo Sacramento en el templo.
Ordenado sacerdote, y
habiendo recibido en la universidad el grado de doctor,
se dedicó a la educación de la juventud.
Era sumamente estimado
por las gentes y muy alabado por su gran virtud y por sus
modos tan amables que tenía en el trato con todos, pero
Dios le dejó ver el estado de su alma (como lo hizo
también con toros santos) y desde ese día ya no tuvo
José ningún sentimiento de vanidad ni de orgullo. Se
dio cuenta de que lo que ante los ojos de la gente brilla
como santidad, ante los ojos de Dios no es sino miseria y
debilidad.
Desde el día en que
Dios le permitió ver el estado de su alma, José Oriol
se propuso nunca más volver a comer carne en su vida y
ayunar todos los días. Y así lo cumplió. (Ayuno es
tomar un desayuno muy pequeño, un almuerzo ordinario y
una cena muy leve también, y no comer ni beber nada
entre una comida y otra comida). También como penitencia
pasaba muchas horas de rodillas rezando (y a veces con
los brazos en cruz) y usaba vestidos tan viejos y
desteñidos que las gentes se burlaron de él muchas
veces por las calles de Barcelona.
Fue en peregrinación
a Roma y desde allá el Sumo Pontífice ordenó que lo
encargaran de un templo en Barcelona. Y en su nueva
iglesia se dedicó totalmente a tratar de salvar las
almas y hacer amar más a Dios. Su habitación (una pieza
en arriendo en una azotea) era totalmente pobre: una
mesita, un crucifijo, una silla y unos libros. Cama no
tuvo nunca, porque las pocas horas que dormía las pasaba
en una estera en el duro suelo.
A San José Oriol le
concedió Dios el don de la dirección espiritual. Las
gentes que iban a consultarlo volvían a sus casas y a
sus oficios con el alma en paz y el espíritu lleno de
confianza y alegría. Muchos llegaban a su despacho con
el rostro triste y sin saludar a nadie, y después de
oír por unos minutos a este santo sacerdote hablarles
del cielo y de los premiso y ayudas que Dios tiene
reservados para los que lo aman, salían de allí
sonrientes y saludando a todo el que encontraban. A las
personas que dirigía les insistía en que su santidad no
fuera sólo superficial y externa, sino sobre todo
interior y sobrenatural. No aceptaba dirigir
espiritualmente a quien no se comprometía a leer libros
espirituales o escuchar sermones, y a hacer su examen de
conciencia cada día y algún Retiro Espiritual de vez en
cuando.
Acusaron al Padre
José de que era demasiado rígido en el confesionario.
Que ponía a los penitentes pequeños trabajos
espirituales para hacer, y que a los que no se esforzaban
por hacerlos (por ejemplo callar algo en momentos de
cólera, etc.) los enviaba donde otros sacerdotes porque
él no se comprometía a seguir confesando a los que no
hacían nada por enmendarse. Que a los que no iban a misa
los domingos no les daba la absolución mientras no
hubieran ido siquiera tres domingos a misa (porque no
quería ser alcahuete de los que no cumplan el tercer
mandamiento, que manda santificar las fiestas), etc.,
etc. El superior entonces le prohibió confesar durante
un año. Pero a los pocos días murió el superior y el
que lo reemplazó le volvió a conceder otra vez el
permiso de confesar. Los que iban a confesarse con él
sabían que era muy amable, bondadoso, muy bien educado,
pero que no aceptaba que la confesión fuera un simple
rito para poder comulgar y pió el superior y el
que lo reemplazó le volvió a conceder otra vez el
permiso de confesar. Los que iban a confesarse con él
sabían que era muy amable, bondadoso, muy bien educado,
pero que no aceptaba que la confesión fuera un simple
rito para poder comulgar y para seguir cometiendo siempre
lo mismo sin enmendarse. Eso sí que no lo aceptaba
nunca.
Le encantaba enseñar
catecismo a los niños, especialmente para prepararlos a
la Primera Comunión. Tenía una especial cualidad para
predicar y enseñar catecismo a los soldados y le gustaba
mucho hablarles a los militares.
Empezó a sentir un
gran deseo de ser martirizado por defender su religión.
Y aunque las gentes de Barcelona que tanto lo amaban y
estimaban, le rogaron mucho que no se fuera a otro país,
sin embargo él se fue para Roma a pedir que la Santa
Sede lo enviara de misionero a un país de salvajes.
Pero en Marsella cayó
enfermo y en medio de su enfermedad se le apareció la
Sma. Virgen y le comunicó que Dios le aceptaba su deseo
de morir mártir por Cristo, pero que lo que le pedía
era que volviera a su ciudad a seguir ganando almas para
Nuestro Señor. Y se volvió a Barcelona.
Su regreso fue
aclamado con grandes demostraciones de júbilo en
Barcelona.
Y su fama de obrador
de milagros empezó a extenderse por la ciudad y por
muchas partes más. De varios pueblos de alrededor
llegaban enfermos a que él los curara, y eran tan
grandes los tumultos que se formaban en las iglesias,
queriendo todos que les impusiera las manos, que su
confesor tuvo que prohibirle que hiciera curaciones
dentro del templo. El santo nunca se atribuía a él
mismo ninguno de los prodigios que obraba. Decía que
todo se debía a que sus penitentes se confesaban con
mucho arrepentimiento y que por eso Dios los curaba.
En sus últimos años
obtuvo de Dios el don de profecía y anunciaba muchas
cosas que iban a suceder en el futuro. Y hasta anunció
cuando iba a suceder su propia muerte. En un día del mes
de marzo del año 1702, mientras cantaba en su lecho de
enfermo un himno a la Virgen María, murió santamente.
Tenía apenas 53 años.
Enormes multitudes se
congregaron alrededor de su féretro el día de su
entierro. Los devotos se repartieron sus pocas
pertenencias para guardarlas como reliquias, y después
consiguieron formidables milagros por su intercesión y
el Papa San Pío Décimo lo declaró santo.
San José Oriol,
consíguenos de Dios muchos y muy santos directores
espirituales, y muy buenos y celosos confesores.
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