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de Septiembre San Juan Crisóstomo.
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A este santo arzobispo de
Constantinopla, la gente le puso el apodo de "Crisóstomo" que
significa: "boca de oro", porque sus predicaciones eran enormemente
apreciadas por sus oyentes. Es el más famoso orador que ha tenido la Iglesia.
Su oratoria no ha sido superada después por ninguno de los demás predicadores. Nació en Antioquía (Siria) en el año 347. Era
hijo único de un gran militar y de una mujer virtuosísima, Antusa, que ha sido declarada santa también. A los 20 años Antusa quedó viuda y aunque
era hermosa renunció a un segundo matrimonio para dedicarse por completo a la
educación de su hijo Juan. Desde sus primeros años el jovencito demostró tener admirables
cualidades de orador, y en la escuela causaba admiración con sus
declamaciones y con las intervenciones en las academias literarias. La mamá
lo puso a estudiar bajo la dirección de Libanio, el
mejor orador de Antioquía, y pronto hizo tales
progresos, que preguntado un día Libanio acerca de
quién desearía que fuera su sucesor en el arte de enseñar oratoria,
respondió: "Me gustaría que fuera Juan, pero veo que a él le llama más
la atención la vida religiosa, que la oratoria en las plazas". Juan deseaba mucho irse de monje al desierto, pero su madre le rogaba
que no la fuera a dejar sola. Entonces para complacerla se quedó en su hogar
pero convirtiendo su casa en un monasterio, o sea viviendo allí como si fuera
un monje, dedicado al estudio y la oración y a hacer penitencia. Cuando su madre murió se fue de monje al desierto y allá estuvo seis
años rezando, haciendo penitencias y dedicándose a estudiar la S. Biblia. Pero
los ayunos tan prolongados, la falta total de toda comodidad, los mosquitos,
y la impresionante humedad de esos terrenos le dañaron la salud, y el
superior de los monjes le aconsejó que si quería seguir viviendo y ser útil a
la sociedad tenía que volver a la ciudad, porque la vida de monje en el
desierto no era para una salud como la suya. El llegar otra vez a Antioquía fue ordenado
de sacerdote y el anciano Obispo Flaviano le pidió
que lo reemplazara en la predicación. Y empezó pronto a deslumbrar con sus
maravillosos sermones. La ciudad de Antioquía tenía
unos cien mil cristianos, los cuales no eran demasiado fervorosos. Juan
empezó a predicar cada domingo. Después cada tres días. Más tarde cada día y
luego varias veces al día. Los templos donde predicaba se llenaban de bote en
bote. Frecuentemente sus sermones duraban dos horas, pero a los oyentes les
parecían unos pocos minutos, por la magia de su oratoria insuperable. La
entonación de su voz era impresionante. Sus temas, siempre tomados de la S.
Biblia, el libro que él leía día por día, y meditaba por muchas horas. Sus
sermones están coleccionados en 13 volúmenes. Son impresionantemente bellos. Era un verdadero pescador de almas. Empezaba tratando temas elevados y
de pronto descendía rápidamente como un águila hacia las realidades de la
vida diaria. Se enfrentaba enardecido contra los vicios y los abusos.
Fustigaba y atacaba implacablemente al pecado. Tronaba terrible su fuerte voz
contra los que malgastaban su dinero en lujos e inutilidades, mientras los
pobres tiritaban de frío y agonizaban de hambre. El pueblo le escuchaba emocionado y de pronto estallaba en calurosos
aplausos, o en estrepitoso llanto el cual se volvía colectivo e incontenible.
Los frutos de conversión eran visibles. El emperador Teodosio decretó nuevos
impuestos. El pueblo de Antioquía se disgustó y por
ello armó una revuelta y en el colmo de la trifulca derribaron las estatuas
del emperador y de su esposa y las arrastraron por las calles. La reacción
del gobernante fue terrible. Envió su ejército a dominar la ciudad y con la
orden de tomar una venganza espantosa. Entre la gente cundió la alarma y a
todos los invadió el terror. El Obispo se fue a Constantinopla, la capital, a
implorar el perdón del airado emperador y las multitudes llenaron los templos
implorando la ayuda de Dios. Y fue entonces cuando Juan Crisóstomo aprovechó la ocasión para
pronunciar ante aquel populacho sus famosísimos "Discursos de las
estatuas" que conmovieron enormemente a sus miles de oyentes logrando
conversiones. Esos 21 discursos fueron quizás los mejores de toda su vida y
lo hicieron famoso en los países de los alrededores. Su fama llegó hasta la
capital del imperio. Y el fervor y la conversión a que hizo llegar a sus
fieles cristianos, obtuvieron que las oraciones fueran escuchadas por Dios y
que el emperador desistiera del castigo a la ciudad. En el año 398, habiendo muerto el arzobispo de Constantinopla, le
pareció al emperador que el mejor candidato para ese puesto era Juan
Crisóstomo, pero el santo se sentía totalmente indigno y respondía que había
muchos que eran más dignos que él para tan alto cargo. Sin embargo el
emperador Arcadio envió a uno de sus ministros con la orden terminante de
llevar a Juan a Constantinopla aunque fuera a la fuerza. Así que el enviado
oficial invitó al santo a que lo acompañara a las afueras de la ciudad de Antioquía a visitar las tumbas de los mártires, y
entonces dio la orden a los oficiales del ejército de que lo llevaran a
Constantinopla con la mayor rapidez posible, y en el mayor secreto porque si
en Antioquía sabían que les iban a quitar a su
predicador se iba a formar un tumulto inmenso. Y así fue que tuvo que aceptar
ser arzobispo. Apenas posesionado de su altísimo cargo lo primero que hizo fue mandar
quitar de su palacio todos los lujos. Con las cortinas tan elegantes
fabricaron vestidos para cubrir a los pobres que se morían de frío. Cambió
los muebles de lujo por muebles ordinarios, y con la venta de los otros ayudó
a muchos pobres que pasaban terribles necesidades. El mismo vestía muy
sencillamente y comía tan pobremente como un monje del desierto. Y lo mismo
fue exigiendo a sus sacerdotes y monjes: ser pobres en el vestir, en el
comer, y en el mobiliario, y así dar buen ejemplo y con lo que se ahorraba en
todo esto ayudar a los necesitados. Pronto, en sus elocuentes sermones empezó a atacar fuertemente el lujo
de las gentes en el vestir y en sus mobiliarios y fue obteniendo que con lo
que muchos gastaban antes en vestidos costosísimos y
en muebles ostentosos, lo empezaran a emplear en ayudar a la gente pobre. El
mismo daba ejemplo en esto, y la gente se conmovía ante sus palabras y su
modo tan pobre y mortificado de vivir. En aquellos tiempos había una ley de la Iglesia que ordenaba que
cuando una persona se sentía injustamente perseguida podía refugiarse en el
templo principal de la ciudad y que allí no podían ir las autoridades a
apresarle. Y sucedió que una pobre viuda se sintió injustamente perseguida
por la emperatriz Eudoxia y por su primer ministro y se refugió en el templo
del Arzobispo. Las autoridades quisieron ir allí a apresarla pero San Juan
Crisóstomo se opuso y no lo permitió. Esto disgustó mucho a la emperatriz. Y
unos meses más tarde Eudoxia peleó con su primer ministro y se propuso
echarlo a la cárcel. Él corrió a refugiarse en el templo del arzobispo y
aunque la policía de la emperatriz quiso llevarlo preso, San Juan Crisóstomo
no lo permitió. El ministro que antes había querido llevarse prisionera a una
pobre mujer y no pudo, porque el arzobispo la defendía, ahora se vio él mismo
defendido por el propio santo. Eudoxia ardía de rabia por todo esto y juraba
vengarse pero el gran predicador gritaba en sus sermones: "¿Cómo puede
pretender una persona que Dios le perdone sus maldades si ella no quiere
perdonar a los que le han ofendido?" Eudoxia se unió con un terrible enemigo que tenía Crisóstomo, y era
Teófilo de Alejandría. Este reunió un grupo de los que odiaban al santo y
entre todos lo acusaron de un montón de cosas. Por ej.
Que había gastado los bienes de la Iglesia en repartir ayudas a los pobres. Que
prefería comer solo en vez de ir a los banquetes. Que a los sacerdotes que no
se portaban debidamente los amenazaba con el grave peligro que tenían de
condenarse, y que había dicho que la emperatriz, por las maldades que
cometía, se parecía a la pérfida reina Jetzabel que
quiso matar al profeta Elías, etc., etc. Al oír estas acusaciones, el emperador, atizado por su esposa Eudoxia,
decretó que Juan quedaba condenado al destierro. Al saber tal noticia, un
inmenso gentío se reunió en la catedral, y Juan Crisóstomo renunció uno de
sus más hermosos sermones. Decía: "¿Qué me destierran? ¿A qué sitio me
podrán enviar que no esté mi Dios allí cuidando de mí? ¿Qué me quitan mis
bienes? ¿Qué me pueden quitar si ya los he repartido todos? ¿Qué me matarán?
Así me vuelvo más semejante a mi Maestro Jesús, y como El, daré mi vida por
mis ovejas..." Ocultamente fue enviado al destierro, pero sobrevino un terremoto en
Constantinopla y llenos de terror los gobernantes le rogaron que volviera
otra vez a la ciudad, y un inmenso gentío salió a recibirlo en medio de
grandes aclamaciones. Eudoxia, Teófilo y los demás enemigos no se dieron por vencidos. Inventaron
nuevas acusaciones contra Juan, y aunque el Papa de Roma y muchos obispos más
lo defendían, le enviaron desterrado al Mar Negro. El anciano arzobispo fue
tratado brutalmente por algunos de los militares que lo llevaban prisionero,
los cuales le hacían caminar kilómetros y kilómetros cada día, con un sol
ardiente, lo cual lo debilitó muchísimo. El trece de septiembre, después de
caminar diez kilómetros bajo un sol abrasador, se sintió muy agotado. Se
durmió y vio en sueños que San Basilisco, un famoso obispo muerto hacía
algunos años, se le aparecía y le decía: "Animo, Juan, mañana estaremos
juntos". Se hizo aplicarlos últimos sacramentos; se revistió de los
ornamentos de arzobispo y al día siguiente diciendo estas palabras: "Sea
dada gloria a Dios por todo", quedó muerto. Era el 14 de septiembre del
año 404. Eudoxia murió unos días antes que él, en medio de terribles dolores. Al año siguiente el cadáver del santo fue llevado solemnemente a
Constantinopla y todo el pueblo, precedido por las más altas autoridades,
salió a recibirlo cantando y rezando. El Papa San Pío X nombró a San Juan Crisóstomo como Patrono de todos
los predicadores católicos del mundo. Que Dios nos siga enviando muchos predicadores como él. ¿Si Dios está con nosotros, quién podrá contra nosotros? (San Pablo Rom.8). |
Última modificación:
July 11, 2006
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