| San Ivo, el abogado santo al
cual los juristas de muchos países tiene como Patrono, nació en la provincia de Bretaña
en Francia. Su padre lo envió a estudiar a la Universidad de París, y allí dirigido por
famosos profesores de derecho, obtuvo su doctorado como abogado. En sus tiempos de estudiante oyó leer aquella célebre frase de
Jesús: "Ciertos malos espíritus no se alejan sino con la oración y la
mortificación" (Mc. 9,29), y se propuso desde entonces dedicar buen tiempo cada día
a la oración y mortificarse lo más que le fuera posible en las miradas, en las comidas,
en el lujo en el vestir, y en descansos que no fueran muy necesarios. Empezó a abstenerse
de comer carne y nunca tomaba bebidas alcohólicas. Vestía pobremente y lo que ahorraba
con todo esto, lo dedicaba a ayudar a los pobres. Y Dios lo premió concediéndole una
gran santidad y una generosidad inmensa en favor de los necesitados.
Al volver a su tierra natal (Bretaña) fue nombrado juez
del tribunal y en el ejercicio de su cargo se dedicó a proteger a los huérfanos, a
defender a los más pobres y a administrar la justicia con tal imparcialidad y bondad, que
aun aquellos a quienes tenía que decretar castigos, lo seguían amando y estimando.
Su gran bondad le ganó el título de "Abogado de los
pobres". No contento con ayudar a los que vivían en su región, se trasladaba a
otras provincias a defender a los que no tenían con qué pagar un abogado, y a menudo
pagaba los gastos que los pobres tenían que hacer para poder defender sus derechos.
Visitaba las cárceles y llevaba regalos a los presos y les
hacía gratuitamente memoriales de defensa a los que no podían conseguirse un abogado.
En aquel tiempo los que querían ganar un pleito les
llevaban costosos regalos a los jueces. San Ivo no aceptó jamás ni el más pequeño
regalo de ninguno de sus clientes, porque no quería dejarse comprar ni inclinarse con
parcialidad hacia ninguno.
Cuando le llevaban un pleito, él se esmeraba por tratar de
obtener que los dos litigantes arreglaran todo amigablemente en privado, sin tener que
hacerlo por medio de demandas públicas. Así obtuvo que muchos litigantes terminaran
siendo amigos y se evitaran los grandes gastos que les podían ocasionar los pleitos
judiciales.
Después de trabajar bastante tiempo como juez, San Ivo fue
ordenado sacerdote, y desde entonces, los últimos quince años de su vida los dedicó
totalmente a la predicación y a la administración de los sacramentos. Consiguió dinero
de donaciones y construyó un hospital para enfermos pobres. Todo lo que llegaba lo
repartía entre los más necesitados. Solamente se quedaba con la ropa para cambiarse. Lo
demás lo regalaba. Una noche se dio cuenta de que un pobre estaba durmiendo en el andén
de la casa cural, entonces se levantó y le dio su propia cama y él durmió en el puro
suelo.
De muchas partes llegaban personas litigantes a obtener que
San Ivo hiciera las paces entre ellos y él lograba con admirable facilidad poner de
acuerdo a los que antes estaban alegando. Y aprovechaba de todas estas ocasiones para
predicar a la gente acerca de la Vida Eterna que nos espera y de lo mucho que debemos amar
a Dios y al prójimo.
Alguien le aconsejó que no regalara todo lo que recibía.
Que hiciera ahorros para cuando llegara a ser viejo y él le respondió: - Y ¿quién me
asegura que voy a llegar a ser viejo? En cambio lo que sí es totalmente seguro es que el
buen Dios me devolverá cien veces más lo que yo regale a los pobres". Y siguió
repartiendo con gran generosidad.
A principios de mayo del año 1303 empezó a sentirse muy
débil. Pero no por eso dejó de dedicar largos ratos a la oración y a la meditación y a
ayudar a pacificar a cuantos estuvieran peleados o en discusiones y pleitos.
El 19 de mayo del año 1303 estaba tan débil que no podía
mantenerse de pie y necesitaba que lo sostuvieran. Sin embargo celebró así la Santa
Misa. Después de la Misa se recostó y pidió que le administraran la Unción de los
enfermos y murió plácidamente, como quien duerme en la tierra para despertar en el
cielo. Tenía 50 años.
Sus vecinos le compusieron un epitafio bien especial que
dice:
San Ivo era bretón.
Era abogado y no era ladrón.
Santo Dios: ¡que admiración!. |