| Se llama "profeta" al que trae
mensajes de Dios. Los profetas anuncian a veces lo que va a suceder en el futuro. En el Antiguo Testamento los profetas se dividen en dos clases: Profetas mayores,
los que redactaron escritos más largos. Estos son Isaías
y Jeremías, Ezequiel y Daniel. Y Profetas Menores,
los que redactaron escritos más breves. Estos son 12. Por ej. Oseas y Miqueas. Sofonías,
Zacarías, Abdías y Malaquías. Joel y Amos, etc. Jeremías pertenece al grupo de los
Profetas Mayores.
El nombre Jeremías significa: "Dios me eleva".
Vivía en Anatot un pueblecito cercano de Jerusalén (a 5 kilómetros)
en la finca de sus padres, cuando fue llamado por Dios a profetizar. Jeremías se
resistía aduciendo como excusa que él era demasiado joven y débil para este oficio tan
importante y Dios le respondió: "No digas que eres demasiado joven o demasiado
débil, porque Yo iré contigo y te ayudaré".
Los primeros 17 años profetizó solo por medio de la palabra hablada.
Después empezó a dictar sus profecías a su secretario Baruc, y lo que le dictó son los
52 capítulos del Libro de Jeremías en la Biblia (unas 70 páginas).
Empezó a profetizar durante el reinado del piadoso rey Josías (año
627 antes de Cristo). Siguió profetizando durante los reinados de Joacaz, Joaquín,
Jeconias y Sedecías. Presenció la destrucción de Jerusalén y su templo (año 585 antes
de Cristo) y se quedó en la ciudad destruida consolando y corrigiendo a los israelitas
que allí habían quedado. Estos lo obligaron luego a irse con ellos a Egipto y allá lo
mataron a pedradas porque les corregía sus maldades. Quizás Jesús pensaba en Jeremías
cuando decía: "Oh Israel que apedreas a los profetas que te son enviados" (Lc.
13,34).
El principal problema para Jeremías fue que la gente no lo comprendió
ni le quiso hacer caso. De los cinco reyes en cuyo tiempo tuvo que vivir, sólo uno le
hizo caso: fue el piadoso rey Josías, que se propuso restaurar la religiosidad en todo el
país y se dejó ayudar de Jeremías para entusiasmar al pueblo por Dios. Pero los otros
cuatro lo despreciaron y no quisieron atender a los avisos que él les deba en nombre de
Dios (como hacen los gobernantes de ahora cuando los obispos les advierten acerca de las
leyes dañosas que apoyan el aborto, el divorcio, la inmoralidad, y el quitar la religión
de la enseñanza. Se hacen los sordos. Pero después, como les sucedió a los reyes malos
del tiempo de Jeremías, verán los malos efectos de no haber querido obedecer a Dios que
habla por medio de sus enviados).
El rey Joaquín quemó las profecías que había mandado escribir
Jeremías, y este tuvo que hacerlas escribir otra vez. En tiempos del rey Sedecás
encarcelaron al profeta y lo metieron en un pozo muy profundo lleno de lodo, y casi se
muere allí, y probablemente ese estarse allí en tan grande humedad debió afectarle
mucho la salud.
Muchísimas veces fue amenazado de muerte si seguía profetizando en
contra de la ciudad y los gobernantes. Pero Dios le anunció: "Te haré fuerte como
el diamante si no te acobardas. Pero si te dejas llevar por el miedo, me apartaré de
ti". Y Jeremías no se acobardó y siguió predicando.
El oficio de este profeta era anunciar al pueblo y a sus gobernantes que
si no se convertían de sus maldades tendrían espantosos castigos y la ciudad sería
destruida y ellos muertos o llevados al destierro. Esto lo gritaba él continuamente en el
templo y en las calles y plazas. Pero la gente se burlaba y seguían portándose tan mal
como antes.
Muchas veces Jeremías clamaba a Dios diciendo: "Señor, estoy
cansado de hablar sin que me escuchen. ¡Todos se burlan de mí! Cuando paso por las
calles se ríen y dicen: Allá va el de las malas noticias. ¡Miren al que
regaña y anuncia cosas tristes!. Señor me propongo decirles cosas amables y Tu en cambio
pones en mis labios anuncios terroríficos!".
Dicen que el profeta Jeremías fue en la antigüedad el que más se
asemejó a Jesús en sus sufrimientos y en ser incomprendido y perseguido.
Solamente después de su muerte reconoció el pueblo la gran santidad de
este profeta. Y cuando todas sus profecías se hubieron cumplido a la letra, se dieron
cuenta de que sí había hablado en nombre de Dios. Lástima que lo reconocieran cuando ya
era demasiado tarde. |